En España consumimos bastante más miel de la que producimos. Y eso que somos el mayor productor de miel de la Unión Europea (UE), con más de 20.000 toneladas al año. (1)

Yo la tomo todos los días, porque me gusta y porque soy consciente de los muchos beneficios que ofrece para la salud:

  • Es rica en prebióticos que enriquecen la flora intestinal.
  • Está repleta de flavonoides, unos antioxidantes que neutralizan los radicales libres (estos, por su parte, aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares, neurodegenerativas y cancerosas).
  • Tiene un efecto antibacteriano, gracias a la presencia de enzimas que producen peróxido de hidrógeno (antiséptico y antifúngico).

Lo que ocurre es que, con más razón que cualquier otro alimento, la miel debe elegirse con cuidado. Y es que no es fácil encontrar una miel de calidad: ¡es el tercer producto más adulterado del mundo!

En España, donde gran parte de la miel consumida proviene del extranjero, los estantes de los supermercados se han visto invadidos por multitud de “mieles falsas”.

Y el problema se ha agravado con el aumento de las importaciones procedentes de China: la UE importó alrededor de 200.000 toneladas de este producto en 2016 y el 40% provenía del gigante asiático, cuya normativa es muy distinta a la europea y donde se dan prácticas que no son del todo saludables.

Adulteración, calentamiento, falso origen…

Hay varios tipos de operaciones que dañan las mieles y las despojan de sus beneficios, siendo el más común la adulteración. Esta consiste en agregar a la miel otros productos como agua, azúcar o sirope de maíz. En consecuencia, la miel deja de ser realmente miel.

Porque, según recoge la normativa española relativa a la calidad de este producto, para que pueda ser comercializado no se le debe haber añadido “ningún ingrediente alimentario, incluidos los aditivos, ni ninguna otra sustancia aparte de miel, y debe estar exenta, en la medida de lo posible, de materias orgánicas e inorgánicas ajenas a su composición”. (2)

Pero una cosa es la norma y otra muy distinta la realidad que nos encontramos, sobre todo cuando hablamos de importaciones. Entonces, ¿cómo saber si la miel que está adquiriendo es de buena calidad? Pues lo más importante es que sepa descifrar lo que se esconde tras su etiqueta.

Ahora bien, en primer lugar debe saber que hay indicaciones que no es obligatorio hacer constar en la etiqueta, como el tipo de elaboración en caso de mieles escurridas, centrifugadas y prensadas (las de uso más común). Y, sin embargo, no todas ellas presentan la misma calidad.

Las mieles prensadas, en concreto, pueden haber sufrido un proceso de aplicación de calor de hasta un máximo de 45 ºC. Si la temperatura es mayor, la miel pasa a considerarse de “uso industrial” (apta solo para ser añadida a algunos alimentos procesados), ya que en ese caso sus enzimas naturales se destruyen o resultan poco activas.

Pero, ¿cómo podemos asegurarnos de que la miel no ha sido sobrecalentada? Pues lo cierto es que en la mayoría de los casos no podemos saberlo, porque no se nos indica en la etiqueta.

Las autoridades españolas competentes en la materia intentaron, de hecho, actualizar la normativa de calidad de la miel para obligar a incluir en el etiquetado la mención “miel tratada con calor” en las mieles sometidas a un tratamiento térmico superior a los 45 ºC. Una medida que sin embargo no pudo ser aprobada debido a la oposición de la UE.

Lo que yo le aconsejo entonces es que busque una miel que señale claramente el proceso de elaboración seguido (que no sea obligatorio no significa que no pueda mencionarse voluntariamente). En caso de no encontrarla, apueste por la miel con panal (la que contiene uno o más trozos de miel en panal) y por la miel filtrada (con una importante eliminación de polen), casos en los que sí se debe indicar el método de elaboración empleado.

Sobre la procedencia de la miel

Por último, otra mejora propuesta por nuestro país y que también se topó con el dictamen negativo de la UE fue el intento de que en la etiqueta se indicara, en el caso de las mezclas de miel de distinta procedencia, el tanto por ciento que supone la miel de cada uno de esos países en la composición final. Está claro que en este campo vamos por delante de la normativa europea.

