Ha vuelto a suceder. En los últimos días hemos visto cómo los medios de comunicación se llenaban de escalofriantes titulares sobre la terrible amenaza que supone para la Humanidad el coronavirus detectado hace escasas semanas en Wuhan (China).

Deben estar contentos: los lectores habían empezado a cansarse de leer noticias y más noticias sobre la clase política y el nuevo Gobierno y ahora por fin tienen “carnaza” fresca que ofrecerles.

Nada menos que un pequeño virus mortal, desconocido por los científicos hasta hace nada y llegado de una misteriosa región de Oriente, que amenazaría con devastar al mundo entero. ¡Qué mejor cebo que este para mejorar los índices de audiencia!

  • “China suspende todas las grandes celebraciones en Pekín del Año Nuevo chino por el virus de Wuhan”, anunciaba el diario El Español, como si nosotros aquí, en un pequeño pueblo de Cáceres o de Burgos, debiésemos recibir la noticia como una terrible decepción, o como la precursora de un apocalipsis que está a punto de desencadenarse.
  • “Las lecciones del SARS”, recordaban muy oportunamente desde El Periódico de Catalunya hace unos días como si aquel brote de coronavirus registrado en 2003 hubiera sido una catástrofe de extrema magnitud.
  • “Cerrarán Disneyland Shangái y parte de la Gran Muralla por el coronavirus”, de El Universal. Un internauta que solo lea el titular (es decir, la inmensa mayoría) podría imaginarse perfectamente a los chinos atrincherándose detrás de su muralla para protegerse de un virus que ataca al país como antaño las hordas mongolas procedentes de las heladas estepas. ¡Surrealista!

Y uno de los más peliagudos que he leído hasta el momento:

  • “El coronavirus agota las existencias de mascarillas en las farmacias de España”, un titular que El Mundo completa con la siguiente cifra: las ventas se habrían disparado nada menos que un 330%. ¿No le parece raro no haber visto todavía a ninguno de sus amigos, vecinos o conocidos con mascarilla por la calle?

Bajo la inmensa avalancha de artículos alarmistas resulta difícil encontrar declaraciones que se apoyen en el raciocinio y la mesura. Sin embargo, las hay.

Es el caso de José Antonio Pérez Molina, experto de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica (Seimc) y médico del Centro de Referencia de Enfermedades Tropicales del Hospital Ramón y Cajal, quien aprovechó una entrevista reciente para recordar que el coronavirus es uno más de los miles de virus con los que convivimos (y que no todos producen enfermedades). (1)

Y también el del jefe de servicio de enfermedades infecciosas en el Hospital Bichat de París (Francia), que explicó a los medios que los pacientes recién llegados de China al país galo estaban “bien”, que “no presentan signos de gravedad” y que, de hecho, “la probabilidad de una epidemia en el país es extremadamente débil”. (2)

Cada pocos años, un ataque

Solo a modo de recordatorio: la epidemia de SARS en 2003, que también copó miles de portadas y se convirtió en objeto de preocupación para muchas personas durante meses, se cobró finalmente 700 vidas.

La gran gripe mexicana de 2009 y 2010, rebautizada como “gripe porcina” primero y como “gripe H1N1” después, no provocó más muertes que la gripe estacional de aquel año. De hecho, el virus se terminó demostrando muy poco patógeno. (3)

Y asimismo la epidemia del ébola en 2014, anunciada como una “probable pandemia” con una previsión de millones de muertos, terminó con 11.400 fallecidos.

Ahora bien, permítame profundizar en este último caso porque merece un comentario aparte:

En su momento fui de los pocos que denunciaron la “psicosis” que se estaba generando en torno al ébola. Por el contrario, se había demostrado que el virus no podía expandirse a gran escala y que el fin de la crisis llegaría gracias a las medidas de sentido común que ya habían tomado los propios africanos.

Denuncié también que algunas organizaciones humanitarias e incluso la Organización Mundial de la Salud (OMS) habían llegado demasiado lejos, desorganizando la economía de ciertos países ya muy pobres y persiguiendo a las poblaciones locales inútilmente.

