La idea de base es sencilla: para un deseo poderoso hace falta un alimento potente, y no es casualidad que en la mayoría de idiomas se utilice la palabra “apetito” para referirse tanto a ingerir alimentos como al deseo sexual.

¿Qué es un alimento “potente”? A grandes rasgos, es el que nos querrá prohibir el nutricionista: alimentos ricos en grasas y colesterol, como los huevos, la mantequilla, la nata, la carne roja, las partes grasas de las aves y los crustáceos.

Las culturas tradicionales de todo el mundo aprecian estos alimentos por potenciar la fuerza, el deseo y la fertilidad, algo que resulta lógico, ya que las personas que desean procrear necesitan una libido activa.

Por desgracia, los miembros de bata blanca de la policía de la salud pregonan los males de estos alimentos, y les hacen la propaganda a las dietas bajas en grasa y ricas en cereales integrales y soja. Los resultados hablan por sí solos: una epidemia de fatiga, ansiedad, infertilidad, malestar y reducción de la libido.

No es de extrañar. Todas estas recomendaciones antigrasas desafían el sentido común: si tan malas son las grasas, ¿por qué la mayoría de alimentos que nos atraen las contienen en tales cantidades? ¿Se habrá equivocado la Madre Naturaleza? ¿Quiere que nos muramos todos de enfermedades cardiovasculares? ¿Estaban equivocados nuestros antepasados de todo el mundo cuando se atracaban de alimentos ricos en grasas? No parece muy probable, veamos por qué:

El colesterol es bueno

Empecemos por el colesterol. Los grandes medios de comunicación han acabado por hacerse eco de algo que llevamos años repitiendo: el colesterol no es un enemigo de nuestro cuerpo, al contrario, es el mejor aliado de su salud.

El doctor Philippe Even, autor de un centenar de artículos científicos internacionales y de varios libros, además de profesor en la Universidad París Descartes, es conocido por sus posturas críticas hacia la industria farmacéutica. Even explicó en la edición de “Le Nouvel Observateur” del 14 de febrero de 2013 lo siguiente:

El colesterol es la más noble, quizá la más bella e indispensable de nuestras moléculas. Ha desempeñado y desempeña un papel crucial en la evolución de la vida en la Tierra y en la protección de nuestras células contra el oxígeno, que tiende a quemarlas. A día de hoy, garantiza la solidez de las membranas de nuestros miles de millones de células, en concreto de las musculares, las cardiacas y las nerviosas. Permite la estabilidad de los receptores hormonales, inmunológicos y neurológicos”.

Y continúa explicando: “Sin colesterol no hay receptores, ni señales, ni comunicación entre las células. El colesterol es también un conductor de las grasas, pero no es grasa en sí mismo. También es la fuente de la cortisona, de la hormona del estrés, de todas las hormonas sexuales masculinas y femeninas, y de la vitamina D, que protege nuestro esqueleto. Además, es la molécula más difícil de producir, ya que precisa de 36 fases químicas consecutivas: una labor de orfebrería”.

Y, en efecto, el colesterol se encuentra en la raíz del árbol cuyas ramas son nuestras hormonas. Sin colesterol, no hay hormonas sexuales. Y no olvidemos que el colesterol no crece en los árboles ni en las plantas; sólo se encuentra en los alimentos de origen animal. Abunda en los alimentos como el caviar, las ostras, las carnes rojas, el hígado y el resto de vísceras, la nata y la mantequilla… por eso se considera que estos alimentos proporcionan fuerza y fertilidad.

Sin miedo a las grasas saturadas

¿Le dan miedo las grasas saturadas? La ciencia dice que son necesarias. Las membranas de las células dependen de las grasas saturadas para su estructura, y los ácidos grasos esenciales omega-3 y omega-6 para su flexibilidad. Ambos son necesarios para que la membrana pueda hacer penetrar los nutrientes, pero también para bloquear las toxinas. Los ácidos grasos trans que se encuentran en ciertos alimentos industriales vuelven la membrana rígida, mientras que los ácidos grasos poliinsaturados de los aceites líquidos la vuelven blanda.

Al no ingerir las cantidades adecuadas de grasas saturadas, el cuerpo fuerza al colesterol a penetrar en la membrana para salvar la vida de la célula, disminuyendo de este modo el total de colesterol. Lejos de ser beneficioso, provoca un estado de emergencia: cuando hay que usar el colesterol para mantener la integridad de las células, deja de estar disponible para producir hormonas.

Las grasas saturadas favorecen la producción de hormonas, de prostaglandinas, y el funcionamiento del sistema inmunitario y del cerebro. Teniendo en cuenta que el cerebro contiene más del 60% de grasa y de colesterol, ¿cómo se comportará si se encuentra saturado de aceites vegetales rancios y de ácidos grasos trans? ¿O si se encuentra reducido por el hambre con una dieta baja en grasas? Woody Allen llamaba al cerebro su “segundo órgano favorito”. Yo, por mi parte, les aconsejo: “Quiéranlo y aliméntenlo”.

Las grasas buenas y el colesterol son también un arma letal contra las dependencias de toda clase, como el azúcar y el picoteo. Ayudan a equilibrar el nivel de azúcar en sangre y nos aportan energía mental y física para todo el día. Debido a que las grasas permanecen durante mucho más tiempo en el estómago que los glúcidos y las proteínas, proporcionan la sensación de saciedad y plenitud necesarias para sentirnos bien después de una comida y no pensar más en comer, para dedicarnos así a otras actividades productivas. Por lo tanto, son esenciales para mantener un peso ideal.

Huya de los productos light

Por desgracia, muchas personas preocupadas por la salud temen la buena alimentación tradicional por culpa del marketing generalizado a favor de los productos bajos en grasa, que se presentan descaradamente como mejores para la salud, usando imágenes de mujeres esbeltas para promocionarlos, aunque su consumo no sea el motivo por el que las modelos de los anuncios han obtenido ese resultado. Y, para colmo, estos productos se presentan a menudo como susceptibles de aumentar la capacidad de seducir.

Sylvester Graham, nutricionismta estadounidense que predicaba la abstinencia en el siglo XIX, y John Harvey Kellogg, inventor de los Corn Flakes a principios del XX, recomendaban el consumo de cereales ricos en fibra para matar la libido, y alertaban sobre el consumo de carne, relacionando la dieta carnívora con ideas y comportamientos animales.

En Asia, en una práctica que puede tener algunos puntos en común, los monjes zen llevan mucho tiempo usando la soja para poder respetar mejor sus votos de celibato. Efectivamente, el consumo de tofu parece disminuir las “malas” tendencias. Las mujeres japonesas también se han dado cuenta de que la mejor venganza contra los maridos veleidosos es atiborrarlos de tofu. ¿Qué otra cosa mejor para apaciguar el deseo?

¿Qué nos queda por saber de los alimentos sagrados para la fertilidad? Abandone el pan y los alimentos elaborados con trigo refinado. Olvide el azúcar y todos los alimentos que contengan jarabe de glucosa. Deje a un lado todos los alimentos bajos en grasa, sobre todo si contienen aspartamo.

Y, para concluir, las madres tienen razón: hay que comer verduras. Eso sí: Le añade un buen aliño de aceite crudo de oliva y vinagre de sidra de manzana y evite otros aderezos preparados.

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Fuentes

A partir del texto de la doctora Kaayla Daniel “Alimentos sagrados y otros afrodisíacos