Al pensar en los druidas, muchos imaginamos a unos místicos sacerdotes o brujos recogiendo muérdago con podaderas de oro. Sin embargo, hoy día se sabe que entre los celtas existía realmente una gran tradición terapéutica a base de plantas medicinales, y que la fitoterapia moderna bebe enormemente de ella.

Y es que los celtas expandieron esa tradición desde Gran Bretaña, Irlanda y la Galia (Francia) a todos los rincones de la Europa celta, incluidos numerosos puntos de España, consiguiendo así que muchas de las nociones que ellos manejaban llegasen hasta nuestros días.

Y todo pese a las dificultades que existían entonces para hacer pervivir estos conocimientos con el paso del tiempo y a que, según la tradición celta, ningún conocimiento debía plasmarse por escrito (su trasmisión era meramente verbal).

Así hacían pervivir sus secretos

Los primeros escritos que se poseen proceden de autores griegos y romanos, que dejaron constancia de las costumbres y creencias de los druidas celtas: Heródoto, Aristóteles, Tito Livio, Diodoro Sículo, César en su Guerra de las Galias…

En el territorio galo la resistencia organizada por Vercingétorix fracasó en el año 52 a.C., por lo que la Galia celta pasó a ser un dominio galorromano.

Conquistada y absorbida por el Imperio de Roma, la Galia fue perdiendo paulatinamente su identidad y sus antiguas creencias.

El relevo de su memoria pasó entonces por Irlanda y Gales, que se salvaron de la conquista romana. Y los druidas pasarían a ser los gramáticos de los monarcas europeos, favoreciéndose así la supervivencia de sus conocimientos, especialmente en materia de plantas y fitoterapia.

Naturaleza como manifestación de lo divino

Para comprender el pensamiento de los celtas lo mejor es adentrarse en sus bosques de robles y hayas. Y es que, para ellos, la naturaleza era la manifestación de las fuerzas divinas.

Veneraban por igual a árboles, plantas y animales, y cada fiesta celebrada por los druidas era un ritual basado en la energía propia de cada estación. Además, por considerarlas momentos de paso delicados, acompañaban cada una de esas celebraciones con plantas acordes con la energía del momento.

Así, la fiesta del Samaín iniciaba el ciclo del año con la llegada del invierno, alrededor del 1 de noviembre, conmemorando el principio del período de sombra en el que el hombre experimenta la propia “muerte” a través del ocaso de la vegetación.


Entre las plantas consagradas a esta fecha destaca el tejo (Taxus baccata). Muy longevo y de gran toxicidad debido a sus alcaloides, el tejo encarnaba la muerte, pero también la inmortalidad. Y es que para los galos la vida y la muerte no eran sino las dos caras de una misma energía.

El recorrido del sol conduce hasta la primavera, con la fiesta de Imbolc el 1 de febrero. Con ella se abre el período de renacimiento, de entrada en un mundo en germinación. Si hubiese que mencionar una sola planta propia de este momento, esa sería el abedul (Betula pendula o B. pubescens), árbol drenante por excelencia que estimula los flujos eliminatorios de los riñones y de la piel. La descamación continua de su corteza recuerda su poder de renovación.

El 1 de mayo, el Beltane anuncia la llegada del verano. En esta fiesta se celebra la unión alquímica del fuego y del agua, que da vida a toda forma de existencia en la Tierra en un equilibrio perfecto. El espino blanco (Crataegus laevigata o C. monogyna) sería su representante más sutil. Sus flores, de efecto sedante y regulador del sistema cardiovascular, velan por el equilibrio de la frecuencia cardíaca.

Por último, el 1 de agosto llega el otoño con la celebración del Lugnasad, un homenaje al valor nutritivo de la Madre Tierra. Este es el momento en el que las frutas maduran y terminan las cosechas, con un ciclo vital que llega a su fin. Especialmente representativas de este momento son las bayas y frutos, sobre todo los del saúco negro (Sambucus nigra). Es la época en que las fuerzas de la muerte y la vida se conectan, dado que los árboles muertos volverán a crecer de entre las ruinas.

