Estimado Lector,

Como muchos, durante el pasado verano me fui al pueblo a pasar unos días.

La casa familiar tiene un jardín no demasiado grande pero bien plantado y florecido, con un muro de piedra en la parte trasera y un seto de cipreses y adelfas.

Un viejo olivo, una higuera y un plátano se ayudan mutuamente para protegernos del sol. Y, en medio del jardín, un parterre con césped bien regado está decorado con una pequeña fuente que es la alegría de los niños (y de los padres y abuelos que los vemos jugar).

Pues bien, este verano, mientras presenciaba ese “espectáculo”, de repente tuve claro qué es a lo que siempre me había evocado esa imagen, aunque nunca llegué a verlo tan claro como esta vez: la infancia de Buda.

En una bella ciudad protegida por un muro…

Empecemos recordando que Buda era el hijo de un rey.

Advertido por un ángel antes de su nacimiento de que aquel niño conocería un destino excepcional, el rey mandó construir para él una ciudad espléndida, decorada con jardines y rodeada de altos muros.

Su propósito era proteger al niño de cualquier dolor. Por eso el rey solo permitía atravesar las murallas a personas, animales o cosas incapaces de hacerle desdichado. Todo aquello que pudiese preocuparle y causarle dolor estaba prohibido, especialmente los animales peligrosos y las personas malas o enfermas.

El objetivo del padre de Buda, que era bueno y cariñoso, era dar todo el amor posible a su hijo… Así, solo una vez que hubiese podido apreciar todas las alegrías de la existencia, cruzaría los muros y se enfrentaría al mal, a la enfermedad, a la vejez y a la muerte.

El simbolismo oculto en esta historia

Este cuento está lleno de símbolos muy interesantes sobre cómo preparar a los niños para la vida, con la esperanza de que alcancen el mismo nivel de sabiduría que Buda.

Y encontramos numerosos rastros de ellos en nuestra cultura.

La palabra “paraíso”, por ejemplo, proviene de un idioma muy antiguo, el avéstico, en el que “pairidaēza” significa “jardín real rodeado de muros”.

De la mitología griega, por su parte, ha llegado a nosotros el “jardín de las Hespérides”, que alberga un manzano que produce frutos dorados.
Para nosotros el jardín es una representación del mundo ideal: la Naturaleza se expresa libremente en él, da frutos deliciosos… y además puede ser domesticado y canalizado, reduciendo al mínimo sus aspectos más amenazantes y peligrosos.

¿Cómo se logra esto? Poniéndole muros, que impiden la entrada de las amenazas y nos permiten concentrarnos en su valor estético y como proveedor de alimentos.

Siempre acotado, el jardín es una pequeña parte del mundo que además podemos cultivar a nuestro ritmo. Podemos criar animales en él, perfectamente a salvo de las bestias depredadoras, y cultivar de forma selectiva las flores, frutas, árboles, plantas y vegetales más sanos y hermosos, manteniendo a las especies invasoras bajo control.

Es decir, que es la alegoría perfecta de un lugar protegido donde uno puede crecer, descansar, regenerarse… para enfrentarse mejor después a las dificultades del mundo exterior.

Ahora bien, el jardín es también imperfecto, lo que lo refuerza como símbolo de la propia vida. Delicado, exige un cuidado constante o de lo contrario el caos impera rápidamente. En cualquier momento brotan enfermedades, sequías, inundaciones… Y lo cierto es que siempre hay algún bicho (como la serpiente de las Hespérides) cobijado en su interior y del cual es necesario protegerse.

En definitiva, la clave del jardín está en el equilibrio: necesita sol, pero ni en exceso ni en defecto; y lo mismo sucede con la humedad, con los seres vivos que alberga…

El lugar donde aprendemos a amar la vida

El padre de Buda no se equivocó cuando dijo aquello de que “el jardín es el lugar donde aprendemos a vivir y a amar la vida”.

Es el lugar ideal para los niños, quienes aún no tienen la fuerza física y mental para enfrentarse a los peligros desatados en el mundo exterior. Al jugar en él, sin embargo, forjan las armas necesarias para combatir el caos de la vida real y, posiblemente, pacificarlo y ordenarlo en el futuro.

En el jardín el niño empieza a abandonar el hogar, pero sin entregarse todavía al mundo entero. Es un lugar intermedio.

Un niño pequeño, sin protección y sin fuerza, no puede desarrollarse si se ve obligado a afrontar los abrumadores desafíos del mundo adulto. Se sentirá -con razón- aplastado por fuerzas demasiado grandes, lo que le causará ansiedad, depresión, pasividad…

Por eso es tan importante que aprenda primero a amar la vida, asumiendo una buena razón para querer luchar contra los peligros.

Darles tiempo para poder enfrentarse al mundo

Este es exactamente el mismo motivo por el que se suele tener cuidado de no contar a los niños las desgracias, los peligros que les acechan…

El “eres demasiado pequeño” es muchas veces una forma de protegerles de cosas que podrían hacerles un daño irreparable.

Sin embargo, hoy no se duda en explicar a los jóvenes las amenazas más dramáticas y existenciales que se ciernen sobre sus cabezas. Se hace en nombre de la necesaria “conciencia” ecológica y social, pero ¿no nos estaremos pasando?

Se busca hacerlos partícipes, agentes involucrados en el cambio (al estilo de Greta Thunberg). Pero al mismo tiempo se les expone a todos los horrores de los que la humanidad es capaz, a menudo con imágenes terriblemente crudas.

¿Le parece razonable y prudente? ¿No cree que corremos el riesgo de producir, en lugar de una generación de “constructores”, una de almas desesperadas y convencidas de que ya es demasiado tarde?

Ya ha visto que el padre de Buda veía las cosas de manera diferente, y yo creo que no vendría mal aprender un poco de su sabiduría…

P.D.: Sé que esta reflexión se escapa a lo habitual, pero me parecía importante dedicar unas palabras a los niños, grandes damnificados -y lo peor, en completo silencio- en la pandemia que vivimos y a quienes se les carga una responsabilidad en ocasiones excesiva. ¡Ojalá puedan recuperar pronto todos esos momentos robados en parques y jardines!