Todos sentimos miedo en algún momento. No deja de ser una reacción propia del ser humano; una de las emociones más básicas.

Hagamos la prueba. Si le digo que piense en aquellas cosas, animales o situaciones que le causen pavor, seguro que rápidamente encontrará algunos ejemplos. El miedo a las arañas (aracnofobia) es uno de las más comunes, así como el miedo a las serpientes (ofidiofobia).

En ese sentido se puede decir que hay fobias para todos los gustos, ya que a muchas personas lo que les causa terror son las aves (ornitofobia) o las avispas y abejas (apifobia). Aunque no hace falta irse muy lejos para dar con ese animal que cause pánico, como por ejemplo les ocurre a los que sufren ailurofobia (miedo a los gatos domésticos).

Pero los animales no son ni mucho menos los únicos responsables de desencadenar una fobia. Y aquí de nuevo nos encontramos con ejemplos de todo tipo, existiendo fobias de lo más llamativas. Por ejemplo, están las personas que tienen aritmofobia (miedo a los números) o automatonofobia, descrito como “miedo a los muñecos” y que es la aversión hacia objetos inanimados pero que parecen humanos.

Aunque si nos vamos a casos excepcionales sin duda una de las fobias más curiosas es la anacrofobia (miedo a viajar en el tiempo) o la sesquipedaliofobia, cuya propio nombre ya debe causar desagrado a quienes la padecen, pues no es otra cosa que la aversión a las palabras largas.

Pero no es cuestión de frivolizar, ya que las fobias son un tema muy serio con el que tampoco conviene tentar a la suerte. Y es que ninguno de nosotros puede decir que no le tiene miedo a algo que no haya experimentado o visto hasta ahora.

Un ejemplo paradigmático es el de la triptofobia o miedo a los grupos de agujeros. Puede parecer una tontería que alguien llegue a tener esta fobia, pero lo cierto es que es una de las más comunes… y que mucha gente tiene sin saberlo, ya que sólo cuando se ve alguna imagen que ejemplifica esta fobia se es consciente de ello.

Algunos estudios han relacionado el caso concreto de la triptofobia con el conocido como “cerebro reptiliano”, que es un resquicio de nuestro cerebro más primitivo que conserva parte del instinto de supervivencia animal. Este instinto es el que hace que automáticamente se relacione ese patrón de agujeros muy pequeños con la piel de animales venenosos, que sería la razón por la que produce desagrado. En algunas personas que padecen esta fobia la visión de una simple flor de loto, por ejemplo, les resulta repulsiva. (1)

Tanto si ya sabe que padece alguna de estas fobias, como si acaba de descubrir que le causan desagrado algunas cosas o situaciones que desconocía hasta ahora, más adelante le indico numerosas terapias que le ayudarán a solucionar el problema.

Adentrándose en el miedo

El miedo cumple una función primordial, la de asegurar la supervivencia, por lo que sentir miedo es en realidad algo positivo. Si fuéramos por la vida sin temer a nada asumiríamos muchos más riesgos que nos pondrían en peligro. Pero igual de problemático es el caso opuesto, cuando la sensación de miedo es desproporcionada a la situación; o cuando surge un temor hacia un objeto, persona o situación que no tiene nada de peligroso.

Entonces el miedo se convierte en fobia.

La fobia (del griego phobos, que significa “pánico”) es un trastorno de salud de tipo emocional y psicológico. Existen tantos tipos de fobias que el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM, por sus siglas en inglés), editado por la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, incluye una clasificación según su origen y evolución.

Hay que diferenciar así entre las fobias situacionales, que son las provocadas por objetos, animales o situaciones concretas, como son algunas de las que he mencionado al principio, y las fobias sociales, que surgen como consecuencia de la interacción con otras personas (vergüenza de hablar en público o ansiedad al conocer a gente nueva, por ejemplo).

Las fobias sociales también se conocen como trastorno de ansiedad social porque la ansiedad es su principal síntoma, y se han dado casos en los que el afectado acaba teniendo miedo de salir a la calle. Una situación en la que la facilidad que ofrecen las nuevas tecnologías para estar conectado con todo el mundo sin necesidad de interactuar en persona no contribuye a solucionar el problema. Y precisamente por ello los casos de ansiedad social han aumentado, especialmente entre los más jóvenes.

De hecho, la lista de fobias no ha hecho más que crecer en los últimos años. Ya sea porque vivimos en un momento en que la información es infinita o bien porque nuestro ritmo de vida es cada vez más acelerado, hoy día se dan fobias a situaciones u objetos que hasta hace no mucho ni siquiera existían. Es el caso, por ejemplo, de la nomofobia (de no-mobile phone phobia) o miedo a no estar constantemente conectado al móvil, que ha surgido a raíz de la adicción a las nuevas tecnologías.

