Estimado Lector,

Si le cuesta llevar la mascarilla porque le agobia, le produce sensación de falta de aire o simplemente le resulta incómoda, seguramente el consejo que hoy voy a darle le cambie la vida durante los próximos meses (previsiblemente, nos pasaremos una buena temporada usándolas…).

Ahora bien, antes de darle este fantástico truco me gustaría analizar dos afirmaciones muy extendidas sobre el uso de las mascarillas, de las que a estas alturas creo que todos hemos oído hablar:

  1. Las mascarillas provocan hipoxia
  2. Esto no es cierto, a excepción de algunas situaciones como durante la práctica de algún deporte o si existe un problema respiratorio previo.

    Sí, es incómoda, especialmente cuando hace calor (todos lo hemos sufrido en verano). Pero lo cierto es que la mascarilla no reduce la cantidad de oxígeno que respiramos.

    Lo que sí es totalmente real, en cambio, es el problema de la alergia a las mascarillas quirúrgicas (las azules desechables), que se está viendo en cada vez más personas. Por lo general se manifiesta con marcas rojas a ambos lados de la cara, bajo los ojos.

    Si usted la padece o cree que es posible, lo mejor será que cambie a las fabricadas con otro material, por ejemplo de algodón lavable, y que cuide con esmero su piel, hidratándola a menudo.

  3. Son inútiles porque su malla es demasiado grande y deja pasar los virus
  4. Este rumor sí es fruto de una verdad científica: el virus puede ser transportado en partículas más pequeñas que los poros de las mascarillas de uso generalizado (las quirúrgicas).

    Las partículas del virus responsable de la Covid-19 tienen aproximadamente 0,12 μm (es decir, 0,12 milésimas de milímetro). Por tanto, una mascarilla con una malla lo suficientemente apretada como para poder atraparlos no permitiría una respiración adecuada.

    Aun así, las mascarillas de uso común sí resultan efectivas de otro modo: funcionan como una especie de trampa electrostática para las partículas virales. Es decir, si bien no impiden el paso del virus al 100%, tampoco se puede afirmar que no protejan nada.

    En cualquier caso, aquí es importante recordar que se están usando esencialmente dos tipos de mascarillas: las llamadas quirúrgicas (las azules, de solo 4 horas de uso), que están diseñadas esencialmente para proteger a los demás, y las FFP 2 (mascarillas de protección individual), en principio reservadas para uso médico y en contexto de interacción con personas potencialmente infectadas. Además, estas últimas son mucho más difíciles de soportar en el uso diario.

¿Qué hay de las de tela?

Sin duda son mucho más respetuosas con el medioambiente. Las mascarillas de un solo uso (e, insisto, solo durante 4 horas) representan un riesgo ecológico sin precedentes, por lo que las de tela resultan más recomendables.

Lo único que hay que tener en cuenta es que es necesario lavarlas después de cada uso. Para ello, aunque se han dado múltiples ideas yo insisto en que la mejor solución es meterlas en la lavadora a 60º durante 30 minutos y secarlas luego rápidamente con el secador (de esta forma no se dañan sus fibras, lo que sí sucede al meterla en el microondas, por ejemplo -uno de tantos “consejos” que he visto por ahí-).

Ahora bien, se lleve la mascarilla que se lleve (y teniendo en cuenta que la protección ya hemos visto que en ningún caso es total), el auténtico problema está en hacer un mal uso de ella.

Una mascarilla mal usada es, en el mejor de los casos, inútil. Pero es que además puede convertirse fácilmente en un auténtico peligro público.

Hay que:

  • Colocarla correctamente, con las manos bien limpias, y no tocarla bajo ningún concepto mientras se lleva puesta (a excepción de las gomas).
  • Quitársela tocando únicamente las gomas y guardarla inmediatamente en una bolsa de plástico sellada, lavándose a continuación las manos concienzudamente.

Seamos sinceros, ¿se ve a mucha gente por la calle siguiendo estas normas al pie de la letra?

