Sudores, palpitaciones, respiración acelerada… Esto es lo que ocurre después de haber vivido una situación de miedo intenso. Frente a una situación traumática el sistema nervioso desencadena una cascada de reacciones químicas que escapan a cualquier tipo de control. Así viene ocurriendo desde hace milenios, y desde entonces la biología del ser humano no ha cambiado mucho.

De este modo, al igual que les ocurría a nuestros antepasados los cazadores recolectores cuando eran atacados por un depredador, ante una situación estresante es la parte ancestral del cerebro, la conocida como reptiliana, la que asume inmediatamente el control de la situación.

Esta región del sistema nervioso está especializada en la gestión de las funciones y necesidades vitales: respirar, alimentarse y reproducirse, así como en los comportamientos primitivos de protección y conservación del individuo y de la especie. Frente a un peligro, ya sea real o subjetivo, esa parte del cerebro es la que va a generar la necesidad de huir o de atacar. Pero, ¿cómo lo consigue?

Ordena la liberación de azúcar en sangre y, gracias a la secreción de adrenalina y sus derivados, aumenta la frecuencia cardíaca y respiratoria. Junto a ese chorro de adrenalina el cerebro pide a las glándulas suprarrenales que liberen cortisol, una hormona que permite movilizar la energía del cuerpo. Ello consigue que la grasa se transforme en energía para tener a punto una posible reacción muscular. De este modo la sangre se desvía automáticamente a los músculos, que están listos para pasar a la acción.

Se trata de una situación de emergencia en la que, en cuestión de un segundo, gracias a la suma de azúcar y oxígeno, el cuerpo dispone de más “carburante”, y en la que también se segregan hormonas como la dopamina (placer), la serotonina (bienestar) y las endorfinas (relax), para que cuando la situación de estrés remita se pueda poner fin a toda la tensión generada dentro del organismo. Así, una vez pasado el peligro, el nivel de estas hormonas se normaliza y todo vuelve a estar en orden.

La repetición de una situación de estrés o la multiplicación de sus causas tiene por efecto, en un primer momento, la sobreproducción y explotación de las hormonas dedicadas al estrés. Y posteriormente, lo que es aún más grave, hace que se agote la capacidad del cerebro de fabricar esas mismas hormonas.

De este modo la respuesta al estrés por parte del organismo no funciona correctamente, lo que hace que se corra el riesgo de caer en el síndrome de “estar quemado” o burnout (cuando se vive en una situación de estrés continuo). Y cuando una situación de estrés se alarga es cuando comienzan los verdaderos problemas.

Hoy vivimos en estado de permanente estrés. ¡Sin parar! Así es como podría resumirse nuestro día a día.

Un estrés que se ha transformado en crónico es irremediablemente el punto de partida o el acelerador de muchas de las llamadas “enfermedades de la civilización” (obesidad, diabetes, enfermedad coronaria, hipertensión…). Algunos expertos lo comparan con un estado de desgaste, pero este estrés crónico ya supone un temible multiplicador de los factores de riesgo para esas enfermedades.

Los estudios demuestran que, aunque no todas las personas sean iguales desde un punto de vista genético, la acción de un estrés crónico acelera el envejecimiento celular, debilita el sistema inmunitario y aumenta el riesgo cardiovascular, de cáncer y de diabetes en todas ellas.

Por ello es imprescindible prevenir el estrés y tratarlo sin esperar a que aparezcan los primeros síntomas. Para ello, siga estas recomendaciones:

1. Reduzca al máximo las fuentes de estrés.

Tal vez parezca una obviedad, pero es importante limitar el contacto con las fuentes que usted ha identificado como causantes del estrés. A veces, aunque no siempre resulte sencillo de llevar a la práctica, es necesario tomar decisiones personales que supongan una mejor calidad de vida (por ejemplo, un cambio de trabajo o de lugar de residencia).

2. Disminuya de forma natural el nivel de respuesta al estrés.

Cuando la sensibilidad al estrés aumenta, el cerebro suele reconocer como estresantes cosas y situaciones que en realidad no merecen esa respuesta. Unas técnicas basadas en la interacción entre cuerpo y mente (que la ciencia ha validado), permiten gestionar mejor esas situaciones de estrés: meditación de plena conciencia (mindfulness), sofrología, coherencia cardíaca, yoga, hipnosis… Se trata de métodos que ofrecen resultados excelentes y además sin ningún efecto secundario.

3. Evite la trampa de los calmantes de síntesis.

La respuesta habitual ante un estado de estrés crónico consiste en tomar ansiolíticos. Se trata de una solución sencilla pero llena de peligros. Tal y como demuestran numerosos estudios, los trastornos de la memoria, del equilibrio y de la atención, así como la adicción y el aumento del riesgo de demencia, son algunas de las consecuencias que les esperan a los consumidores asiduos a este tipo de fármacos.

4. Apóyese en las plantas contra el estrés.

Varias plantas medicinales ayudan a controlar los efectos del estrés crónico por medio de diferentes mecanismos: algunas reducen directamente sus síntomas, mientras que otras permiten que aumente la resistencia del organismo frente al estrés.

Una sinergia de la acción de estas plantas permite contrarrestar las situaciones más frecuentes ante el estrés. Eso sí, siempre que se opte por combinaciones adecuadas en función de los síntomas que se tengan. En el próximo número de Plantas & Bienestar encontrará todos los detalles. Sabrá identificar el tipo de estrés que usted sufre (por ejemplo, unido a ansiedad, a un estado depresivo o de bajo ánimo, ligado a problemas de sueño…) y encontrará la combinación idónea de plantas medicinales que le harán que se enfrente al estrés de otra forma, proporcionando a su organismo la ayuda que necesita.

¡No se lo pierda! El estrés tarde o temprano acaba pasando factura a su salud, y estas plantas le ayudarán a vencerlo.

Reserve su ejemplar haciendo clic en este enlace (podrá comprobar las condiciones de suscripción antes de efectuar el pago).