Otras fobias con un cada vez mayor número de afectados son aquellas en las que ese miedo extremo se convierte en rechazo hacia un grupo de personas. Así ocurre con la aporafobia (rechazo a las personas pobres) o con la turismofobia (aversión a los turistas) que, aunque suele darse en aquellas zonas donde existe una afluencia masiva de extranjeros, para las personas que tienen un mayor grado de rechazo esta situación puede acabar convirtiéndose en un verdadero problema psicológico.

Conviviendo con las fobias

Tomar conciencia del problema es el primer paso para solucionar este trastorno. Y para ello es necesario reconocer los síntomas que indican que se está ante un caso de fobia. Los más visibles son los de tipo físico, como es sudoración, aumento del ritmo cardíaco, respiración anormal, temblores, escalofríos, dolor de cabeza, sequedad bucal, mareos e incluso desmayos. Pero también hay que tener en cuenta los síntomas conductuales, donde la “evitabilidad” es la reacción más frecuente; es decir, alejarse y evitar lo que provoca el miedo.

Si no se detecta a tiempo se corre el riesgo de que este trastorno acabe afectando a la calidad de vida, pasando a controlar el día a día de quien lo padece, y pudiendo acabar incluso en depresión. Esto se da especialmente entre las fobias de tipo social.

Un estudio confirmó que las personas que sufren trastorno de ansiedad social tienen menos amigos y más dificultades para mantener esas amistades. Otro señaló que tienen menos probabilidades de casarse y, en el caso de encontrar pareja, son más propensos al divorcio y a no tener hijos. (2) (3)

Y desde un punto de vista laboral, los afectados por fobia social tienden a pedir más bajas laborales y son menos productivos. (4)

Por último, atendiendo a la salud en general, los problemas derivados de la ansiedad social hacen que los afectados acudan al médico en mayor medida que el resto de la población. (5)

Pero, ¿qué desencadena estas fobias?

Los investigadores han observado que, en el caso de la fobia social, ésta puede surgir como consecuencia de una situación temida, pero también debido a las consecuencias que esa situación va a generar. De este modo, algunos temerán el momento en que tengan que hablar con un desconocido, mientras que en otros casos lo que origine la ansiedad será pensar que, cuando hablen con ese desconocido, van a empezar a sudar copiosamente.

Pero ¿por qué afecta a unas personas y a otras no? Aunque los factores genéticos pueden jugar un papel destacado, también hay que tener en cuenta la importancia de los factores ambientales. (6)

Algunos investigadores han señalado que, aunque es común que las personas con fobia social hayan vivido situaciones socialmente estresantes durante su infancia (abuso familiar o intimidación en el colegio, por ejemplo), también hay que tener en cuenta la enseñanza que han recibido para aprender a afrontar esos miedos y no huir del problema, lo que contribuye a magnificarlo. (7)

La teoría del asco

Una de las últimas líneas de investigación que se ha abierto para tratar las fobias es aquella que relaciona el miedo con el asco.

Al igual que el miedo, el asco es una emoción humana muy intensa ante la que también se suele reaccionar por medio del rechazo y la evitación. Varios estudios han confirmado que el asco no sólo juega un papel importante en la psiquiatría, sino que afecta directamente a diversos trastornos mentales, como son las fobias. (8)

De este modo, ambas emociones irían de la mano en muchas fobias de tipo situacional. Por ejemplo, las relacionadas con animales que son reconocidos socialmente como repugnantes (aracnofobia y ofidiofobia), pero también en los casos de bacilofobia o miedo a los microbios, de coprofobia o aversión a las heces, de hemofobia o desagrado ante la sangre, de misofobia o rechazo a la suciedad… Se ha observado que las personas que padecen estas fobias sufren náuseas y mareos, además de rechazo y asco, pero que no siempre está presente el miedo.

El asco más básico, por así decirlo, es el provocado por alimentos o partes del cuerpo. Se trata, nuevamente, de una señal que la zona de nuestro cerebro más primitivo nos envía para que estemos alerta. Por ejemplo, ante un alimento que está en mal estado o una herida que desprende un olor putrefacto.

