Finalmente España ha paralizado la vacunación frente a la Covid-19 con la vacuna de AstraZeneca “por prudencia”, ante la sospecha de que pueda causar trombos.

Sin embargo, para que nuestras autoridades sanitarias se decidieran a dar el paso han tenido que hacerlo antes numerosos países e incluso han tenido que producirse muertes.

Muertes que, en cualquier caso, no son las primeras que deja la vacunación anticovid.

¿Que no ha oído hablar de ellas? No me sorprende…

Efectos secundarios graves de las vacunas anticovid

En las últimas semanas hemos visto cómo numerosas personas se quejaban de molestos efectos adversos a raíz de ponerse la vacuna. En su mayoría no eran efectos graves ni duraderos… pero también hay una realidad muy distinta que se vislumbra desde el comienzo mismo de la vacunación.

En Noruega casi 30 ancianos fallecieron hace unas semanas tras recibir la vacuna de Pfizer-BioNTech.

Y asimismo a comienzos de año un ginecólogo estadounidense, el Dr. Gregory Michael, murió 16 días después de haber recibido la misma vacuna a causa de una trombocitopenia grave que le provocó una hemorragia interna.

Las víctimas noruegas eran muy mayores, pero el Dr. Michael tenía 56 años, estaba en muy buena forma y no sufría ninguna enfermedad conocida. Y aun así una vez puesta la vacuna sus plaquetas en sangre se desplomaron aumentando exponencialmente el riesgo de hemorragia, como finalmente sucedió.

Ahora bien, de su caso poco más se sabe.

Lo cierto es que en la prensa convencional apenas se ha hablado de estos casos, ni de tantos otros de efectos adversos de la vacunación. Es como si solo quisiera mostrarse la cara amable de las vacunas, a pesar de que paso a paso los hechos van obligando a las autoridades sanitarias a recular cuando es preciso y a adoptar medidas que garanticen la seguridad de los ciudadanos (como por ejemplo la paralización de la vacunación de AstraZeneca).

El lamentable silencio de los medios

Si hay algo que no tiene ningún sentido es la incomprensible “ceguera” de los grandes medios de comunicación.

Hay dos cosas espantosas en la forma en que se está lidiando con las preocupantes oleadas de efectos adversos de las vacunas.

La primera es que los periodistas -y las autoridades sanitarias- tratan por todos los medios de convencernos de que “no existe un vínculo comprobado” el problema de salud -o incluso la muerte- que sufre una persona tras vacunarse y la administración de la vacuna.

Su objetivo es que creamos que, si varios pacientes reciben una dosis y desarrollan efectos secundarios graves e idénticos, es fruto de una simple coincidencia.

Podríamos defender a los periodistas asumiendo que son prudentes. Sin embargo, yo más bien creo que al repetir día tras día estas informaciones, en realidad lo que hacen es tomarnos por tontos.

La segunda práctica terrible es que se minimiza seriamente el número de personas que padecen estos efectos secundarios.

No solo se trata de una mentira descarada, sino de una falta ética gravísima en una profesión cuya razón de ser es transmitir información fiable a los ciudadanos.

Este es el cuadro de reportes de efectos secundarios según incidencia y país en la Unión Europea para la vacuna de AstraZeneca -que acaba de dejarse en suspenso-, de acuerdo con el sistema de EudraVigilancia de la Agencia Europea del Medicamento:

Como ve, solo en España se han reportado más de 600 casos antes de que se paralizara la vacunación, una cifra que está muy lejos de ser anecdótica.
Además, esos efectos involucran varias esferas del organismo y en distinto grado. Y no son precisamente “leves”, como recoge la misma fuente.

Vea el siguiente gráfico:

Los casos en rojo se clasifican como “leves”, mientras que los de color púrpura son “graves”.

Es decir, que básicamente alrededor de tres cuartas partes de los efectos adversos que se registran son motivo de preocupación.

Además de los mencionados trombos, que son los que han llevado a la paralización de la vacunación, otros efectos adversos comunes atañen:

  • Al sistema nervioso.
  • Al sistema musculoesquelético.
  • A la esfera gastrointestinal.

Y lo más preocupante, en realidad, es que es prácticamente el mismo cuadro clínico que presenta la vacuna de Pfizer.

¿Qué dicen los fabricantes al respecto?

Cuando las grandes farmacéuticas responden a crisis como estas lo hacen a través de un comunicado y escudándose en lo obvio: que estos casos son minoritarios, inusuales. Y también que es necesaria más investigación, pero que sea como sea la vacunación continúa siendo segura.

Segura… ¿para todos?

Ellos mismos saben que no. Y de hecho adelantan, cautos y cínicos, que en el proceso de vacunación habrá más efectos secundarios y muertes que se tratarán de “atribuir” a la vacuna aun cuando no exista relación con ella.

En el caso de la pandemia por coronavirus incluso se ha puesto en marcha el primer mecanismo internacional de indemnización por lesiones debidas a las vacunas, lo cual no es sino una prueba más de que se esperan efectos adversos nada desdeñables. (1)

Aún hay mucha incertidumbre en cuanto a los efectos de las vacunas dado el poco tiempo que llevan inoculándose a la población. Si quiere profundizar en cómo se han creado las vacunas anticovid en un tiempo récord, le recomiendo leer el siguiente texto.

La legalidad y la obligación moral

Los hechos de estos días me han recordado una vieja discusión que una vez presencié en el seno de una asociación de víctimas de los efectos secundarios de las vacunas.

Una persona instó a otra: “Pero sabías que esos efectos secundarios podían aparecer, ¿no?”.

Ante aquella frase, el interlocutor no pudo más que sonrojarse y jurar que no, que no lo sabía.

Aunque no todo el mundo es consciente de ello, los efectos adversos se detallan en el prospecto que va incluido en la caja de la vacuna, al igual que en la de un fármaco cualquiera, y es el médico el que debe informar de ese riesgo.

Añadir esa advertencia es una obligación legal de las farmacéuticas, la cual estas firmas respetan escrupulosamente.

El problema es que esa información no siempre llega al paciente vacunado.

¿Por qué? Porque realmente el número de víctimas es bajo y muchos médicos temen que hablar de los potenciales riesgos solo sirva para desalentar a la gente a vacunarse.

En la misma línea, las administraciones minimizan conscientemente los hechos para evitar un rechazo masivo.

Pero el problema es que no por ello esos efectos dejan de existir.

Por eso, al igual que se recomienda leer concienzudamente el prospecto de un medicamento, lo mismo debería suceder en el caso de una vacuna.

Ni más, ni menos.

Las cosas claras

Las vacunas, como tantas otras cosas, no son 100% seguras. Pueden causar víctimas.

Es raro, pero sucede. Y no siempre le sucede a “otros”.

Lo mismo ocurre con las enfermedades y los virus. Pueden atacar a cualquiera. Todos podemos estar en el momento menos adecuado, bajo las peores circunstancias, y pagar las consecuencias.

La clave, por tanto, es actuar en conciencia y buscar un equilibrio entre los beneficios de un tratamiento y los riesgos que uno asume. Y por eso es importante estar informado.

Para aquellos que temen más a las enfermedades, existen vacunas.

Para aquellos que temen más a las vacunas, existe la libertad de vacunarse o no.

Las víctimas de los efectos adversos de las vacunas, lamentablemente, nos recuerdan que el derecho a la libertad de vacunarse no es un capricho sino una necesidad.

¡A su salud!

Fuentes:

  1. “El programa de indemnización sin culpa para las vacunas contra la COVID-19, el primero del mundo”. Comunicado: Organización Mundial de la Salud (OMS). 22 de febrero de 2021.