Morirse de repente, sin dolor y sin tiempo ni siquiera para ver llegar a la muerte sería lo ideal. De esta manera uno se evitaría el abatimiento y sufrimiento previos que no sirven para nada. Es lo que seguramente querría todo el mundo si pudiera elegir, pero nuestros antepasados lo veían de otra manera.

Tener una buena muerte

Hace poco descubrí la célebre obra “Danza de la Muerte”, del pintor alemán del Renacimiento Hans Holbein.

Se trata de una serie de grabados tan minuciosos que se necesita una lupa bien grande para poder ver todos los detalles. Los grabados representan a personajes de toda condición, desde el más humilde mendigo hasta el Papa, pasando por reyes, damas y caballeros, burgueses y artesanos, sirvientes, campesinos, recién nacidos y ancianos… A cada uno de ellos le acecha un esqueleto con gesto terrorífico y armado con una guadaña que representa la muerte, antes incluso de que se den cuenta de que está cerca.

Para nuestros antepasados, el aspecto más aterrador de la muerte era ese: que pudiera pillarles por sorpresa, en cualquier momento, en el recodo de un camino o mientras dormían, sin que hubieran tenido tiempo de prepararse.

Las plegarias, hoy en día casi olvidadas, existían por esa razón; gracias a ellas se recibía “la gracia de una buena muerte” o, dicho de otra manera, una muerte para la que uno había tenido tiempo de prepararse en el plano espiritual y material.

En aquella época resultaba fácil saber que la muerte existía y que aguardaba a todo el mundo. Era muy habitual que una familia perdiera algún hijo de corta edad: accidentes, enfermedades, epidemias o guerras la hacían omnipresente y, por si fuera necesario, las vigilias, ceremonias, procesiones y luto posteriores a un fallecimiento todavía la hacían más visible.

Y simplemente viviendo en el campo uno se codeaba con la muerte de continuo, aunque fuera sólo con la de los animales. En cambio, ¿quién de nosotros ha matado alguna vez un cerdo o ha degollado un cordero con sus propias manos? ¿O quizá un pollo o un conejo? Este gesto que los niños conocían desde su más tierna infancia hacía que todo el mundo estuviera tremendamente familiarizado con la muerte.

Por eso, el mayor miedo no era morir, sino morir sin haberse preparado.

¿Por qué prepararse para morir?

Uno quería morir, en primer lugar, con la conciencia tranquila: tener tiempo para que le perdonasen las faltas cometidas y reparar las ofensas hechas a los suyos, aunque también para pedirle perdón a su dios por todas aquellas faltas que nadie podía perdonar.

Su intención era prepararse para entrar en el Mas Allá, pero los problemas de la vida práctica hacían que fuera indispensable dejar, en la medida de lo posible, los asuntos de uno en orden, so pena de causar serios problemas a las personas que se quedaban aquí. De esta manera, un hombre que había terminado de construir el tejado de su casa, o de cavar un pozo, hacer la siembra o ayudar en el parto de una vaca, temía dejar algún proyecto pendiente que fuera vital para la supervivencia de su familia. Los artistas, que sabían que habían dedicado su vida entera a acumular un saber del que solamente ellos podían disponer, tenían miedo a no poder terminar una obra que irremediablemente se perdería para la posteridad.

Se trataba de una cuestión de responsabilidad frente al mundo que se dejaba atrás. Morir sin preocuparse de lo que se dejaba atrás se consideraba miserable. A lo largo de la vida, uno había adquirido responsabilidades al dar trabajo a otras personas, al traer hijos al mundo, al poner en marcha proyectos…. Esas personas, esos niños, esos proyectos, iban a seguir existiendo después de su muerte y no debían ponerse en peligro.

Así, a diferencia de lo que ocurre en la actualidad, muy pocos deseaban gastarse todo su dinero antes de morir. Más bien al contrario: se pasaban la vida trabajando y ahorrando con el objetivo de contribuir a dejar tras de sí un mundo mejor, ya fuera legando su granja a sus herederos para que continuaran haciéndola prosperar y pudieran cederla, a su vez, a sus hijos; o, a falta de heredero, donando su patrimonio a una buena obra para mejorar la vida material de los pobres mediante (en el caso de los ricos) la construcción de hospicios, orfanatos o escuelas, o la vida espiritual de la comunidad gracias a la construcción de un edificio público, un monasterio o una bonita vidriera para una iglesia, una pintura o una hermosa estatua que pudieran inspirar a las generaciones futuras.

Todo esto requería tiempo y reflexión, por lo que más valía que la muerte no llegara por sorpresa y sin avisar.

Viendo así las cosas, es comprensible que pareciese secundario saber si se iba a sufrir o no antes de morir. Al contrario, si a uno no le había dado tiempo a hacer todo, por ejemplo, pedir perdón, dar las gracias y decir adiós a los seres queridos, se contentaba con ganar unos instantes de vida adicional, aunque fuera con la pierna aplastada bajo la rueda de un carro, el proyectil de una ballesta hundido en la tripa o la cara invadida por una espantosa lepra.

Pero en el fondo, ¿somos tan diferentes hoy en día?

¿De verdad quiere morirse de repente?

Aquel que haya perdido a un ser querido de forma brusca, sin haber podido pedirle perdón, darle las gracias y decirle adiós, sabe que el duelo es más difícil, largo y doloroso y que no dejan de venirle una y otra vez remordimientos por no haber tenido tiempo para transmitirle esos mensajes tan importantes.

El éxito actual que viven los seguros de vida demuestra que la mayoría de las personas con cargas familiares tienen miedo a que, si mueren de repente, sus hijos, cónyuges o padres de avanzada edad se queden sin nada.