Pero también existe un asco interpersonal o asco moral que se da entre las fobias de tipo social. Es el que se observa entre los que sufren el rechazo a las personas pobres que comenté antes, así como en aquellos que padecen gerontofobia (aversión a las personas mayores) o entre los que sienten repulsa hacia las personas que han roto unas normas que ellos consideran infranqueables; por ejemplo, los que padecen homofobia (rechazo a los homosexuales) o islamofobia (aversión a todo lo relacionado con el islam). (9) ​

Un ejemplo bastante llamativo dentro del asco interpersonal es el llamado síndrome de repulsión súbita o repentina (SRS por sus siglas en inglés). Se da entre las parejas cuando un pequeño gesto o característica de la otra persona (un lunar, los pies, las manos…) a la que en un principio no se le había dado ninguna importancia, de pronto provoca una sensación de desagrado. Y esa aversión es tan intensa que llega a nublar la visión en conjunto que se tiene de la pareja, ya que sólo se es capaz de ver ese detalle que tanto molesta. Cuando esto ocurre las reacciones que desencadena son las mismas que tendrían lugar si se estuviera ante un objeto, animal o situación repugnante: mareos, náuseas o incluso vómitos. (10)

Esta nueva concepción de la fobia ha traído consigo un cambio dentro de los tratamientos para los trastornos mentales, ya que hasta ahora se enfocaban exclusivamente en el miedo.

Cómo decir adiós a la fobia

Al igual que ocurre con muchas otras patologías, la medicina convencional tendía a fijarse antes en los síntomas que en el origen del problema. De este modo, el principal tratamiento que se aplicaba era de tipo farmacológico y respondía al único objetivo de atenuar la sintomatología asociada a las fobias.

Y como ya ha visto, la ansiedad es uno de los principales síntomas de las fobias, lo que llevaba a que los médicos recetaran ansiolíticos con una facilidad asombrosa.

Pero estos medicamentos no sólo no solucionaban el problema, sino que además traían aparejados efectos secundarios de todo tipo: trastornos de la memoria, del equilibrio y de la atención, además de un mayor riesgo de demencia y adicción. Y si la fobia acababa desencadenado un cuadro de depresión, ni se imagina lo que suponía para el paciente la toma de antidepresivos.

Afortunadamente, cada vez son más los expertos que abogan por una aproximación al problema de tipo psicológico.

Existe una gran variedad de tratamientos que permite aplicar el más adecuado a cada caso:

Exposición en vivo. Es la técnica más común, al haberse demostrado resultados especialmente favorables para el tratamiento de algunas fobias a ciertos animales, a las alturas o en los casos de brontofobia (miedo a los rayos y truenos). Estudios han confirmado que una exposición al objeto causante de la fobia permite que la actividad de la amígdala (que forma parte del sistema límbico cerebral y es responsable de la gestión de las emociones) se reduzca, lo que resulta clave para autorregular las emociones y mejorar la asociación estímulo-consecuencia. La exposición en vivo suele emplearse junto con otras técnicas para tratar los casos más graves. (11)

Exposición mediante realidad virtual. Requiere de unas gafas de realidad virtual a través de las cuales el paciente visualiza las situaciones, objetos o animales que provocan la fobia. Supone una buena alternativa como paso previo a la exposición en vivo, ya que se pueden ir controlando gradualmente los estímulos que van a recibir. Algunos estudios han demostrado que es especialmente eficaz para tratar la fobia a las alturas (hipsifobia o acrofobia) o a volar en avión (aerofobia). (12)

Exposición interoceptiva. Consiste en realizar ejercicios físicos que provoquen las mismas sensaciones que se dan ante un ataque de pánico (palpitaciones, hiperventilación y tensión muscular), que es una reacción bastante común en ciertas fobias (por ejemplo, la claustrofobia). De este modo el paciente aprende a identificarlas y controlarlas para que, cuando se dé la situación desencadenante de la fobia, pueda recuperar el control de su cuerpo. (13)

Terapia de relajación aplicada. Forma parte de las Terapias Cognitivas Conductuales (TCC). Es un programa de entrenamiento gradual que permite que el paciente pueda relajarse rápidamente de cara a afrontar la situación u objeto desencadenante de la fobia. Ha dado buenos resultados en los casos de claustrofobia y dentofobia (miedo de ir al dentista). (14)

Desensibilización sistemática. Se combina con la relajación, ya que primero el paciente debe estar relajado, tras lo que se le pide que imagine diferentes situaciones en las que entraría en contacto con ese objeto o situación que le causa ansiedad. Esta estimulación gradual, aunque sea dentro de la imaginación, es más duradera, lo que contribuye a que desaparezca el miedo como primera reacción ante el desencadenante de la fobia. (15)

Modelo participante. Incluye una exposición en vivo y resulta especialmente eficaz para las fobias en niños, a los que hay que enseñar nuevas maneras de responder ante lo que les causa miedo. Esta técnica ha ofrecido muy buenos resultados en los casos de aracnofobia, donde el niño observaba primero a las arañas durante varias horas, tras lo que se ponía a las arañas en contacto con sus alimentos o música preferida; de este modo se conseguía reducir el sentimiento de asco. (16)

La salud no es ajena a las fobias

Desde Tener S@lud siempre decimos que la prevención es la clave y que hay que estar alerta ante cualquier problema de salud… pero no hace falta llegar al extremo de la colesterofobia (temor a tener colesterol alto).

