“Por qué yo no soy vegano”

Estimado Lector,

No es la primera vez que algún lector de Tener S@lud me pregunta expresamente sobre mi opinión acerca del vegetarianismo y el veganismo.

Sin duda se trata de un tema candente, en especial en el ámbito de la salud natural. Sin embargo, es una cuestión sumamente personal sobre la que creo que cada uno debe recapacitar y sacar sus propias conclusiones.

Ahora bien, el otro día leí una interesante reflexión que quiero compartir con usted. Plantea ciertas dudas y nos ofrece otro punto de vista al respecto. Por eso quería que la leyese.

Se trata de un texto escrito por Pierre Lance, redactor de la revista Salud AlterNatura, y dice lo siguiente:


La alimentación “vegana”, que en ocasiones se denomina “vegetarianismo integral” o “extremo”, excluye de la alimentación cualquier aporte de fuente animal. Es decir, no solo la carne y el pescado, sino también la leche, los huevos y la miel, entre otros.

Asimismo, rechaza la utilización de cualquier producto de origen animal: desde el cuero, la piel, la lana y la seda hasta la cera de abeja, así como los medicamentos o cosméticos testados en animales o que puedan contener sustancias derivadas de ellos.

Esta tendencia no nació ayer. De hecho, la Vegan Society fue fundada en 1944 y la palabra “vegan” ya fue utilizada en 1946 por Fay K. Henderson en su libro de cocina Vegan recipes.

En 1951 la Vegan Society propuso una definición oficial: “El veganismo es la doctrina según la cual los humanos deben vivir sin explotar a los animales”.

No obstante, el 20 de noviembre de 1979 los nuevos estatutos de la Vegan Society ampliaban esa definición en los siguientes términos: “Una filosofía y una manera de vivir que busca excluir -en la medida de lo posible- cualquier forma de explotación y crueldad hacia los animales para alimentarse, vestirse o con cualquier otro objetivo y, por extensión, promocionar el desarrollo y el uso de alternativas sin explotación animal para el beneficio de los seres humanos, los animales y el medioambiente […]”.

Mi opinión personal

Yo respeto totalmente la sensibilidad animal y comprendo la filosofía y las intenciones morales del veganismo. Sin embargo, existen otros motivos por los que no comparto por completo la práctica vegana estricta, los cuales expongo a continuación.

Estoy de acuerdo con que debemos combatir enérgicamente las prácticas intolerables que ignoran el sufrimiento de los animales, principalmente en las ganaderías intensivas, el transporte de ganado y los mataderos. Sin embargo, creo que usar como pretexto esas crueldades para no comer carne en absoluto o no taparse con lana es tan desafortunado como lo sería condenar el amor en general por el hecho de que existan relaciones tormentosas, incluso muy nocivas.

Rechazar prácticas normales porque existen ciertas actitudes negativas no tiene demasiado sentido; de hacerlo, la vida se volvería imposible.

Además, esa postura ignora -aunque sea involuntariamente- que muchos ganaderos, en particular aquellos que practican la agricultura ecológica, aman y respetan a sus animales, y de hecho cuidan que su existencia sea lo más tranquila y feliz posible.

El ser vivo como depredador

A menudo oigo decir que el ser humano es un gran depredador, lo cual es cierto, pero como también lo son el resto de seres vivos, sin excepción. Incluso los árboles libran su propia batalla -a menudo desconocida- por la supervivencia, ya que sus raíces pueden segregar sustancias tóxicas destinadas a eliminar los brotes jóvenes de sus competidores.

Algunos vegetarianos defienden, en cambio, que los herbívoros no son depredadores. Pero imagino que no han preguntado su opinión al respecto a las pobres margaritas o al diente de león, entre otras pequeñas flores silvestres.

Además, al pacer en el prado las vacas tragan sin querer todo tipo de insectos. Y como ellas infinidad de especies herbívoras con las que se dan situaciones similares.

Otra explicación que ofrecen muchos vegetarianos es que las plantas no son sensibles. Sin embargo, existen múltiples pruebas de que sí lo son (aunque sea de forma diferente).

Sin duda convencerse de que las plantas son insensibles ayuda a “limpiar” ciertas conciencias, pero la verdad hay que asumirla tal y como es: a quien quiera vivir sin hacer absolutamente ningún daño a otro ser vivo solo le queda la salida de morirse de hambre.

No somos los humanos los que hemos inventado la cadena alimentaria. Es una ley de la Naturaleza que se resume en lo siguiente: unos se comen a otros. Y cualquier documental de animales lo demuestra sin ambages…

Que la vida es cruel es una realidad. El objetivo de la civilización debería ser hacerla menos dramática, aunque obviamente el resultado deja bastante que desear.

