«No hace tanto tiempo yo vivía en un apartamento con una secadora, un inmenso lavavajillas, una nevera todavía más grande e incluso con una vinoteca.

Mi elegante máquina de café me había costado tan cara como un fin de semana en familia en Londres. Calentaba la leche en el microondas, el agua en un hervidor eléctrico y soñaba con un batidor de leche de alta tecnología. Era lo único que me faltaba en el armario, al lado de la máquina de pasta, la heladera, la máquina para hacer pan y el horno eléctrico para pizzas.

Una de mis mejores amigas llama a todos estos aparatos “cadáveres de cocina”», explica Irene. (1)

Los “cadáveres de cocina” son esos aparatos y utensilios de todo tipo que acaban cogiendo polvo en los armarios.

En un principio, se fabricaron para simplificarnos la vida, pero al final, ¿dónde acaban?

¿Pensados para simplificarnos la vida?

La realidad, tengamos el coraje de admitirlo, es que huimos de estos aparatos cuando queremos simplificarnos la vida de verdad.

Llega el fin de semana o las vacaciones y nos vamos a pasear por la naturaleza con sólo una mochila, dormimos en una tienda de campaña, nos damos cuenta de que la verdadera felicidad, el verdadero lujo, en el fondo, es el silencio, el espacio y el tiempo, no esos aparatos ni robots.

Cada vez más personas pagan, incluso fortunas, por pasar unas vacaciones en una cabaña en el bosque, en una granja tradicional (agroturismo), en el desierto o en una isla virgen. Y todo para recuperar la sencillez, la sobriedad y la autenticidad de una vida sin electrodomésticos.

Ganar cientos de horas

Cada vez que dejo el coche aparcado o no cojo el transporte público y así recorro el trayecto a pie o en bicicleta, pudiera parecer que voy a perder tiempo, pues para un trayecto de 15 minutos voy a necesitar 45.

Del mismo modo, lavar los platos a mano, tender la ropa, preparar el café a la antigua, con un filtro sobre el termo, parece una pérdida de tiempo. Y lo mismo pasa con pelar y cortar las verduras en lugar de poner un plato preparado en el microondas.

Pero si lo hace, si acepta el sacrificio de este precioso tiempo, lo va a recuperar multiplicado por cien.

Así, durante esos 45 minutos a pie que recorro el camino de mi casa a la oficina se me ocurrió una idea revolucionaria que me ha hecho ganar… cientos de horas y ahorrarme… muchos malos ratos en los meses siguientes.

Estoy seguro de que esto no se habría producido si hubiera ido sentado en mi coche. Perdiendo los nervios en cada semáforo, atento a las motos que me adelantan por la derecha, atrapado en atascos… habría desperdiciado mucha energía mental en otra cosa en lugar de en resolver mis verdaderos problemas.

Recuperar el diálogo, encontrar la poesía

Asimismo, esos platos lavados a mano con mi hijo nos han brindado la ocasión de acabar hablando de temas de suma importancia para su futuro (y, por lo tanto, ¡el mío!). Si no hubiera sido por esa vajilla que propició el momento, no habríamos hablado de ello.

¿Y qué decir de la poesía de un hervidor antiguo silbando en la cocina?

¿Conoce nuestra juventud lo que es el placer de quedarse mirando un objeto tan cómico y generoso como un hervidor tradicional silbando? ¿Ha llegado a sus oídos ese silbido musical que alegra el corazón y que forma parte del mismo juego que el té o el café servidos en sus tazas?

El hervidor de mi abuela

¿Y la belleza de la ropa secándose al sol? ¿Y el olor a lavanda invadiendo la casa? ¿Y los niños correteando y escondiéndose detrás de las sábanas colgando?

Y, por el contrario, ¿qué recuerdos se pueden asociar a una secadora en la cocina? ¿Qué pintor hablará sobre este tema en los cuadros que colgarán de los museos del futuro?

Pues pasa lo mismo con la comida que se prepara juntos. Sí, podemos comprar las galletas de Navidad en el supermercado, y podemos comprar la verdura y la fruta ya lavada y cortada en las secciones de congelados. Pero, ¿qué recuerdos nos van a dejar? ¿Qué van a evocar más adelante nuestros hijos cuando se acuerden de los preparativos de las comidas y las fiestas que consistían en abrir retractilados de productos precocinados?

Adiós al estrés

La verdad es que hacer las cosas a mano, sin la intercesión de una máquina ruidosa, tiene más ventajas de las que podría parecer. Así, encontramos el tiempo para meditar y hacer pausas. Se da tiempo a que nazcan ideas y temas de conversación y a que se desarrollen.

Con menos electrodomésticos, ganamos espacio, ahorramos dinero y recuperamos el tiempo.

Es como pasar unos días de acampada en plena naturaleza. Al consagrar más tiempo a las tareas que no solemos hacer (ir a buscar el agua, cocinar con fuego a partir de ramitas, lavar los platos en un torrente…), los días no parecen tan largos.

Dando vueltas a todo esto, tomé una decisión. Y el regalo que he me hecho a mí mismo esta Navidad ha sido una gran caja en la que he metido todos los utensilios inútiles que inundaban mi cocina y los he donado a una institución donde quizá los puedan dar un mejor uso.

¿Qué va a pedirle usted a “Sus Majestades de Oriente” en estas fiestas? ¿Se apunta a autoregalarse la vuelta a “la vida sencilla” como he hecho yo? Le invitamos a compartir su opinión con el resto de lectores de saludnutricionbienestar.com haciendo un comentario un poco más abajo.

Fuentes:

  1. Flow Magazine, n.º 1, página 119.