Si a usted tuviesen que darle un diagnóstico desolador, ¿preferiría que le diesen la noticia directamente y cuanto antes o que el médico tratase de amortiguar un poco el golpe, dosificando la información o incluso con alguna “mentira piadosa”? Se trata de una cuestión muy personal, pero hay quien defiende las mentiras en toda regla; es decir, que jamás se le diga a un paciente que está “condenado” y que va a morir.

¿Por qué?

Porque la experiencia demuestra que siempre existe cierto nivel de incertidumbre; la probabilidad, incluso ínfima, de una remisión. Y, tras un diagnóstico fatídico, una curación pondría en tela de juicio el pronóstico dado y terminaría perjudicando a ese médico que creía estar diciendo “la verdad”.

Precisamente por eso se dice que en realidad la “verdad médica” es el engaño por excelencia. Y es que hace creer a los pacientes que la medicina es una ciencia exacta, un saber objetivo que permite predecir el futuro con certeza, cuando la realidad es que por naturaleza es más bien lo contrario.

Cuando ustedes dicen a alguien que tiene una enfermedad mortal, mienten, ya que en realidad no saben nada de eso. Ningún hombre tiene derecho a condenar a otro hombre…”.

Estas eran las palabras que el filósofo francés Vladimir Jankélévitch (1903-1985) dedicó en su día a los médicos, acusándoles de hacer daño a los enfermos con sus “verdades”.

Lo más importante para ustedes, médicos, es la prolongación del ser, y simplemente existen para ello. Por esa razón no tienen más que un imperativo: mantener la esperanza”.

Decir la verdad implica correr el riesgo de agravar la situación

La experiencia del personal sanitario en contacto con personas gravemente enfermas corrobora esta misma teoría. Diciendo la verdad al enfermo se corre el riesgo de arruinarle los últimos momentos de su vida, provocándole además la rendición (y con ello la muerte) prematura.

De hecho, no son pocos los suicidios que se dan tras un diagnóstico especialmente grave, o los casos de personas que rechazan todo tipo de cuidados tras conocer qué enfermedad sufren.

Y es que hay ciertas palabras, como por ejemplo, “metástasis”, capaces de asustar a cualquiera.

En concreto, “el término ‘metástasis’ es tabú. A veces los médicos prefieren obviarlo y simplemente dejan caer el tono de voz cuando tratan de someter a un paciente a una nueva quimio y ven que este es reticente”, explica Sylvie Fainzang, autora de La relación médico-paciente: información y falsedades. (1)

Disimular el peor diagnóstico: una cuestión terapéutica

El que un pronóstico grave deba o no ser ocultado al enfermo, al menos temporal o parcialmente, y que eso sea legítimo, ha sido una cuestión muy debatida a lo largo de los tiempos.

Se remonta incluso al filósofo griego Platón, quien en La República alegaba que la mentira es un “medicamento” útil para el enfermo (si bien su empleo debe estar siempre reservado a los médicos).

También en la Antigua Roma se consideraba que un médico debía ser capaz de ocultar la verdad cuando eso era bueno para el enfermo; especialmente si este esperaba una curación y su dolencia era, en cambio, incurable.

Ahí empieza a evocarse el concepto de “mentira terapéutica”, al que con frecuencia se ha vuelto a recurrir a lo largo de la Historia y que hoy algunos códigos deontológicos médicos recogen, aunque sea parcialmente.

Negar la verdad al enfermo es robarle lo que le queda de vida

También hay quien, con toda legitimidad, ve el problema desde otro punto de vista totalmente diferente.

No decir la verdad a una persona en estado muy grave implica cierto riesgo de “robarle” parte del tiempo que le queda.

Y es que sin saber qué le depara de verdad el futuro inmediato, engañado sobre su devenir más probable, la persona no dedica su tiempo y sus energías a las cosas que haría si supiese qué le espera en realidad.

Por el contrario, si sabe la verdad el enfermo puede afrontar su propio destino. Prepararse para la muerte, poner en orden sus cosas, visitar a un notario cuando todavía dispone de tiempo y fuerzas para hacerlo… En definitiva, decidir con pleno conocimiento de causa cómo utilizar el tiempo que le queda.

En el imaginario común esa imagen podría estar representada por un anciano que, al final de una larga vida, distribuye entre sus descendientes palabras de sabiduría y bienes materiales, antes de abandonar este mundo.

El escritor ruso León Tolstói relata muy bien los efectos destructores de la mentira en su novela La muerte de Iván Ilich:

El principal tormento de Iván Ilich era la mentira, esa mentira admitida por todos sin saber por qué: que él solo estaba enfermo y no muriéndose; que solo tenía que permanecer tranquilo y cuidarse para que todo se arreglase. Sin embargo, y lo sabía de sobra, hiciese lo que hiciese no llegaría más que a sufrimientos todavía más terribles y a la muerte. […] Esa mentira que se cometía sobre él la víspera de su muerte […] degradaba el acto solemne y formidable de la muerte”.

