Hacer ejercicio contribuye a reducir los nefastos efectos de la inflamación crónica. Así lo ha señalado un equipo de investigadores(1) tras analizar cómo actúa el músculo durante la actividad física, para lo que se ha utilizado una tecnología de lo más innovadora: ¡músculos cultivados en laboratorio plenamente funcionales!

De este modo se ha descubierto que las propias células del músculo tienen capacidad antiinflamatoria. En otras palabras: pueden protegerse de la inflamación crónica que hace que el músculo se desgaste y no pueda contraerse, como ocurre por ejemplo con la sarcopenia, una patología caracterizada por la pérdida y debilidad muscular.

Asimismo, han observado que en esa atrofia muscular interviene una molécula proinflamatoria en particular, el interferón gamma, y que ejercitar las células musculares permite inhibir su acción. Para confirmarlo aplicaron esa molécula durante 6 días a los músculos cultivados in vitro y vieron que el músculo se encogía y perdía parte de su fuerza.

A continuación realizaron otra prueba en la que, además del interferón gamma, aplicaron a los músculos electrodos que simulaban la práctica del ejercicio, lo que resultó ser la clave para evitar su desgaste.

Fuentes:

  1. Zhaowei Chen, Binjie Li, Ren-Zhi Zhan et al: “Exercise mimetics and JAK inhibition attenuate IFN-γ–induced wasting in engineered human skeletal muscle”. Science Advances. 2021.