El otro día, cenando con mi amigo Emmanuel, muy deportista e interesado en la vida sana, surgió un interesante debate que no quería dejar de compartir con los lectores de Tener S@lud.

Todo comenzó cuando la conversación que manteníamos derivó en los deportes de montaña y en el campeón del mundo de alpinismo fallecido en 2017 Ueli Steck.

Al intercambiar nuestros puntos de vista me di cuenta de que, mientras que yo admiraba a un campeón en un deporte extremo, considerándolo un ejemplo de superación (fallecido a los 40 años, Steck coronó y descendió en solitario varias de las más altas cumbres del mundo), Emmanuel veía en él a la víctima de un profundo malestar y un comportamiento temerario, cercano al suicidio.

Para explicarme sus razones me contó su propia experiencia con el deporte extremo (en su caso, apnea o buceo libre a grandes profundidades, sin bombona de oxígeno) y las consecuencias de este, así como la forma en la que consiguió librarse de la necesidad de superación.

Reconozco que al escucharle me sentí un poco ingenuo, ya que yo no era demasiado consciente de hasta qué punto la adicción al deporte es un problema tan extendido y sumamente grave.

En definitiva, que lo que hoy quiero compartir con usted son las herramientas que él mismo utilizó y que todavía sigue descubriendo, en sus propias palabras, “para regresar a la tranquilidad tras haber pasado por la adicción al deporte extremo”.

Creo que de su experiencia se puede extraer una reflexión muy interesante, como usted mismo está a punto de comprobar.

 

Lo que se ve desde fuera…

A simple vista parece lógico admirar a Ueli Steck. El alpinista suizo saltó a la fama en 2004 por haber abierto sin ayuda la vertiginosa vía Excalibur en la montaña Wendenstöcke, en su país de origen, y también es conocido por conseguir varios récords de velocidad en sus ascensos.

En 2007, además, sobrevivió milagrosamente a una caída de 400 metros mientras subía la cara sur del Annapurna, en Nepal.

En una historia como la suya, lo que la mayoría del público ve es la prueba de una capacidad extraordinaria para convertir los retos en un auténtico torrente de energía positiva. Y es cierto que estas hazañas son impresionantes, dejando entrever todo cuanto todavía desconocemos sobre los límites del ser humano.

Sin embargo, hay una parte oscura que no se cuenta. Y no me refiero a la trágica muerte de Steck en 2017, debida a un accidente mientras entrenaba en el campo 2 del Everest – se despeñó desde una altura de 1.000 metros-, sino a la grave depresión que sufrió apenas 3 años antes y que le obligó a dejarlo todo durante un tiempo.

… y lo que se ve desde dentro

Muchas hazañas deportivas como las del alpinista helvético esconden en realidad un profundo y oculto malestar en quien las consigue. De hecho, al repasar la biografía de muchos deportistas de élite y atletas que han batido récords, se constata algo sorprendente: se trata casi invariablemente de historias de desgracia y desdicha.

Veamos varios ejemplos:

  • Mike Tyson, campeón mundial de peso pesado de 1987 a 1990 y el competidor más rico en la historia del boxeo, fue criado en un gueto donde la violencia estaba presente en cada esquina. Con tan solo 7 años le secuestraron y abusaron sexualmente de él, tras lo que en los años siguientes cometió varios delitos. Acabó en un reformatorio, donde un antiguo boxeador se fijó en él. Al final de su carrera fue condenado a 6 años de prisión por violación y terminó arruinado.
  • El apneísta Jacques Mayol superó los límites de lo que la ciencia creía humanamente posible al bucear por primera vez a 105 metros de profundidad a pulmón libre. Deprimido durante mucho tiempo tras retirarse del mundo del deporte, terminó ahorcándose en 2001.
  • Patrick Edlinger, pionero de la escalada libre y escalador de culto, murió a los 52 años aparentemente en un accidente doméstico. Sin embargo, en la autobiografía que estaba a punto de publicar confesaba estar deprimido y consumido por el alcohol desde el momento en que se alejó de los acantilados.

Ya en nuestro país el boxeador y campeón de Europa de los pesos pesados en 1970 José Manuel Ibar Azpiazu “Urtain”, también conocido como “El Tigre de Cestona”, se suicidó en 1992, años después de bajarse del ring. Y también el ciclista Luis Ocaña, a quien se conocía como “El español de Mont-de-Marsan”; el que fuera segundo corredor nacional en ganar el Tour de Francia (lo consiguió en 1973) y también vencedor de la Vuelta a España en 1970 se suicidó en 1994.

Y la lista podría alargarse varias páginas.

