Es muy posible que usted ya siga los consejos que semana tras semana recibe de Tener S@lud: que hay que priorizar las grasas buenas, que se debe apostar por las legumbres (lentejas, alubias, guisantes, etc.) en lugar de por la pasta y las patatas fritas como acompañamiento a los platos…

Sin embargo, puede que algunos de los resultados que obtenga al hacerlo no sean lo que esperaba. Quizá algunos le resulten decepcionantes o, lo que es peor, que algunos de esos alimentos parezcan no convenirle en absoluto.

Ciertas personas se sienten pesadas, por ejemplo, al comer grosellas. O tienen gases después de tomar una ensalada de lentejas. Otras incluso sufren diarrea tras comer unas cuantas nueces.

¿Por qué sucede esto?

¿Por qué si empieza a cuidarse consumiendo alimentos saludables su sistema digestivo pasa a enviarle lo que parecen señales inequívocas de que debería dejar de hacerlo? ¿Acaso existe algún tipo de “intolerancia hacia lo sano”?

Por supuesto que no. La explicación es mucho más simple y, afortunadamente, ponerle remedio también.

Digestión de las grasas: el vital papel de la bilis

Las grasas necesitan descomponerse para poder ser digeridas y absorbidas correctamente, y esa descomposición corre a cargo de las enzimas lipasas y de la bilis.

Las lipasas son producidas por el páncreas y luego liberadas en el intestino a fin de que ataquen las grasas que se mueven por él.

Ahora bien, aunque las enzimas lipasas son esenciales, por sí solas no logran descomponer las grasas. Para ello también es necesario que el hígado secrete una bilis de buena calidad.

¿Para qué sirve la bilis?

La bilis es un líquido de color amarillo verduzco y de pH superior a 7. El hígado produce cerca de 1 litro por día. (1)

Esta sustancia actúa sobre la digestión en general y sobre la de las grasas en particular, descomponiéndolas para que puedan ser absorbidas fácilmente.

La bilis contiene sobre todo colesterol y sales biliares, siendo estas últimas las que permiten disolver las grasas.

Dos nutrientes para fabricar una bilis de mejor calidad

El hígado necesita vitamina C y taurina para fabricar una buena bilis.

Para que no falte la vitamina C hay que vigilar que el consumo de frutas y verduras sea adecuado, mientras que para mantener altos los niveles de taurina (la cual recibió ese nombre, precisamente, por haber sido descubierta en la bilis de toro) conviene comer algas, marisco, pescado y huevos.

Tras ser producida, la bilis es enviada hacia la vesícula biliar, un pequeño reservorio de 10 cm de largo. Allí es donde se almacena a la espera de ser liberada en el intestino delgado cuando se comen grasas. (2)

El problema de la regularidad

Cuando se consumen grandes cantidades de alimentos grasos se desencadenan bruscas descargas de bilis. Es el mismo mecanismo que se da con las curas de alimentos drenantes (por ejemplo, el rábano negro), que pueden llegar a descargar la vesícula biliar.

Lo mejor es ser prudente, ya que la bilis es una sustancia muy potente. De hecho, en grandes cantidades las sales biliares irritan el tubo digestivo y lo contraen, pudiendo dar lugar a una diarrea repentina.

Los excesos de fibras insolubles

Lo mismo que acaba de ver sucede también con las fibras de las legumbres secas y con las de las frutas: la clave está en la cantidad y en la regularidad.

Existen dos tipos de fibras, las solubles y las insolubles. Las primeras constituyen una especie de gel que forma una capa protectora sobre la pared del intestino y permite, de ese modo, que se absorban menos sustancias nocivas. (3)

Las fibras insolubles, por su parte, no son digeridas por el organismo. Al contrario, pasan a toda velocidad por el intestino precipitando el ritmo normal del tránsito y contrayendo el conducto digestivo a medida que pasan.

En definitiva, que estas fibras no solubles resultan ideales para evitar y combatir el estreñimiento, aunque si toma demasiada cantidad es posible que termine con diarrea.

Consejos prácticos para evitar las molestias

Además de los trucos que ya ha visto para mejorar la calidad de la bilis y prevenir excesos que puedan desencadenar trastornos intestinales, aquí van otras dos reglas de oro para mejorar la asimilación de unos nuevos hábitos alimenticios.

1. Las prisas no son buenas

Debería tener esta norma muy en cuenta siempre que vaya aumentar el consumo de cualquier alimento que de forma general toma solo de vez en cuando (incluyendo los más saludables y beneficiosos): debe hacerlo progresivamente, nunca de repente.

Soy consciente de que a veces esto no es tan sencillo, ya que por ejemplo la temporada de ciertas frutas (como las cerezas y las ciruelas) es bastante corta. No obstante, le aseguro que su salud agradecerá este consejo.

Lo mismo sucede con las leguminosas: es importante comenzar por pequeñas raciones. Aumente su consumo poco a poco, en varias semanas. Y asimismo priorice al mismo tiempo las fuentes de grasas buenas, como por ejemplo el aceite de oliva virgen extra, los aguacates, las nueces, los huevos…

2. Tómese el tiempo necesario para comer

Para maximizar la secreción de bilis y de jugos gástricos el cuerpo debe estar en modo parasimpático. Es decir, en un estado de relajación y calma caracterizado por la ausencia de estrés y de movimientos bruscos.

Es por eso que debe tomar el tiempo necesario para comer, haciéndolo sentado, con calma y masticando bien. ¡Y por supuesto sin distracciones como la televisión o el móvil!

Ya lo ve: no hay motivos para desanimarse. Si usted sufre malestar al consumir ciertos alimentos, estos consejos ayudarán a que sus digestiones mejoren. Y en caso contrario, le animo a consultar con un experto en salud natural su caso concreto. Estoy seguro de que podrá ayudarle.

Fuentes:

  1. Bilis. Medline Plus.
  2. “Vésicule biliaire et foie / Cholecystectomie”. ABCD Chirurgie.
  3. Jean-Marc Dupuis. “Qu’est-ce qu’une fibre alimentaire?”. SNI Editions. Sept. 2012.