Y es que la indicación que se hace en las etiquetas de la miel no deja de ser muy vaga, limitándose a tres supuestos: “mezcla de mieles originarias de la UE”, “mezcla de mieles no originarias de la UE” y “mezcla de mieles originarias y no originarias de la UE”.

Es decir, que un tarro, bajo la indicación “mezcla de mieles originarias y no originarias de la UE”, puede señalar que contiene miel española, aunque la cantidad de esta solo sea un 1% del total y el resto proceda de China (de donde suelen llegar mieles adulteradas). Y esto, no hay duda, supone una total falta de transparencia de cara al consumidor final.

Solo si la miel procede de un único país encontrará indicada claramente su procedencia en el etiquetado. Por tanto, huya de las mezclas y apueste, preferentemente, por la miel elaborada en España, cuya calidad sí puede conocer. Aquí encontrará las claves para saber cuál elegir.

Cómo elegir la mejor miel

Lo mejor es que opte por mieles con denominación de origen (busque la etiqueta DOP – Denominación de Origen Protegida- o IGP -Indicación Geográfica Protegida- o de la Marca Colectiva de Calidad en que pueda estar registrada). Muchos de estos productos cuentan incluso con una página web donde, insertando el número de lote, es posible conocer en detalle todos los pasos del proceso de extracción y elaboración del producto.

Obviamente, la mejor calidad será la de las mieles procedentes de colmenares alejados de la contaminación de las grandes ciudades. Y no solo en relación a las sustancias tóxicas presentes en el aire, sino también a las ondas electromagnéticas. Varios estudios han demostrado que las abejas son muy sensibles a ellas, viéndose afectada su calidad de vida y la miel que producen. (3)

Otro factor a tener en cuenta será el ecosistema del que se alimentan las abejas, que debe estar preferentemente cubierto de vegetación salvaje. Así, lo ideal es un entorno que cuente con zarzas, flores silvestres, dientes de león, ortigas, espino amarillo, saúco, avellana, tilo, castaño, acacia, arce… Estas plantas son esenciales para conseguir una miel de gran calidad.

Puede que usted viva en un lugar que cuente con tales características y pueda conseguir una miel óptima elaborada en las cercanías de su propia casa. En ese caso no debe buscarla en el supermercado, sino en los mercadillos locales, puesto que seguramente se trate de una miel ecológica, pero sin registro sanitario (este último dato solo significa que no puede ser comercializada a gran escala, si bien el producto deberá estar sujeto a una identificación de registro ganadero y a la normativa autonómica).

Unos últimos consejos

Eso sí, toda buena miel es frágil. Por lo tanto, manténgala alejada de la luz y de todas las fuentes de calor que puedan hacer que pierda sus propiedades. Y, en fin, disfrute de su sabor y de su textura, así como de los múltiples beneficios para su salud. Puede utilizarla, por ejemplo, para edulcorar sus infusiones, sumando así sus propiedades a las de las plantas medicinales. Se trata, sin duda, de un gran producto, y usted ahora conoce las claves para elegir la miel de mejor calidad.

P.D.: Hay que tener en cuenta que, dependiendo del tipo de miel y de su índice glucémico, puede no ser recomendable para personas propensas a la diabetes. Esto es algo de lo que ya hablé en un Tener S@lud anterior. Si le interesa recordar ese texto, aquí tiene el enlace: La dulce verdad sobre la miel.

Fuentes:

  1. “El mercado de la miel en Europa”. Parlamento Europeo. Datos de 2016 / Fuentes: Comisión Europea/FAO. Noticias Economía. Publicado en febrero de 2018.
  2. Real Decreto 1049/2003, de 1 de agosto, por el que se aprueba la Norma de calidad relativa a la miel. Ministerio de Presidencia. “BOE” núm. 186, de 5 de agosto de 2003.
  3. “Causes et conséquences de la disparition des abeilles”. Picbleu. Octubre de 2019.