El cineasta Gilles Chappaz, que se encontraba rodando una película documental sobre el icono mundial de la escalada Ueli Steck en el momento de su muerte, explicó en parte este descenso a los infiernos: “Lo peor es cuando regresan a la realidad y se dan cuenta de que han envejecido. Han vivido tantas cosas, emociones tan puras, que la ansiedad de no revivirlas es demasiado fuerte”.

Pero de lo que lo que Chappaz no habla es del punto de partida psicológico de estos deportistas, de su estado emocional antes de comenzar una carrera llena de éxitos.

La “resiliencia temporal” del deporte extremo

Varios testimonios muestran que a muchos de los mejores deportistas de todos los tiempos las cosas no les iban demasiado bien antes de comenzar a practicar deporte. Por tanto, la depresión sobrevenida al final de su carrera se trataría en realidad un retorno a ese estado inicial.

En esos casos, durante los años que dura la carrera profesional los deportistas se encuentran dominados por un mecanismo biológico que funciona en forma de “resiliencia temporal”, un fenómeno muy documentado científicamente.

Se trata de una fuerza mental fuera de lo común que permite una excepcional resistencia al dolor y que la ciencia atribuye al papel que juegan las endorfinas, como bien me recordó Emmanuel durante nuestra conversación.

Las endorfinas son unas moléculas que el cerebro segrega naturalmente cuando percibe que estamos en peligro. Estas, asociadas a la noradrenalina y a la adrenalina -liberada para permitir grandes esfuerzos-, permiten olvidar por un momento los traumas y hacer frente a una urgencia vital, de acuerdo con un mecanismo biológico primitivo que compartimos con muchas otras especies animales.

Es decir, que no era la fuerza mental de Ueli Steck lo que le permitía resistir el dolor y superarse de tal forma, sino el mero hecho de enfrentarse a una situación potencialmente mortal, ante la cual el cerebro lo bombardeaba literalmente con endorfinas antidolor. Estas le provocaban euforia, permitiéndole ir más allá de los límites ordinarios (y salvándole, por tanto, la vida).

Se trata del mismo mecanismo de supervivencia que explica muchas hazañas de auténticos héroes que en situaciones extremas logran salvar la vida a otra persona, incluso cuando todo apunta a un trágico desenlace. Es el caso del joven inmigrante que hace apenas unos meses escaló la fachada de un edificio en París para salvar la vida a un bebé, y también el del recogedor de basura californiano que salvó la vida a varios vecinos del condado de Butte en el devastador incendio del pasado mes de noviembre.

Todos podríamos reaccionar de ese modo ante una situación peligrosa. La peculiaridad de los deportistas extremos no es tanto una fuerza mental excepcional como su propensión a ponerse en un grave peligro para olvidar durante un tiempo su malestar existencial. ¿El problema? Que tarde o temprano se ven obligados a abandonar la competición. Y entonces el mismo mecanismo de supervivencia que durante años es usado para superar los límites del propio cuerpo se vuelve en su contra.

En realidad, lo que sucede es que estas personas no saben gestionar su sufrimiento existencial. Tampoco se vuelven “resilientes” gracias al deporte, sino que simplemente tapan su malestar con euforia. Por eso cuando abandonan la competición y el mecanismo del que hablamos se detiene de pronto, el choque contra la cruda realidad resulta tremendo.

Una experiencia personal con el deporte extremo

Como le dije al comienzo, Emmanuel me contó que él había tenido una experiencia similar cuando practicaba apnea.

Yo también pude haber sido una víctima del deporte extremo”, me confesó. “Sin saberlo, cumplía con el perfil. A los 20 años un amigo me introdujo en el esnórquel. Enseguida quise superar mis límites y entrené para ello. Era emocionante poder permanecer bajo el agua durante varios minutos. Y además mis apneas eran fáciles y me acercaba a los récords de la época”, continuó.

Pronto, según el propio Emmanuel, algunas imprudencias que cometió consiguieron que empezase a cuestionarse las cosas, por lo que terminó conformándose con ser un deportista “del montón”, en vez de obsesionarse por alcanzar más y más metas.

Aun así, desde joven había necesitado practicar deporte para sentirse bien, y si pasaba varios días sin actividad física se sentía nervioso e incluso con algo de ansiedad. Siempre había creído que se trataba de algo sano y normal, y que su cuerpo solo necesitaba moverse. Sin embargo, un día se preguntó si no sería una señal de un problema. Y efectivamente lo era.

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No me di cuenta de su importancia real hasta que le puse fin”, reconoció él mismo. “Poco a poco me fui dando cuenta de toda la ansiedad que me había estado produciendo el intentar superarme día a día, con cada pequeña cosa”.

Finalmente, Emmanuel dejó de sentir la necesidad de ir hasta el límite de sí mismo, o incluso más allá, para sentirse vivo. Simplemente asumió que no tenía por qué ser ningún héroe o “cazador de récords”.