Y que a fin de cuentas aquello era también una historia de dinero, de mucho dinero: la OMS y las organizaciones humanitarias se embolsaron nada menos que 3.000 millones de dólares para la gestión de la crisis, mientras que millones de personas seguían (y siguieron) muriendo en otras partes de África por la simple falta de acceso a agua potable o a medicamentos contra la malaria, que cuestan apenas unos pocos euros.

Mis palabras de entonces fueron denunciadas como “irresponsables” y “escandalosas” por varios periodistas muy críticos, quienes simplemente se abstuvieron de corregirse (y de disculparse) cuando los hechos me dieron la razón.

Pero en realidad, ¿qué importan los hechos? En la actualidad el espectro del ébola, entre otras hipotéticas pandemias, sigue siendo agitado con cierta frecuencia, e incluso la OMS habla de una posible emergencia que provocaría “80 millones de muertes” de forma fulminante en todo el mundo. (4) (5)

Todo este “circo”, por supuesto, es muy útil. Y es que les permite ocupar las mentes, dirigirlas y alejarlas de los fracasos de las políticas de salud actuales, aquellas por las que en caso contrario podríamos estar preguntándonos.

Las calles, desbordadas de cadáveres

Se trata de un mecanismo psicológico muy simple: el sistema nervioso está programado para reaccionar frente a las amenazas más inmediatas. Por eso cuando los medios de comunicación hablan de una epidemia tipo “peste negra”, con las calles llenas de cadáveres, automáticamente los terribles daños causados por el alzhéimer, la depresión o la artrosis, enfermedades mal o directamente no tratadas, empiezan a parecer menos importantes.

Además, desde un punto de vista televisivo no hay nada más espectacular que las imágenes de médicos con bata, mascarilla, gafas e incluso capucha protectora, como si estuviesen a punto de entrar en un reactor nuclear.

Con una buena banda sonora de fondo, esa escena provocaría escalofríos en cualquier espectador, y una tensión y preocupación que, al menos esta semana, ya no conseguían otros temas de actualidad.

La bola de nieve del coronavirus

En lo que respecta al “coronavirus de Wuhan” (el nombre técnico de la cepa es 2019-nCoV) se ve cómo la bola de nieve generada por los periodistas se hace más y más grande cada día pese a que este virus, ciñéndonos a los datos, no tiene nada de extraordinario ni de particularmente inquietante.

Un simple resfriado puede estar provocado por un coronavirus. Y además en este momento no existe información precisa sobre el nivel de transmisibilidad de este brote, la virulencia, el tiempo de incubación o incluso el origen exacto. De hecho, no sabemos casi nada, y es completamente lógico: hace apenas un mes ni siquiera se sabía de su existencia.

Es todavía demasiado pronto para inquietarse (y desde luego para justificar unos titulares tan alarmistas en los periódicos).

Aunque hablamos de algo más de 100 muertos, muchos de ellos eran personas de avanzada edad (la media es de 75 años) que sufrían en su mayoría problemas de salud graves, como cirrosis, diabetes o párkinson.

Así lo reconoció el Dr. W. Ian Lipkin, epidemiólogo en la Universidad de Columbia (Estados Unidos) y consejero de la OMS y del Gobierno chino durante la epidemia del SARS: “La mayoría de los casos mortales son personas de edad avanzada o que padecían una enfermedad crónica que aumentaba su sensibilidad a las enfermedades infecciosas”. (6)

Las verdaderas causas tras las pandemias infecciosas

La devastación provocada por la mal llamada “gripe española”, que causó la muerte a 50 millones de personas en toda Europa entre los años 1918 y 1919 y que todavía hoy es mencionada cada vez que surge una enfermedad infecciosa, tiene una explicación muy clara. (7)

Se propagó entre poblaciones hambrientas, agotadas, a menudo desplazadas de sus hogares y ya enfermas a causa de los horrores y las privaciones de la peor guerra que hasta la fecha nunca había tenido lugar.

