Estimado Lector,

En tiempos de coronavirus parece difícil pensar en otra amenaza para la salud. Pero lo cierto es que el enemigo no descansa.

Por eso hoy quiero detenerme en una realidad que no podemos olvidar: el cáncer sigue siendo una lamentable lacra que deja centenares de muertos al día en nuestro país.

El papel de la inflamación en el cáncer

Desde hace décadas se sabe que todo cáncer va acompañado de inflamación.

Sin embargo, lo que se conoce desde hace mucho menos tiempo es que esta inflamación no es una consecuencia del cáncer, sino más bien su causa. Por tanto, ya sea a modo preventivo o como acompañamiento a los tratamientos contra esta enfermedad, es importante luchar de forma mesurada contra ella.

Y nótese que digo “de forma mesurada” porque, tal y como va a ver, la inflamación también tiene su utilidad.

La inflamación, factor de riesgo del cáncer

Cuando los tejidos son agredidos y miles de células mueren, estas emiten sustancias químicas que desencadenan una reacción inflamatoria.

Por eso cuando usted se pincha, se quema o se rasca, pero también cuando se hace una herida, le duele un solo punto. Esa zona se enrojece, se calienta, se hincha; es decir, se convierte en el centro de un proceso inflamatorio.

La inflamación consta de 4 etapas:

  • Demolición. Las células del sistema inmunitario destruyen primero al agente responsable de la infección gracias a moléculas agresivas, entre las que se encuentran los potentes radicales libres.
  • Limpieza y evacuación de desechos. A continuación las enzimas limpian las células muertas y eliminan los desechos a través del flujo sanguíneo o del pus.
  • Instalación de nuevas “tuberías”. Se regeneran los vasos sanguíneos para aportar lo antes posible nutrientes y células de reemplazo al lugar en el que los tejidos han sido dañados.
  • Reconstrucción. Finalmente las células circundantes se empapan de los llamados “factores de crecimiento”. Estos, tal y como su nombre indica, estimulan la reproducción de las células del entorno para sustituir a las células muertas y permitir la cicatrización.

Ya ve que se trata de todo un servicio “multifunción” muy beneficioso del que nos provee nuestro sistema inmunitario. Ahora bien, solo cuando su duración es limitada, como está a punto de ver.

Precisamente por eso lo mejor es, en la medida de lo posible, no tratarla con fármacos antiinflamatorios, los cuales retrasan el trabajo natural del organismo.

La otra cara de la moneda

El problema es que también puede darse una situación radicalmente distinta.

Cuando los tejidos son agredidos de forma continua durante un largo período se establece una inflamación crónica. En esta situación cada uno de los mecanismos propios de la inflamación, que acaba de ver, se van a revelar desgraciadamente eficaces para el desarrollo de tumores cancerosos:

  • Demolición. Los radicales libres que destruyen los microbios y las células enfermas favorecen las mutaciones de ADN en las células. Estas células mutantes a su vez pueden volverse incontrolables, acelerando la formación o el crecimiento de tumores.
  • Limpieza y evacuación de los desechos. Las enzimas, que tan buen trabajo hacían al digerir los microbios y las células muertas, debilitan en la inflamación crónica el soporte conjuntivo de las células.

    Se sabe que la división celular se controla por la presencia de un grupo de células en torno a una primera. Por ello, cuando una célula se desvincula de sus vecinas pierde el autocontrol de su tamaño y su crecimiento y comienza a multiplicarse de forma peligrosa. Y lo que es todavía peor: en caso de tumor, las células tumorales pueden romperse en pedacitos que llegarán al torrente sanguíneo y se asentarán en otras partes del cuerpo donde también se generarán tumores (metástasis).

  • Instalación de nuevas “tuberías”. En caso de que ya hagamos frente a un cáncer, esta etapa puede resultar catastrófica. Y es que en todos los tumores se da una neoformación vascular para aportar a estos más oxígeno y nutrientes de tipo glucosa, lo que implica un mayor y más rápido crecimiento. La investigación científica sobre el cáncer trata ahora, precisamente, de crear medicamentos capaces de detener la “angiogénesis”, término médico que se usa para describir ese desarrollo de nuevos vasos sanguíneos.
  • Reconstrucción. Este caso es todavía peor, ya que los factores de crecimiento aceleran la multiplicación de las células cancerosas.

Y todavía no se lo he dicho todo. Debe saber también que la inflamación facilita la llegada de macrófagos a la zona del tumor, los cuales destruyen las células del sistema inmunitario (las llamadas “natural killers” o “células asesinas naturales”, que no son otra cosa que linfocitos T) que precisamente se habían desplazado allí de urgencia para atacar las células cancerosas.

Cánceres directamente causados por la inflamación

En ocasiones estos fenómenos inflamatorios son tan violentos que, además de facilitar el crecimiento de los tumores ya existentes, generan nuevos cánceres (de todo tipo).

Es el caso del de estómago, que puede desarrollarse debido a una inflamación provocada por la presencia de la bacteria Helicobacter pylori. O del cáncer hepático, que puede derivar de una hepatitis, así como del tumor de próstata, que va precedido de una inflamación de la misma (prostatitis).