Y esa nueva forma de entender el deporte, además de librarle del malestar emocional, también le aseguró no sufrir ninguna devastadora consecuencia física derivada de su abuso. Y es que el deporte llevado al extremo puede tener serias consecuencias para la salud, no solo mental.

La cruda realidad

Esta es una realidad que no a todo el mundo le gusta reconocer, y sin duda es mucho menos atractiva que la idea de un deportista en plena naturaleza venciendo sus propios límites sin ayuda. Pero no por ello es menos cierta.

Yo incluso iría más allá y extrapolaría las conclusiones de Emmanuel a muchos otros ámbitos fuera del deporte, en los que las personas se presionan a sí mismas para conseguir logros que consideran excepcionales. Hablo de estudiar varias carreras a un tiempo, de la adicción al trabajo, de las crisis de ansiedad por superarse a uno mismo, por ser perfecto…

Esa necesidad también es indicativa de que algo falta, y tal vez -puede que hasta con frecuencia- de una tendencia a la depresión. Responder a ella cometiendo imprudencias, incluso poniendo la vida directamente en peligro, ciertamente no es lo mejor. Pero es algo mucho más común de lo que parece.

Y es que muchas personas reaccionan ante cualquier problema, incluso si no es muy grave, con comportamientos agresivos y autodestructivos, llegando incluso a provocarse daño a sí mismas antes de dejar de “forzar la máquina”.

En cualquiera de estos casos, vinculados o no al deporte extremo, es necesario darse cuenta de que el bienestar -y por tanto la salud- reside en la aceptación y la serenidad. Y quizá también ayude leer más a grandes filósofos como Blaise Pascal, quien dijo que “toda la miseria de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer quietos en una habitación”.

Una inquietud filosófica milenaria

Hace milenios que la humanidad se pregunta si es mejor vivir una vida larga y tranquila o una corta y gloriosa. De hecho, se trata de un problema central en la filosofía griega encarnado en la historia de Aquiles.

A este héroe, que juega un papel clave en La Ilíada y en La Odisea, su madre -una nereida (ninfa marina)- le hizo elegir nada más nacer entre una vida larga y pacífica o una vida corta y gloriosa.

Como ya sabe, Aquiles eligió la gloria (al igual que harían probablemente muchos de los jóvenes a los que se les hiciese hoy la misma pregunta) y murió a una corta edad. Y sobre su historia, que muchos han considerado una tragedia, el filósofo Aristóteles dijo: “El ciudadano valiente preferiría un breve momento de intensa alegría a un largo período de tranquila satisfacción […]. Una sola acción, pero grande y hermosa, a una multitud de acciones menores”.

Lo cierto es que muchos tienen ese ideal -el de vivir como héroes o hacer algo heroico- escondido en algún rincón de la mente y listo para surgir en el momento menos pensado.

Durante mucho tiempo eran las batallas y las guerras las que ofrecían a los jóvenes en busca de experiencias excepcionales la oportunidad de alcanzar esas metas, de lograr grandes hazañas. Pero en el mundo actual es el deporte de alta intensidad el que ha acaparado la atención (y la energía), y especialmente las actividades más extremas y peligrosas.

Y no solo como búsqueda de grandes logros: muchas actividades consideradas “extremas” sirven hoy día como válvula de escape al ruido, a las carreteras, a la suciedad de nuestras ciudades superpobladas, a las obligaciones de la semana… Son un último refugio de libertad a nuestro alcance y para el que se necesita muy poco (unas zapatillas, una cantimplora, un bocadillo…).

Entonces, incluso pudiendo resultar un poco peligrosas, ¿por qué íbamos a privarnos de esas escapadas? Incluso las más altas cordilleras de cualquier rincón del mundo son hoy más accesibles que nunca gracias a las mejores comunicaciones, las aerolíneas de bajo coste…

Regreso a la “casilla de salida”

No se trata de privarse de ello, sino de saber gestionarlo. Y es que, independientemente de las hazañas y de las metas alcanzadas, el cese de la actividad física tarde o temprano termina por llegar.

Y, como ha visto, en ese momento se vuelve invariablemente a la casilla de salida, por lo que si había depresión antes de comenzar a hacer deporte de forma casi inevitable se regresará a ella.

Poco importará lo que haya sucedido mientras tanto. Ni siquiera la fama y el éxito, que hacen que parezca que ese sacrificio vale la pena, o que un deportista haya servido de ejemplo e inspiración a tantos otros.

Por eso es tan importante saber escucharse a uno mismo y detectar cuándo el cuerpo trata de llevarnos más allá de nuestros límites para pedir ayuda. Esa es su forma de decir “¡socorro!”, y nosotros debemos saber cómo descodificar el mensaje. Es lo mismo que le sucedió a mi colega Emmanuel, cuya historia quería compartir hoy con usted.