Los dos, usted y yo, conocemos la respuesta.

Además, el uso de las mascarillas plantea otro serio problema (y especialmente en un país como el nuestro, en el que hoy por hoy es obligatoria en todo momento): provoca una falsa sensación de seguridad que hace olvidar otras medidas que sí son indispensables. Hablo por supuesto del distanciamiento físico, del lavado de manos constante y del uso de gel hidroalcohólico, de evitar espacios cerrados cuando se esté con personas no convivientes…

En definitiva, y sin pretender estar en posesión de una verdad absoluta, como hacen tantos en estos tiempos, esta es mi opinión: las mascarillas, aunque incómodas, son una medida solidaria de protección (de hecho, lo son más para los demás que para nosotros mismos).

En cualquier caso, no suponen la “solución definitiva” ni se justifica su uso permanente y en toda circunstancia, en cuanto se pone un pie en la calle. De hecho, como hemos visto su uso debe ir siempre acompañado de distanciamiento físico y de lavado de manos.

Y es que estas dos últimas son las medidas realmente efectivas, aunque lamentablemente la gran mayoría de la población las pase por alto debido a la confianza que les produce llevar la nariz y la boca ocultas tras un trozo de tela…

3 aceites esenciales para ayudarle a soportar la mascarilla

Lo prometido es deuda, así que aquí va el sencillo consejo que le dije que le daría para que el uso de la mascarilla se le haga menos molesto: basta con respirar antes y después de ponérsela un poco de aceite esencial (AE).

Personalmente yo le recomiendo una gota en el dedo de cada uno de estos tres AE: eucalipto radiado, ravintsara y niaoulí.

El eucalipto radiado (Eucalyptus radiata) es broncodilatador, antiinflamatorio, antitusivo y descongestionante, con lo que le ayudará a respirar mejor. Y a ello se suman los efectos antisépticos de la ravintsara (Cinnamomum camphora, uno de los mejores antivirales de la aromaterapia) y el niaoulí (Melaleuca quinquenervia, un excepcional antifúngico).

Las únicas personas que deben evitar este uso de los aceites esenciales son, como casi siempre, las mujeres embarazadas y los niños menores de tres años, debido a su alta sensibilidad. Y en el caso del niaoulí, además, es mejor evitarlo si se sufre un cáncer hormonodependiente.

Ahora bien -y aunque estos tres aceites no son dermocáusticos (no provocan irritaciones en la piel)-, siempre es recomendable hacerse una prueba cutánea antes de comenzar a usarlos. Para ello basta con que vierta una gota de cada uno en el hueco del codo y vigile posibles reacciones.

¿Un mensaje que vale la pena compartir?

Cuando dije que la mayoría de la población no utiliza las mascarillas adecuadamente o se confía en demasía, por supuesto no quería herir susceptibilidades.

Entiendo que no se puede generalizar, pero siento que he plasmado una realidad que todos hemos presenciado en algún momento al salir a la calle en los últimos días o semanas. De hecho, es algo que inevitablemente confirman las cifras de contagios…

Tampoco creo que haya que gritar o menospreciar a quien no lleva mascarilla en un momento puntual o cometa una imprudencia debido a un descuido. No están los tiempos como para seguir subiendo la tensión e, incluso con distanciamiento social y mascarillas, las sonrisas y la amabilidad continúan siendo gestos de lo más apreciados.

Nunca están de más, pero especialmente en un momento de desasosiego como este.

En cualquier caso, esto es solo mi opinión. Quizá usted piense de forma diferente. Por eso le invito a que, si quiere opinar tras leer este texto, participe en la Gran Encuesta Pública sobre Coronavirus que hemos preparado.

Mascarillas, medidas restrictivas, vacunas… Me encantará conocer qué piensan nuestros lectores sobre todo esto. ¡Y es totalmente anónima! Puede acceder a ella a través del siguiente enlace:

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Haga que su opinión cuente. Participe aquí en nuestra Gran Encuesta.

¡A su salud!

Luis Miguel Oliveiras