Combatir la inflamación

Como ve, luchar contra la inflamación es indispensable. No obstante, no se trata de hacer cualquier cosa y a toda costa, ya que también hay que permitir al cuerpo actuar para destruir de forma natural las células cancerosas (gracias a los linfocitos T, especialmente).

La primera cosa que hay que hacer es reponer con urgencia el nivel de ácidos grasos omega 3 en los tejidos.

Estos ácidos grasos -una especie de “celebrity” dentro la medicina natural- no pueden ser sintetizados por el organismo, por lo que debe procurarlos a través de la alimentación. Esa es la razón por la que se denominan “ácidos grasos esenciales”.

El problema reside en que los productos alimentarios que contienen omega 3 se consumen poco hoy en día. Este se encuentra sobre todo en los pequeños pescados grasos (anchoas, arenques, sardinas…), en el aceite de linaza, de nuez o de semilla de colza y en la verdolaga, alimentos que no forman parte de la dieta habitual de muchas personas.

Una vez absorbidos, el cuerpo transforma parcialmente los ácidos grasos omega 3 en EPA y DHA, que a su vez se convierten en prostaglandinas de tipo 1, cuya acción antiinflamatoria es bien conocida.

En este sentido, algunas investigaciones han constatado que, a medida que aumenta la proporción de DHA, se reduce el desarrollo de tumores de mama, por ejemplo.

Y, asimismo, en el tratamiento de un cáncer con radio o quimioterapia, el tumor retrocede más fácilmente si los tejidos son ricos en ácidos grasos poliinsaturados (como los omega 3). 

En definitiva, hay razones para creer que el elevado consumo de omega 3 podría ser beneficioso contra el cáncer. En ratas afectadas por tumores, elevadas dosis de DHA han hecho retroceder los tumores en un 60% con una dosis única de radioterapia, frente al 31% registrado por el grupo control.

Lo ideal es seguir una alimentación en la que se incluyan entre 1 y 4 dosis de omega 6 por 1 de omega 3, algo difícil de conseguir a través de la alimentación moderna (actualmente el ratio alcanza 1/16). Por eso a menudo es necesario tomar omega 3 en forma de complemento alimenticio (en cápsulas blandas).

Soluciones naturales contra la inflamación

La salud natural ofrece numerosas soluciones contra la inflamación crónica del organismo.
Una de las más conocidas es el “régimen hipotóxico” del Dr. Seignalet. Y, descubiertas más recientemente, la alimentación sin leche y sin gluten, así como la cocina a baja temperatura (vapor suave). Pero también se pueden citar sustancias antiinflamatorias naturales como el harpagofito, el sauce blanco, la matricaria y el metilsulfonilmetano (MSM), que se toman en forma de cápsulas. Y asimismo la boswellia, una planta medicinal famosa por estos beneficios.

Además, hay otros antiinflamatorios que pueden ser añadidos directamente al plato: buenos ejemplos de ello son ciertas especias como la cúrcuma, el jengibre o la pimienta negra, rica en piperina.

Muchos naturópatas recomiendan también el consumo de agua de mar filtrada, que presenta grandes similitudes con el plasma sanguíneo y que puede ser utilizada en inyecciones subcutáneas (que realiza el médico) o por vía oral.

Y, por último, ciertos antioxidantes que pueden ayudarle a combatir el efecto nefasto en el organismo de los radicales libres. Hablamos especialmente de la vitamina C y los polifenoles, que se encuentran en abundancia en las verduras frescas y crudas, pero también en los complementos nutricionales multivitamínicos de altas dosis (los encontrará en tiendas especializadas en salud natural).

Otras soluciones que debe tener en cuenta

Seguro que recuerda el escándalo que surgió a raíz de la comercialización de los antiinflamatorios Vioxx y Celebrex.

Lanzados como todo un éxito a comienzos del nuevo siglo, se presentaron como la verdadera panacea contra el dolor, incluyendo el causado por la artrosis. Sin embargo, fueron motivo de un gran escándalo y acusados de provocar más de 40.000 muertes solo en Estados Unidos.

Estos medicamentos son denominados “antiCOX-2” porque disminuyen la expresión de la COX-2 (coenzima oxidasa 2), que interviene en la inflamación y que:

  • Reduce la “apoptosis” celular (es decir, la muerte programada de las células dañadas). Debido a ello, las células cancerosas pasan a multiplicarse entonces indefinidamente, al contrario que las sanas, que mueren después de un número fijo de divisiones.
  • Elimina las células del sistema inmunitario, las “natural killers” necesarias para combatir a las células cancerosas.
  • Favorece la formación de nuevos vasos sanguíneos.

El problema es que, prescritos en ocasiones de forma completamente imprudente a personas mayores y débiles, estos medicamentos han provocado verdaderos desastres.

Y eso pese a que sí se ha demostrado que numerosos cánceres (de vejiga, de colon, de pulmón, de mama, de estómago, de páncreas…) presentan una sobreexpresión de la COX-2. O, en otras palabras: que estos medicamentos “antiCOX-2” podrían resultar útiles contra el desarrollo de tumores.

Sin duda, otro gran error -lamentablemente, uno de tantos- en la historia de la medicina convencional. Pero como es habitual las futuras investigaciones y sobre todo la centrada en la medicina natural, con una perspectiva integral de la salud, ayudarán a enmendarlo.