Lo mismo ocurre con la patofobia o miedo a padecer alguna enfermedad y, aunque en muchas ocasiones decimos que los medicamentos vienen acompañados de peligrosos efectos secundarios, no es cuestión de desarrollar una farmacofobia (aversión a tomar medicinas) o, peor aún, una iatrofobia (miedo a los médicos).

Los extremos nunca son buenos. Aunque el miedo es un aliado para asegurar nuestra supervivencia, no debemos dejarnos llevar por él.

Como ve, este es un tema que puede afectar a muchas personas, y por ello me gustaría saber qué opina usted. ¿Sabe de alguien que tenga alguna de las fobias indicadas en el texto? ¿O tal vez conoce otros ejemplos igual de llamativos? Le animo a dejar más abajo su comentario. ¡Tanto yo como el resto de lectores estaremos encantados de leerle!​

 

Fuentes:

  1. Geoff G. Cole, Arnold J. Wilkins: “Fear of Holes”.chological Science. 2013.
  2. Jacob Priest: “Anxiety Disorders and the Quality of Relationships With Friends, Relatives, and Romantic Partners”. Journal of Clinical Psychology. 2013.
  3. Social Anxiety Disorder: Recognition, Assessment and Treatment. British Psychological Society; 2013.
  4. Lisa Iverach, Ronald M. Rapee: “Social anxiety disorder and stuttering: Current status and future directions”. Journal of Fluency Disorders. Science Direct. 2014.
  5. Katzelnick DJ, Kobak KA, DeLeire T, Henk HJ, Greist JH, Davidson JR, Schneier FR, Stein MB, Helstad CP.: “Impact of generalized social anxiety disorder in managed care”. Am J Psychiatry. Dec;158(12):1999-2007.
  6. Kessler RC, Stang PE, Wittchen HU, Ustun TB, Roy-Burne PP, Walters EE.: “Lifetime panic-depression comorbidity in the National Comorbidity Survey”. Arch Gen Psychiatry. 1998 Sep;55(9):801-8.
  7. Kendler KS, Karkowski LM, Prescott CA.: “Causal relationship between stressful life events and the onset of major depression”. Am J Psychiatry. 1999 Jun;156(6):837-41.
  8. Phillips ML, Senior C, Fahy T, David AS.: “Disgust and the forgotten emotion in psychiatry”. Br J Psychiatry. 1998.
  9. “Disgust Scale” Haidt et al., 1994.
  10. Sandín, B., Chorot, P., Santed, M.A., Valiente, R.M., y Olmedo, M. (2008). Sensibilidad al asco: Concepto y relación con los miedos y los trastornos de ansiedad. Revista de Psicopatología y Psicología Clínica, 13, 137-158.
  11. Andrea Hermann, Axel Schäfer, Bertram Walter, Rudolf Stark, Dieter Vaitl and Anne Schienle: “Emotion regulation in spider phobia: role of the medial prefrontal cortex”. Social Cognitive and Affective Neuroscience. 2009.
  12. Krijn M, Emmelkamp PM, Olafsson RP, Biemond R.Krijn et al.: “Virtual reality exposure therapy of anxiety disorders: a review”. Clinical Psychology Review. Science Direct. 2004 Jul;24(3):259-81.2004.
  13. Thompson E.Davis III, Thomas, H. Ollendick, Lars-Göran Östc: “Intensive Treatment of Specific Phobias in Children and Adolescents”. Cognitive and Behavioral Practice. Science Direct. 2009.
  14. T. Newton, K. Asimakopoulou, B. Daly, S. Scambler & S. Scott: “The management of dental anxiety: time for a sense of proportion?” BDJ.
  15. Lars-Göran Öst, Gerhard Andersson, Emily A. Holmes & Per Carlbring: “2016 Impact Factor . Journal of Cognitive Behaviour Therapy. 2013.
  16. Lorist MM, Klein M, Nieuwenhuis S, De Jong R, Mulder G, Meijman: “Mental fatigue and task control: planning and preparation”. Psychophysiology. 2000 Sep;37(5):614-25.