Estimado Lector,

Yo ya no encendía apenas la televisión y ahora evito también hacerlo con la radio.

Cada día, cada dato, parece anunciar un cataclismo sanitario.

En esencia, lo que sucede es que estamos a las puertas de la segunda ola de Covid-19.

¡Huyan de las playas, gentes despreocupadas, y regresen a casa bien pertrechados tras sus mascarillas!

Es cierto que las pruebas de diagnóstico se han generalizado y por ello aumenta de manera dramática el número de contagios diagnosticados. Y es que, cuando uno busca, encuentra.

En cualquier caso, las cosas cambian. No han dejado de hacerlo en ningún momento.

La estrategia de las autoridades sanitarias también ha variado, con el baile inicial sobre el uso de las mascarillas que todos recordamos y con la apertura de determinados ámbitos en detrimento de otros.

Y lo peor es que cuestionar la eficacia de su estrategia nos deja expuestos a ser señalados como irresponsables…

A mí tampoco me gusta la mascarilla

El tema de la mascarilla ha tenido un largo recorrido. Aún en el mes de abril las autoridades sanitarias aseguraban que “no era necesario” que la población las utilizase, mientras que apenas unas semanas más tarde su uso terminó por ser obligatorio en todos los espacios públicos cerrados y, finalmente, siempre, también en los abiertos.

Y además con el riesgo a ser multado si no se utiliza.

Es de suponer, aunque a estas alturas lamentablemente no está del todo claro, que también serán obligatorias en las escuelas una vez arranque el curso escolar. Y asimismo en las oficinas, en las que en algún momento habrá que retomar la actividad laboral presencial.

Podría decirse que nos gobiernan unas autoridades sanitarias inconsistentes o “veletas”; o que somos víctimas, aunque sea un eufemismo denominarlo de ese modo, de una “mascarada” carnavalesca.

Sin embargo, lo cierto es que muchos de estos giros dados por las autoridades (al igual que por muchas otras europeas) se deben simplemente a haber seguido a pies juntillas los vaivenes de la investigación científica y los cambios de postura de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Y esas idas y venidas, en el caso concreto de las mascarillas, tienen una explicación muy simple: en realidad no se sabe demasiado sobre su efectividad real.

¿Qué dice la ciencia?

Seguro que usted también ha visto alguna de esas imágenes que “demuestran” la efectividad de las mascarillas, con gran refuerzo visual en los porcentajes de reducción de contagios.

¡Han circulado por todas partes!

Ahora bien, lamentablemente estos datos no están respaldados por análisis científicos viables.

Al contrario, un estudio surcoreano ya ha confirmado lo que cualquier ciudadano que haya seguido la pandemia desde el primer momento sospecha: el virus es tan pequeño que circula sin problema entre las mallas de las mascarillas, incluso las quirúrgicas (que reducen la carga viral transmitida a través de las gotículas de saliva). (1)

Por su parte, otro estudio danés ha concluido que el uso de las mascarillas solo “contribuiría” a limitar la progresión del virus. (2)

Y encima, tal y como ha denunciado un epidemiólogo británico, las condiciones en las que se llevan a cabo los experimentos que concluyen esta efectividad no se asemejan a las de la vida normal. Es decir, que una cosa es contener el virus en un laboratorio y otra en el mundo real, en la calle. (6)

¿Qué dice la OMS al respecto? En un documento de recomendaciones sobre el uso de la mascarilla apunta que: “Algunos metaanálisis de revisiones sistemáticas han dado a conocer que el uso de mascarillas N95, comparado con el de mascarillas médicas, no se acompaña de un riesgo bajo estadísticamente significativo de enfermedades respiratorias sintomáticas ni de gripe u otras virosis confirmadas por pruebas de laboratorio” .Y, por otro lado, que “las mascarillas N95 ó semejantes podrían acompañarse de una disminución del riesgo mayor que las mascarillas médicas o las de 12 a 14 capas de algodón; sin embargo, los estudios presentan limitaciones importantes”. (7)

En otras palabras: solo la mascarilla de la imagen de abajo, la KN95, parecería realmente efectiva, e incluso la propia OMS asegura que esa “efectividad” debe cogerse con pinzas, ya que hay que tener en cuenta las limitaciones y las condiciones de las pruebas de laboratorio antes mencionadas.

¿Ve usted muchas de estas mascarillas cuando sale de casa?

Estoy seguro de que su respuesta será igual a la mía: son las mínimas.

Mascarillas, paz social y placebo

Si la mascarilla es indiscutiblemente efectiva en algo es en aportar una especie de efecto placebo.

Y es que en realidad se trata de una medida de protección complementaria, pero que de muy poco vale si no hay distanciamiento físico y un lavado de manos constante.

