Aburrirse es el gran temor de nuestros días. Me atrevería a decir que el miedo a aburrirse es incluso una de las grandes características de este siglo.

Decir públicamente que se ha dedicado el día a “no hacer nada” es casi como reconocer un fracaso, un vacío existencial.

Por eso, todo el tiempo y en todas partes, hay tantas personas que sienten que no pueden vivir ni un segundo si no están “conectados”. Frecuentan las redes sociales de forma casi compulsiva y pasan de una actividad a otra, con su smartphone en mano, gritando a los cuatro vientos que están “des-bor-da-dos”.

En el momento en el que escribo esta carta, estoy viajando en un tren AVE, rodeado de directivos de aspecto serio que teclean en su ordenador informes supuestamente de la más alta importancia.

Los que vamos en este vagón podríamos entablar una conversación, hablar del tiempo que hace o de cualquier otra cosa. Pero no. El teclado no espera. Hay que producir tablas de cifras, presentaciones, informes detallados… no importa el qué, antes que parecer ociosos. Si levantamos la vista un momento del ordenador es con las cejas fruncidas.

Es prácticamente imposible hacer ni un simple comentario de cortesía, pues todo el mundo lleva sus auriculares puestos y cuando les hablan se los quitan con gesto de evidente desagrado, dejando claro que les has obligado a perder su tiempo y a salir de su mundo.

Me dirá que no soy distinto a los demás, pues yo mismo también estoy en este tren con mi ordenador delante, escribiendo esto que ahora usted está leyendo. Y es cierto, estoy escribiendo en lugar de soñar despierto admirando los magníficos paisajes que hay al otro lado de la ventana o contemplando las vacas que pastan tranquilamente.

Los bosques interiores del espíritu

Cuando nuestro espíritu vagabundea, cuando se pierde en sus bosques internos, ¿quién puede afirmar que estos paseos no sirven de nada?

¿No es acaso la melancolía, el soltarse mentalmente, precisamente el aburrimiento, lo que ha inspirado algunos de los más bellos poemas, de los más bellos cuadros, de las melodías más conmovedoras?

Como la Rima X de Bécquer, por ejemplo:

Los invisibles átomos del aire

en derredor palpitan y se inflaman;

el cielo se deshace en rayos de oro;

la tierra se estremece alborozada;

oigo flotando en olas de armonía

rumor de besos y batir de alas;

mis párpados se cierran… ¿Qué sucede?

¡Es el amor, que pasa!

Es verdad que no tengo conocimiento de ningún estudio científico que demuestre un beneficio probado de la inacción, del ver pasar las horas, del aburrimiento.

Pero lo que es seguro es que Gustavo Adolfo Bécquer no habría escrito jamás estos versos inspirados en los átomos del aire si hubiera pasado ese momento, en lugar de meditando en los átomos, con un teléfono móvil en la mano, jugando al Candy Crush o enviando un whatsapp a Rosalía de Castro, nuestra otra gran poeta posromántica.

Y este “Viejo hombre triste”, de Vincent Van Gogh, ¿acaso no es espléndido?

Algunos paisajes tristes, algunas melodías cargadas de gravedad (escuche un réquiem, por ejemplo) nos llevan a lugares que creeríamos áridos, desiertos, y que descubrimos llenos de un alma animal y sincera, de una fuerza que no miente.

De hecho, no es una casualidad que los grandes gurús modernos de la comunicación, los creadores de Apple o de Microsoft, hayan prohibido el uso de los objetos que venden a otros a sus propios hijos. (1)

Pues sí, si se es niño, en casa de Bill Gates, ¡toca aburrirse!

Lo mismo en Inglaterra, donde la London Acorn School, un colegio reservado a los hijos de los más adinerados, propone a sus alumnos una escolarización en la que no tiene cabida la más mínima pantalla (teléfonos, televisión, ordenador, etc.), incluso durante las vacaciones, según leí una vez en el diario inglés The Guardian. (2)

¿Estarán locos? ¡Al contrario! Un estudio de la OCDE ha demostrado que el uso de las nuevas tecnologías en clase ¡había contribuido a un descenso generalizado del nivel de los alumnos! (3)

Lo que el cuerpo necesita

Y es que el aburrimiento también es un gran maestro. Exigente, es cierto, ¡pero qué buen profesor! Nos enseña un arte muy particular y olvidado en nuestra sociedad moderna: el de la paciencia.

Y en cuestión de salud, no se trata de una palabra vana. ¿Un tiempo largo no es lo que reclama un cuerpo enfermo para curarse?

En un texto reciente, el periodista Yves Rasir evocaba la noción tan cercana de “temporización”, desarrollada por el matemático Nassim Nicolás Taleb:

Para él, la capacidad del cuerpo humano de curarse es una realidad demostrada por el largo tiempo de la evolución.

Las virtudes del ayuno y la utilidad de la fiebre son también evidencias que la ciencia redescubre, pero que milenios de conocimiento empírico ya han demostrado ampliamente.

Salvo peligro vital inminente, aboga directamente por huir de los médicos y abstenerse de toda medicación ¡para mantenerse sano!

En su opinión, ningún tratamiento se igualará nunca a la paciencia en un paciente suficientemente sano”. (4)

Por eso no hay que huir del aburrimiento a toda costa.

Al contrario, démosle la bienvenida cuando se presente en nuestra puerta.

¿Que se queda a cenar? ¡Muy bien! Que pase la noche en casa y que por la mañana le abramos la puerta con una sonrisa en los labios, deseándole un buen viaje.

Me parece que es exactamente el mismo consejo que nos da el Dr. Patrick Lemoine, psiquiatra, director de enseñanza clínica en la Universidad Claude Bernard de Lyon:

Creo profundamente que es en gran parte durante esos períodos en los que me aburría que me construí gracias a mis ensoñaciones. Es durante la inacción que pensamos, elaboramos, creamos, y es durante la acción que aplicamos lo que habíamos imaginado al no hacer nada”. (5)

En estos días de empresarios en serie, de hombres y mujeres que están siempre en movimiento y saltan de un proyecto a otro sin jamás sentir la tierra bajo sus pies, el Dr. Lemoine sugiere una buena cura de aburrimiento o de contemplación.

¡Así que dicho está! Seamos, aunque sólo sea de vez en cuando, las vacas que miran pasar los trenes.