Estados, reinos e imperios se encontraban enzarzados en pleno combate y con unas estructuras administrativas y unos circuitos de distribución de comida y productos de primera necesidad inoperativos o colapsados.

Todos los hombres válidos habían sido enviados a masacrarse los unos a los otros en el frente. Y la sociedad, desestabilizada por completo, fue arrasada por la gripe como si de un huracán se tratase.

He ahí la explicación a por qué aquel virus provocó tal número de muertes.

En la actualidad, en cambio, en lugar de tratar de comparar lo incomparable, más valdría que los medios de comunicación tranquilizasen a la población recordándoles que es con una buena alimentación y con un estilo de vida sano como se combate eficazmente a los virus (de este modo estarían, además, fomentando que tomen las riendas de su propia salud y que adopten mejores hábitos).

Cómo protegerse de los virus

Hay numerosas barreras naturales que nos protegen de los virus.

Es cierto que se transmiten por las mucosas, y que por tanto podríamos infectarnos absorbiendo las microgotas de saliva de una persona que haya estornudado.

Sin embargo, las mucosas están normalmente recubiertas por una película protectora (el mucus, concretamente), que impide el paso de los virus.

De ahí la importancia de mantenerse bien hidratado en invierno y de respirar por la nariz, pues de ese modo se evita que la boca y la garganta se sequen y que desaparezca esa capa protectora.

En un período de epidemia también hay que evitar la promiscuidad, el hacinamiento y cualquier contacto con las mucosas (la nariz, los ojos y las orejas) sin haberse lavado las manos previamente, sobre todo después de haber estrechado la mano a alguien o de haber abierto una puerta.

Además de eso, las personas con fiebre o enfermas pueden llevar una mascarilla de protección higiénica en lugares públicos, evitando así dispersar en el aire sus vahos contagiosos.

Y por supuesto una persona enferma (o incluso si solo tiene el sistema inmunitario debilitado) debe aumentar su consumo de vitamina D, esencial para reforzar las defensas, y de vitamina C, así como priorizar las fuentes de magnesio (especialmente en forma de cloruro, de citrato o de bisglicinato de magnesio).

Le convendrá también tomar un extracto de semillas de pomelo y aumentar el consumo de antioxidantes a través de, por ejemplo, especias (canela, jengibre, cúrcuma, anís estrellado…), vino tinto y miel (¡claro que no es casualidad que el vino caliente sea una bebida típica del invierno en tantos puntos de Europa!).

Y asimismo haría bien en consumir más alimentos fermentados (un buen chucrut, por ejemplo) para cuidar la microbiota intestinal, primera sede de la inmunidad. Comer ajo y prepararse un buen caldo rico en huesos y hierbas es una de las mejores estrategias contra las fatigas del invierno y las infecciones.

Del mismo modo le ayudará beber infusiones, en particular de tomillo o de orégano y aderezadas con una buena miel de castaño.

Y, por último, un buen sueño, reparador de verdad, es esencial tanto para prevenir una afección vírica como para reponerse de ella.

Estas medidas le protegerán al mismo tiempo de los resfriados, las gastroenteritis, la gripe… y casi de cualquier otra dolencia que se esconda tras la sombra de un virus; ¡de ahí que tengan tanto valor!

Respecto al coronavirus, confíe en mí: si su sistema inmunitario es fuerte y goza de buena salud, puede dormir a pierna suelta, al menos de momento. Y sabe que, si en algún caso dejase de ser así, aquí estamos nosotros para contárselo…

P.D.: Las noticias apocalípticas sobre el nuevo coronavirus de Wuhan corren como la pólvora estos días. Por eso le invito a que reenvíe este texto a cuanta más gente mejor, ayudando a frenar esta escalada de pánico innecesario. ¡Gracias!

 

Fuentes:

  1. “El coronavirus, uno más de los miles de virus con los que convivimos”. Efe. Heraldo de Aragón. 27 enero 2020.
  2. Gripe H1N1 (gripe porcina). Medline Plus. Centro para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC).

Imágenes:

  1. Sistema 12. Wikimedia Commons.