Sin embargo, se ha convertido en una herramienta tranquilizadora (a todas luces en exceso).

Y de hecho su uso generalizado provoca 3 importantes problemas:

  1. Hace prescindir de otras medidas más eficaces
  2. La falsa sensación de seguridad que proporciona provoca una “relajación” de otras medidas más simples pero mucho más efectivas, como mantener la distancia de seguridad y lavarse las manos con frecuencia, entre otras prácticas de sentido común.

    En el mismo documento de recomendaciones oficiales que hemos visto la propia OMS especifica que “el uso de una mascarilla no es suficiente para asegurar un nivel adecuado de protección”. (8)
    Ahora bien, esa relajación no es ajena -todo hay que decirlo- a las contantes imágenes que salen en los medios de comunicación con gente haciendo una vida completamente normal sin respetar una medida de seguridad tan básica como la distancia física.

  3. Un desastre ecológico en ciernes
  4. Si también a usted le han consternado las fotos del derrame de petróleo en Isla Mauricio, lamento decirle que nos encaminamos hacia una marea azul sin precedentes: la provocada por las miles de mascarillas que ensucian las aceras y que ya han empezado a contaminar ríos y playas.

    Son sin duda una fuente de contaminación masiva, que asciende a toneladas de microplásticos en solo unas semanas. (9)

    Y ello por no hablar de la incongruencia de querer acabar con el virus y tirar mascarillas potencialmente contaminadas en la calle, que pueden seguir esparciendo el virus por el entorno (no solo por el aire y las superficies, sino también por el agua).

  5. Una sociedad enferma
  6. No voy a extenderme demasiado en esto, ya que es muy probable que usted también haya experimentado la sensación de asfixia y de aire viciado que deja el uso prolongado de la mascarilla.

    Ahora bien, como en todo, hay mascarillas y mascarillas. Las de tela son más respetuosas con el medioambiente, pero dependiendo del tipo y del material con el que estén hechas podrían ser menos efectivas incluso que las quirúrgicas.

    Por lo general filtran poco y, si no se utilizan correctamente, pueden convertirse fácilmente en nidos de microbios (al igual que las industriales pueden usarse solo durante unas horas, tras lo que en este caso hay que lavarlas).

    Está claro que respirar el sudor y las gotas que exhalamos no es lo más recomendable, aunque ahora mismo no tengamos otra opción.

    Pero a lo que me refería con lo de “sociedad enferma” no es realmente a eso, sino más bien al hecho de que poco a poco nos acostumbramos a ver, en los espacios públicos, a decenas y decenas de ojos sin rostro (y muchas veces los ojos van tapados también por unas gafas de sol).

    En ocasiones cuesta reconocer incluso a conocidos de toda la vida. Seguro que a usted también le ha pasado.

    Personalmente, a mí esto me produce una extraña sensación de soledad, de aislamiento.

    Las calles, los autobuses, las tiendas… están poblados de siluetas que desconfían unas de otras, incluso de sus propios vecinos. Ya no sabemos con quién estamos tratando. Todo transeúnte parece estar preparándose para cometer un atraco.

    Dejar de tener rostro es como dejar de reconocer al prójimo.

    Y esto ayuda a dar valor y comprender, más que nunca, el importante lugar que ocupa la expresión facial en la comunicación no verbal.

Ojalá tuviera la respuesta

En definitiva, la crisis del coronavirus, que nos obligó a distanciarnos durante el confinamiento, consigue ahora con las mascarillas que la proximidad sea sospechosa, incluso inquietante…
Entonces, ¿qué?

Lamentablemente no tengo una respuesta. ¡Ojalá fuese así!

Solo trato de poner de manifiesto en estas líneas las absurdas aristas de esta situación que nos envuelve poco a poco.

Lo que tengo claro es que nuestra única salvación se apoya en dos cosas que sí están en nuestra mano:

  • Una mayor solidaridad y un esfuerzo por mantener los vínculos, pese a la distancia física y a las mascarillas que nos aíslan.
  • La confianza en nuestros propios recursos, tanto humanos como inmunitarios.

Y es que, de hecho -y ya ve que no me canso de repetirlo en mis e-mails-, el primer paso sobre el que deben trabajar usted y sus seres queridos es fortalecer y mantener en óptimas condiciones su sistema inmune, además de guardar el distanciamiento físico lo máximo posible.

Ya lo ha visto: ponerse la mascarilla es lo más fácil y cómodo, pero mucho menos efectivo que echar mano de lo que nos dice el sentido común, incluidas unas defensas que se fortalecen a diario a través de una buena alimentación, de la toma de los complementos nutricionales adecuados y de un estilo de vida saludable.