Si usted sufre sobrepeso con amenaza de diabetes, o incluso si ya sufre diabetes tipo 2 (mellitus), la primera cosa y la más importante que debe hacer es perder peso.

Ahora bien, puede que haya una razón oculta por la que le resulte imposible perder los kilos de más y, en consecuencia, conseguir que su salud mejore. Y eso sin importar que siga un régimen sin grasa, sin azúcar, sin proteína o directamente sin nada de nada (como por ejemplo un ayuno, tanto prolongado como intermitente).

Entonces ¿cómo lo hago?”, se estará preguntando.

Cómo adelgazar cuando parece imposible

Si usted sufre sobrepeso es probable que ya haya intentado adelgazar y que el problema le preocupe; puede que incluso sienta que nada funciona en su caso.

En otras ocasiones he abordado (y por supuesto volveré a hacerlo en un futuro) las pautas y las formas de alimentarse que se deben seguir si se quiere perder peso de forma duradera, sin necesidad de seguir estrictas dietas.

Sin embargo, no es de alimentación de lo que hoy voy a hablarle, sino de algo mucho más sorprendente pero que también guarda una relación directa con los kilos de más: el amor.

La falta de amor, la primera causa del sobrepeso

Seguro que muchos no se ven afectados por este problema, pero muchos otros sí y quizá ni siquiera sean conscientes de ello.

Y es que a lo largo de mi experiencia he comprobado cómo muchas personas con sobrepeso sufren también un déficit afectivo, o al menos lo han sufrido en algún momento de su vida.

En algunos casos hablamos de auténtica soledad y aislamiento, pero otras veces se trata de simples faltas de cariño o de muestras de afecto insuficientes por parte de padres, hijos, parejas, amigos, compañeros…

Una carencia afectiva que, sin embargo, se convierte en una forma de “agresión” prolongada, casi permanente, obligando a quien la sufre a protegerse y a buscar otras fuentes de bienestar.

Empecemos por el primer punto: la protección.

Forzados a combatir las agresiones externas

Los kilos de más son una forma de protegerse. En primera instancia son una protección contra la hambruna, por supuesto, pero en estos casos de déficit afectivo de los que hablamos también lo serían contra los “golpes” emocionales.

Y es que las agresiones pueden ser tanto físicas como psicológicas, y es en este último escenario en el que se encuentran esas personas que no reciben (o perciben) todo el afecto que necesitan de quienes las rodean.

En esos casos los kilos de más pueden convertirse en una coraza frente al entorno, una especie de armadura.

Y por ello, mientras la agresión continúe o no se hayan curado debidamente las heridas, resulta inútil tratar de adelgazar. El instinto de supervivencia empujará, al contrario, a mantener fuerte el sistema de defensa (manteniendo la “coraza” y, por tanto, los kilos de más) e incluso a reforzarlo si un régimen más o menos estricto trata de debilitarlo.

La comida como fuente indispensable de bienestar

El segundo punto, referido a la comida como fuente alternativa de bienestar, se apoya en que, en caso de déficit afectivo, uno se ve obligado a buscar nuevas fuentes de confort.

Encontrar ese apoyo en la vida no es fácil, ya que no siempre se dispone de un entorno -tanto en lo humano como en lo material- propicio para sentirse bien.

En cambio, hay un “comodín” que la sociedad moderna pone a nuestra disposición en abundancia y de forma muy accesible en cualquier momento del día o de la noche: la comida (sobre todo la denominada “comida basura”).

Resulta muy fácil hacerse en cualquier momento del día con un tentempié, dulce o salado. Y, por más solo, triste, frustrado o desgraciado que se sienta uno, ese bocado aportará de forma inmediata sensación de seguridad y de bienestar, aunque en realidad no se trate de un efecto realmente positivo ni duradero.

Así es que cuando uno discute con alguien cercano o se pone nervioso ante la espera de unos resultados médicos, por ejemplo, suele acabar concediéndose algún capricho que le ayude a relajarse, muy probablemente en forma de comida. Y, del mismo modo, cuando se está estresado o nervioso puntualmente es fácil terminar chupando un caramelo para aliviar la ansiedad.

Estos hábitos tienen sus raíces en nuestros instintos más profundos y, encima, por lo general son entrenados a conciencia desde la más tierna infancia. Si no, pregúntese cuántos adultos siguen a día de hoy consolando a niños con dulces, ya sea con un poco de chocolate, un helado, unas galletas, unas golosinas…

El resultado es “mágico” y ha funcionado siempre (por algo se utiliza, claro está; aunque ya ve que en realidad no implica nada bueno).

El problema es que no basta con tomar la decisión de “parar” para dejar atrás esos hábitos. De hecho, cuando se deja de comer esa comida que tanto reconforta lo único que se consigue, al menos en un principio, es sentirse peor.

Y es que la persona necesita esas dosis de “bienestar”, ¡no puede vivir sin ellas!

La solución es llegar al origen del problema para solucionarlo

La única solución real es ir hasta la fuente del problema. Dicho de otro modo: hay que resolver la falta de amor que lleva a comer como forma de protegerse y de sentirse mejor.

Una vez que no tenga esa necesidad, sus kilos de más se irán esfumando silenciosamente, sin requerir apenas esfuerzo; ¡puede que no se dé casi ni cuenta de que adelgaza!

Sin embargo, mientras el problema permanezca ahí, por más dietas, esfuerzos y buenos propósitos que asuma no hará sino agravar el problema, haciendo su vida más difícil (tropezará una y otra vez con la dificultad de comer menos, teniendo un sentimiento permanente de fracaso, de insatisfacción…).

En definitiva, que debe tomar decisiones quizá algo dolorosas pero urgentes: alejarse de las personas que le hacen daño y establecer nuevos vínculos con otras que aporten bienestar y comodidad auténticos a su vida; sentimientos mucho más fuertes y duraderos que los que se consiguen a través de la comida.

Esto podría dar algo de miedo al principio, es lógico. Sobre todo, uno teme encontrarse todavía más solo, aunque sea a corto plazo. Pero precisamente por eso es tan importante dedicar tiempo a encontrar el equilibrio afectivo con nuevas personas (por ejemplo, apuntándose a un viaje en grupo o participando en cursos, talleres, voluntariados…).

Y no solo eso: es importante cultivar el amor propio realizando introspecciones para conocerse mejor, meditando y concediéndose espacios de placer a través de actividades que resulten estimulantes. Leer, ir al cine, pasear, arreglar el jardín, cocinar… ¡todo vale con tal de que le haga sentirse mejor! En definitiva: “[…] plante su propio jardín y decore su propia alma, en lugar de esperar que alguien le traiga flores. […]”. (1)

Sin duda esto requiere algo de tiempo y esfuerzo, pero no dude de que toda la energía que ponga en ello estará mejor invertida que en cualquier dieta ilusoria. Y es que ¡no desperdiciará absolutamente nada de lo que haga!

Ya lo verá: en el momento en que empiece a ocuparse de las relaciones tóxicas que le contaminan y a establecer contactos beneficiosos, ¡su ánimo empezará a subir a la misma velocidad a la que sus kilos de más bajarán!

Fuentes:

  1. Frase extraída de un poema de Shakespeare muy parafraseado y atribuido erróneamente a otros autores.