En este escenario, corresponde a cada uno contribuir lo más que pueda a que la felicidad y la alegría de vivir dirijan el destino de todos los seres vivos, ya sean toros, patos o álamos. Pero, dado que no podemos escapar de una de nuestras necesidades más básicas, como es la alimentación, ¿no podría bastar con que nos comprometamos a evitar cualquier sufrimiento inútil dentro de esa cadena?

En algunas culturas antiguas los cazadores solían rodear a la presa abatida y le rendían homenaje. Es una pena que estas prácticas hayan desaparecido. Si hubiésemos sabido conservarlas y difundirlas, el vínculo solidario entre el ser humano y la Naturaleza no se habría desarticulado del modo en que lo ha hecho, y probablemente el mundo sería hoy más bello.

Ahora bien, aunque no podamos cambiar la historia, al menos podemos sacar lecciones de provecho para intentar devolver la armonía al planeta cuanto antes.

La cría intensiva: una insoportable vergüenza

El origen de buena parte de los males del planeta es la explosión demográfica, dado que con la excusa del “deber” de alimentar a las masas a cualquier precio la industria alimentaria ha desplegado una capacidad de destrucción brutal.

A continuación voy a darle algunos ejemplos de estos abusos -supuestamente necesarios- que son la vergüenza de nuestra especie (y que explican el nacimiento de corrientes críticas como el propio veganismo).

Los conejos son los animales más enjaulados en Europa. Anualmente se crían en el continente 320 millones de conejos para consumir su carne y el 99% de ellos permanecen encerrados entre barrotes. Estos animales pasan toda su vida en espacios demasiado pequeños: nacen en pequeñas jaulas alambradas fuera del suelo y permanecen en ellas hasta su muerte, que llega entre 60 y 80 días más tarde.

En cuanto a las conejas reproductoras, se las mantiene aisladas y confinadas entre 13 y 24 meses, hasta su sustitución (o lo que es lo mismo: su sacrificio).

“Las jaulas les impiden expresar sus comportamientos naturales, como alzarse sobre dos patas, saltar, excavar, roer… y les provocan lesiones y un estrés permanente”. Esto es lo que denuncia la ONG Compassion in World Farming (Compasión en la Agricultura Mundial), que lucha para acabar con la cría de conejos en batería.

Además, estos animales están atiborrados de antibióticos. Los conejos en particular son la especie de cría intensiva más expuesta a estos medicamentos, por delante de las aves y de los cerdos.

Legislación específica

La Unión Europea es el segundo productor mundial de carne de conejo (solo por detrás de China), y el 80% del total de su producción procede de España, Italia y Francia. No obstante, la mayoría de los estados miembros no cuentan con legislación específica.

Las excepciones son Austria y Bélgica, que han prohibido recientemente las jaulas en batería a favor de los parques de cría, y Alemania y Reino Unido, que han mejorado la legislación sobre el bienestar de estos animales.

En España también se están dando ciertos pasos en favor de la protección de los animales de cría, tanto en sus condiciones de vida como en las que son transportados y sacrificados ya en el matadero. No obstante, siguen sin ser suficientes. Y esa es la razón por la que yo no como conejo a no ser que haya sido criado como antiguamente, en una granja sostenible.

Habría mucho que decir también de la cría de patos, pollos y otros animales, pero creo que con lo dicho hasta aquí es más que suficiente para hacerse una idea de cuánto sufrimiento implica la ganadería industrial para todos estos animales.

Por eso jamás -a excepción de en algún documental de denuncia- se logran ver imágenes de granjas industriales o de los camiones que salen de ellas, abarrotados de animales amontonados. Tampoco de las fábricas que transforman los “subproductos” alimentarios, tanto para las personas -los consumidores finales- como para los propios animales (sí, por lo general los animales acaban convertidos en necrófagos, alimentados con restos de sus predecesores).

Se ve que no hemos aprendido demasiado de lo sucedido con el escándalo de las “vacas locas”, como demuestra el que mantengamos cadenas productivas que suponen un caldo de cultivo perfecto para la expansión de enfermedades y muerte.

Por desgracia usted como consumidor solo cuenta consigo mismo a la hora de protegerse de una amenaza como esta.

En cuanto a mí, no como carne sin garantía ecológica desde hace años, pero al igual que he apuntado antes no coincido al 100% con la práctica vegana más estricta, ya que creo que nuestra convivencia con otros animales pasa por el beneficio mutuo, además de por el respeto.

¿Le ha parecido interesante la reflexión de Pierre Lance? ¿Qué opina usted sobre este tema? Me encantaría que respondiese a este texto dejando un comentario.

¡A su salud!

Luis Miguel Oliveiras