La verdad nos libra de la duda, de la incertidumbre, de la angustia de no saber.

Y además algunos pacientes se ven estimulados por el conocimiento a fondo de su enfermedad, encontrando en ello un motivo para cooperar activamente con el médico, incluso de abrirse a vías y terapias alternativas y complementarias (en las cuales puede que no hubiesen visto interés si hubieran permanecido en la visión estrecha de una medicina científica salvadora y “todopoderosa”).

Un clima de mentiras y de evasivas también puede derivar en una exageración de la gravedad de la situación, desencadenando en consecuencia una angustia extrema (con pensamientos del tipo: “Si no me dicen nada es porque estoy perdido”). Precisamente por eso es tan necesario alcanzar un punto intermedio que concilie ambas posturas aparentemente contradictorias.

El equilibrio: decir la verdad con humanidad

Cuando un paciente sufre una enfermedad grave, en fase terminal, me planteo la cuestión. No miento jamás, pero sí le digo que el saber científico es por naturaleza incierto y que nadie puede decir jamás cuándo va a llegar la muerte”, me explicaba hace tiempo un amigo, jefe de servicio de cuidados paliativos en un hospital.

Sobre todo trato de tener en cuenta la historia del paciente y su capacidad de aceptar la verdad. Y también me repito a mí mismo que no decirlo todo o no hacerlo de repente, de forma brutal, no significa mentir. A veces es importante decir las cosas de manera progresiva, tomándose un tiempo. No tenemos derecho a quitarle a nadie la esperanza. Hay que decirle al paciente, por ejemplo, que nunca hemos visto a nadie sobrevivir más allá de 5 años, pero añadiendo que tampoco es algo imposible”.

El médico debe a la persona que examina, cura y aconseja una información sobre su estado que sea leal, clara y apropiada sobre su estado, así como sobre los cuidados que le propone.

No obstante, cuando una persona le pide a otra que la mantenga en la ignorancia respecto a un diagnóstico o un pronóstico, su voluntad debe ser en la medida de lo posible respetada.

Un pronóstico fatal solo puede ser revelado con cautela y cuidadndo también al informar a los familiares del paciente -salvo que este hubiera pedido expresamente que no se les informe-. En este sentido, cabe destacar que en nuestro país la Ley de Autonomía del Paciente, del año 2002, deja claro que el destinatario de la información es exclusivamente el paciente y las personas que este autorice. (2)

Me parece que ese es exactamente el buen equilibrio, por supuesto muy difícil de encontrar, entre el derecho a la verdad y el derecho a no ser “traumatizado” por una “verdad médica” que, por definición, es una realidad incierta.

¿Y los pacientes? ¿Deben decir siempre la verdad a su médico?

Según estudios recientes entre el 60 y el 80% de los pacientes mienten a su médico. Y con frecuencia eso se debe al miedo a ser juzgados o reprendidos. (3) (4)

Investigadores de Middlesex y de Salt Lake City encuestaron a cerca de 4.500 personas, de las cuales hasta un 80% llegó a reconocer haber mentido en alguna ocasión a su médico. Mentiras sobre los medicamentos que toman, la dieta que siguen, la frecuencia con la que practican ejercicio, que continúan fumando o bebiendo alcohol, aunque sea de vez en cuando… Por miedo a ser un “mal paciente” y a que el médico piense que no vale la pena “perder el tiempo” tratándolo.

Pero eso es, por supuesto, lo peor que cualquier enfermo puede hacer: inducir voluntariamente a su médico a cometer un error por culpa de haberle dado información falsa. En otras palabras:

¡engañar a la persona que quiere ayudarle y salvarle!

Si usted lo hizo en alguna ocasión y no le dio importancia, reflexione sobre ello.

¿Qué piensa usted de todo esto?

Me gustaría invitarle a que comparta su opinión acerca del tema de hoy dejando un comentario más abajo. ¿Qué prefiere usted, la verdad por delante o una mentira “piadosa”? ¿Ha vivido alguna experiencia relacionada con este tema que quiera compartir con todos los lectores? Estaremos encantados de leerle.

Fuentes:

  1. “La Relation médecin-malade : information et mensonge” (sin traducir al español). Sylvie Fainzang. Paris, Presses universitaires de France, 2006, 159 p., bibl., index (Ethnologies).
  2. Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica. «BOE» núm. 274, de 15/11/2002.
  3. University of Utah Health. “Why patients lie to their doctors: Fear of being judged and embarrassed are among the reasons”. ScienceDaily. ScienceDaily, 30 November 2018.
  4. Levy AG, Scherer AM, Zikmund-Fisher BJ, Larkin K, Barnes GD, Fagerlin A. “Prevalence of and Factors Associated with Patient Nondisclosure of Medically Relevant Information to Clinicians”. JAMA Netw Open. Published online November 30, 20181(7): e185293. doi:10.1001/jamanetworkopen.2018.5293.