La moderna fitoterapia de los druidas


En la sociedad celta, el druida y el vate eran los encargados de la medicina. Y muchas de las plantas que ellos usaban, incluso en tiempos del galo Vercingétorix, son las mismas que seguimos utilizando hoy día. (1)

Como sucede con algunas tradiciones que nos han llegado desde la Edad Media, en la trasmisión de conocimiento sobre los usos celtas de ciertas plantas el aspecto mágico resulta indisociable de la “terapéutica real”.

La verbena común o hierba sagrada (Verbena officinalis) era reconocida y venerada en el mundo celta hasta el punto de que los druidas afirmaban que era capaz de curar todas las enfermedades, sin excepción, además de bajar la fiebre y curar las mordeduras de serpiente. En este último caso, se recomendaba machacar la planta en vino y aplicarla sobre la herida.

No obstante, quizá la más emblemática de todas las plantas sea el muérdago (Viscum album), una planta sacerdotal de máxima importancia en la ceremonia del solsticio de invierno, dado que encarnaba la fuerza vital capaz de vencer a la muerte.

Conocida en el antiguo idioma de los galos como “solilacos” (es decir, “remedio universal”), el muérdago se utilizaba también tras haber pasado por distintos estadios de transformación (fermentación, putrefacción…) y se usaba contra la hipertensión, la epilepsia, las hemorragias internas o la esterilidad femenina, entre otras afecciones y problemas.

La oftalmología, la especialidad de los galos

Una de las peculiaridades de la medicina galorromana, heredada de conocimientos típicamente celtas, era la oftalmología.

En este sentido, se han encontrado instrumentos especializados que datan del siglo II destinados a elaborar colirios secos en forma de pasta. Se trata de pequeños bastoncillos que se disolvían en agua o se reducían a polvo y se aplicaban sobre el párpado.

Como base de estos colirios encontramos plantas conocidas por su acción sedante y antiinflamatoria: jugo de celidonia (Chelidonium majus), adormidera (Papaver sp.), tilo (Tilia cordata), boj (Buxus sempervirens)…

¿Qué legado nos queda hoy?


Muchas de las plantas medicinales se tomaban en infusión o en decocción, como hacemos hoy en día. Sin embargo, para una aplicación localizada se utilizaban gran cantidad de plantas secas en polvo y mezcladas con aceite o grasa o junto al jugo fresco de la planta.

Así, por ejemplo, la pomada de betónica (Betonica officinalis) se utilizaba en aplicaciones externas para reducir las fracturas de cráneo o para calmar las migrañas.

En total son más de 300 las plantas de la farmacopea gala las que se mencionan en las obras de Plinio, Marcelo y compañía.

Algunas de ellas sólo se conocen por su antiguo nombre, sin haber sido identificadas todavía. Sin embargo, otras ya reconocidas y cuyo nombre se ha latinizado continúan recomendándose hoy día.

Esto sucede, por ejemplo, con la raíz de consuelda (Symphytum officinale), que ya se utilizaba en forma de polvo mezclado con agua para reducir fracturas y esguinces en tiempos de celtas y romanos y que sigue usándose en la actualidad.

Además, también han pervivido muchas formas galénicas distintas, que continúan usándose ampliamente: infusiones y tisanas, polvos de plantas, extractos, jugos, etc.

Las pomadas, por ejemplo, claramente han evolucionado, pero la idea de base sigue siendo la misma que siglos y siglos atrás. Y en mi opinión el actual entusiasmo por la medicina natural lo que indica es que la sabiduría de nuestros ancestros es hoy más útil que nunca.

Aclaración:

  1. En la cúspide de la jerarquía religiosa se encuentra el druida, responsable de transmitir las enseñanzas recibidas. El vate, especializado en ciencias, es astrónomo, matemático y terapeuta. Conoce también los modos de preparación y de prescripción.

Imágenes:

  1. Bernard de Montfaucon. Wikimedia Commons. 
  2. Pixabay.com CC0 Public Domain. 
  3. Radio Tonreg from Vienna, Austria. Wikimedia Commons.
  4. Pixabay.com CC0 Public Domain.