La disfagia (o dificultad para tragar) afecta a dos millones de españoles. Se trata de un grave problema de salud que rápidamente origina un peligroso círculo vicioso: debido a las dificultades para tragar, así como al temor a posibles atragantamientos, los pacientes comen mucho menos y pierden fuerza en los músculos, incluidos los que están implicados en la deglución. Esto agrava el problema, ya que tiene lugar una rápida pérdida de peso que a su vez conlleva una importante bajada de las defensas, que puede afectar al conjunto del organismo.

De ahí la necesidad de que se creen equipos multidisciplinares que incluyan logopedas, neurólogos, endocrinos, dietistas y otorrinos para abordar esta enfermedad de la manera más completa posible, a partir de una estrategia donde prime la nutrición. Es la estrategia que plantea la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG)(1), que también indica que el primer paso debe ser adaptar los alimentos para que los afectados puedan digerir la comida sin riesgos (purés y sopas), pero asegurándose de que cuenten con todos los nutrientes indispensables.

Y es que en muchos casos estos preparados no tienen en cuenta el valor nutricional, pese a que es fundamental que incluyan proteínas para que los afectados recuperen la fuerza de los músculos de la boca y vuelvan a tragar sin problemas. Ese es el primer paso para alejar el riesgo de malnutrición y todas las complicaciones asociadas.

Fuentes:

1. “Alimentación y Nutrición”. Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG). 2018.