Numerosas familias jóvenes en las que los dos padres trabajan tienen la absoluta necesidad de contar con la ayuda de uno o varios abuelos, por lo que su fallecimiento repentino tendría unas consecuencias graves para la educación de los niños.

Apenas se habla de ello pero, para muchos trabajadores, que el jefe de su empresa fallezca de un día para otro resulta dramático. Muchas empresas no sobreviven a la muerte del jefe, en especial las pequeñas empresas y las tiendas y empresas artesanales, dejando a sus clientes sin los productos y servicios con los que contaban y a sus empleados sin trabajo.

E igualmente, para un empresario puede ser una desgracia perder de la noche a la mañana a un trabajador que poseía unos conocimientos de vital importancia que no ha podido transmitir.

Si nos paramos a pensarlo un poco descubrimos que, al hablar de nuestro deseo de morir algún día en la cama, nos estamos olvidando de especificar que por supuesto nos referimos a morir una vez hayamos terminado todas nuestras tareas y, a ser posible, después de haber pasado una última velada rodeados de cariño con nuestros seres queridos, y sin dejar graves conflictos o malentendidos pendientes.

La medicina es eficaz contra el dolor físico

En caso de que nos queden cosas importantes por hacer o decir antes de morir, preferimos que la vida se alargue un poco más, sobre todo teniendo en cuenta que ahora la medicina nos ofrece unos métodos muy eficaces para acabar con el dolor.

En el peor de los casos (por ejemplo, una persona con quemaduras graves) se induce un coma artificial con la esperanza de que pueda despertar al menos unos minutos antes de morir para decir adiós a sus seres queridos. Para los casos menos extremos está la morfina e incluso, desde hace poco tiempo en algunos hospitales avanzados (como el hospital John Hopkins, en Baltirmore, Estados Unidos), la psilocibina, un extracto de hongo alucinógeno que le sumerge a uno en un estado de gran serenidad, sin llegar a perder la consciencia ni generar dependencia, para las enfermedades y los tratamientos más dolorosos.

Nos encontramos a punto de ganarle la batalla al dolor; sin embargo, si a pesar de ello las solicitudes de eutanasia no dejan de aumentar, evidentemente es porque hay otro problema subyacente, mucho más grave que el dolor. Este problema es seguir viviendo una vida que ya no tiene ningún sentido.

El problema que más preocupa

La vida moderna hace que sea posible, e incluso se vea como normal, llegar al final de los días sin ninguna razón para seguir viviendo.

Cuando ya no se tiene ningún anhelo, ninguna esperanza, ni convicción ni creencia. Cuando ya nadie se preocupa por uno y nadie le necesita. Cuando no queda ninguna tarea importante pendiente ni ningún mensaje que transmitir, no hay nada más que hacer aquí y, por tanto, no hay ninguna razón de peso para vivir.

La vida en sí parece que no tiene sentido, incluso aunque fuese viviendo cómodamente y sin dolor. Si además uno supone una carga para la sociedad y está sufriendo, y así desde hace años y sin esperanza de que la situación mejore, ¿por qué seguir viviendo un instante más?

En estas circunstancias, es normal que se esté hablando en todas partes de la eutanasia porque, cuando no vale la pena vivir, hay que pedir a los médicos que ayuden a morir rápido y sin dolor.

Se aumentan la dosis de morfina, ya no para mitigar el dolor, sino con el fin de que la persona muera porque ella o su entorno consideran que vivir así no vale pena o “ya no es digno”.

Recuperar urgentemente el sentido de la vida

Así pues, ésta es la cuestión que debemos resolver urgentemente.

¿Qué tengo que hacer yo hoy, no para evitar el dolor físico (puesto que sabemos que los centros de cuidados paliativos ya cuentan con medios técnicos para ello) sino para evitar el terrible sufrimiento psíquico que supone tener la impresión de haber desaprovechado el tiempo, de vacío existencial, de vivir en el sinsentido y privado de cariño?

A decir verdad, sólo se puede hacer una cosa: concentrarse en la única tarea que merece la pena y que no es otra que descubrir y sacar el máximo partido a aquello que mejor se nos da para contribuir, a nuestro nivel, a hacer que el mundo sea más bonito.

Cada persona, según su situación, puede encontrar la forma de hacer el mundo mejor: arrancando una sonrisa a alguien; preparando un plato que huela muy bien y alegre a aquellos que nos rodean; quitando una mala hierba o podando un arbusto.

Y si conseguimos hacer que florezca una fila entera de lechugas bien verdes, unas espléndidas zanahorias y unos magníficos y sabrosos puerros, el mundo se vuelve todavía más bonito.

¿Y qué decir entonces si con nuestras propias manos conseguimos que crezcan árboles frutales, despampanantes rosas y macizos de rododendros?

¿Si hacemos feliz a un niño contándole una bonita historia, cantándole canciones o enseñándole un maravilloso poema?

¿Y si hacemos que nuestra bonita y acogedora casa se convierta en un hogar lleno de alegría y amistad en el que se acumulen recuerdos de emociones vivas, tanto para usted como para la gente a la que quiere?

Así es como quizá usted sueñe morir algún día, no de repente y sin darse cuenta, sino todo lo contrario, despacio, con calma y sumergido en un mar de cariño.

La muerte es una fase más de la vida. No es la primera vez que hablo de este tema; puede consultar aquí otros textos de Tener S@lud dedicados a la fase final de la vida:

Y a usted… ¿cómo le gustaría morir? Le invito a compartir su opinión con el resto de lectores de saludnutricionbienestar.com haciendo un comentario un poco más abajo