Los medicamentos son moléculas extrañas que entran en su cuerpo y modifican ciertas funciones con el objetivo de “curarle”.

Pero… ¿qué efecto tienen sobre su forma de ser, sobre su personalidad?

Es decir: ¿cómo influyen en el funcionamiento sutil del cerebro, ese órgano que aún a día de hoy continúa siendo un misterio?

Investigadores de renombre se han planteado encontrar respuestas a estas preguntas y no ocultan su preocupación al respecto:

No soy exactamente un novato en la investigación médica y, para ser honestos, este campo de la investigación es realmente el más inquietante que jamás he dirigido”, afirma Dominik Mischkowski, científico de la Universidad de Ohio (Estados Unidos).

Conocemos muy bien los efectos de los medicamentos sobre la fisiología (es decir, si producen o no efectos secundarios en el cuerpo). Sin embargo, no sabemos nada acerca de cómo influyen en el comportamiento humano”.

Y eso que están demostrados la apatía y el resto de síntomas depresivos que causan ciertos fármacos como los hipnóticos, los corticoesteroides y los inhibidores de la bomba de protones (IBP). Ahora bien, sin restarle gravedad a estos casos, hay historias muchísimo más espeluznantes. Está a punto de conocer algunas de ellas.

Intentos de asesinato… ¡por culpa de las estatinas!

A comienzos de año la televisión inglesa informó del caso de un hombre que, después de haber tomado estatinas (los fármacos más usados contra el colesterol), se volvió extremadamente agresivo, hasta el punto de que su mujer comenzó a temer por su seguridad.

Pues bien, no se trata de un caso aislado.

La investigadora de la Universidad de California (Estados Unidos) Béatrice Golomb reunió una serie de dramáticos testimonios de matrimonios destrozados, carreras arruinadas y un importante número de personas que habían intentado asesinar a su cónyuge después de tomar estatinas.

El problema, de acuerdo con sus propias palabras, es que ese tipo de casos no suelen relacionarse entre sí. Los médicos simplemente no están al tanto de que ese vínculo pueda existir (y a algunos de ellos seguro que les costaría reconocerlo en caso de saberlo).

En cambio, esta investigadora ha señalado casos famosos en el mundo entero y también la relación existente entre la toma de estos fármacos y numerosos casos de suicidio.

Y por otro lado pruebas realizadas en primates también han demostrado que una baja tasa de colesterol los vuelve más agresivos.

Eso se debe a que, al disminuir la tasa de colesterol, también varían los niveles de serotonina, neurotransmisor encargado de la regulación del humor y de los comportamientos sociales.

Por supuesto, en los humanos sucede lo mismo: perturbar el nivel de serotonina aumenta el riesgo de comportamientos violentos y de impulsividad… e incluso de suicidio y de asesinato. (1)

De hecho, un estudio publicado en Plos One demostró que la agresividad aumenta en las mujeres menopáusicas, las cuales ven caer drásticamente sus niveles de serotonina debido a la falta de estrógenos. (2)

Cambio de personalidad por un medicamento contra el párkinson

En la vecina Francia hubo en 2011 un caso que provocó mucho revuelo: el de un padre de familia que terminó enfrentándose con la farmacéutica GlaxoSmithKline después de que la toma de un fármaco contra el párkinson, el Requip, hubiera dado un vuelco de 180 º a su vida.

Y es que este hombre tranquilo y sin antecedentes comenzó de repente a frecuentar turbios lugares, a jugarse unas enormes sumas de dinero y a participar en orgías.

Efectivamente, también existen advertencias muy serias al respecto de la L-dopa (o levodopa), otro de los fármacos de referencia contra el párkinson, dado que aumenta la impulsividad y disminuye la capacidad de contenerse. (3)

La explicación está en que este medicamento actúa como precursor metabólico de la dopamina, que es el neurotransmisor asociado al placer y a la recompensa (de ahí que la lista de efectos indeseables de este fármaco incluya riesgo de adicción al sexo y al juego).

El paracetamol puede volverle antisocial

Hay ejemplos de lo más variados de efectos de medicamentos sobre el comportamiento.

Además de los ya vistos, en 2015 fue un fármaco antiobesidad llamado Duromine el que terminó en el punto de mira después de que un hombre que lo tomaba comenzase a acosar a mujeres por internet. (4)

Pero también se han dado casos bastante significativos con medicamentos de uso mucho más cotidiano, como por ejemplo el paracetamol.

Este medicamento actúa reduciendo la actividad de ciertas zonas del cerebro, como por ejemplo el córtex insular, el cual juega un importante papel en las emociones.

Es decir, que como esta zona es la que genera el sufrimiento vinculado a las relaciones humanas, cuando el paracetamol reduce su actividad disminuye también nuestra respuesta de desagrado y tristeza frente al rechazo.

Alguno podría ver en esto algo positivo, pero lo cierto es que no es nada bueno que nuestro nivel de empatía disminuya. Y es que por efecto de este fármaco uno se entristece menos por sí mismo, pero también por los demás, corriendo el riesgo de convertirse en una persona más dura e insensible.

Y no hay que equivocarse: la empatía no solo determina que una persona sea amable o capaz de llorar cuando ve cierta escena en una película, sino que es una emoción que permite establecer vínculos profundos con los demás, armonizar la vida en pareja y educar con éxito a los niños, por ejemplo, al igual que permite realizarse y conseguir objetivos profesionales. (5)(6)(7)

No tenemos ni idea de los riesgos que implican

El 90% de los medicamentos en todo el mundo han sido descubiertos y desarrollados hace menos de 70 años.

En la escala de la Historia de la Humanidad, es algo absolutamente ínfimo. Es decir, que el conocimiento farmacoquímico apenas está dando sus primeros pasos.

Por ello, podría suceder que, en los años y décadas venideros, tengamos que ver y vivir cambios sociales de gran envergadura debido a los efectos de los medicamentos en nuestro comportamiento.

Todo el mundo piensa que es “libre”. Y no solo eso: cada uno se cree responsable de las emociones que siente y de su control.

No obstante, tal y como acaba de comprobar, tenemos muchas más ataduras de las que parece. ¡E imagine las que todavía están por descubrir!

Por eso es importante tomar conciencia de lo que ya decía Sigmund Freud hace un siglo: “El ‘yo’ no es amo en su propia casa”.

La toma de ciertos medicamentos lo que hace es agudizar el descontrol sobre comportamientos y emociones ya de por sí difíciles de mantener a raya. Sin duda, para mí motivo más que suficiente (¡uno más!) para pensárselo un par de veces antes de recurrir a un fármaco de síntesis. ¡Sobre todo, existiendo como existen tantas opciones en la medicina complementaria, tradicional y natural!

No creo que a estas alturas le sorprenda esta conclusión por mi parte…

¡A su salud!

 

Fuentes:

  1. Lande, R. G. (2003). “Whole Blood Serotonin Levels among Pretrial Murder Defendants”. The Journal of Psychiatry & Law, 31(3), 287–303.
  2. Golomb BA, Dimsdale JE, Koslik HJ, Evans MA, Lu X, Rossi S, et al. (2015). “Statin Effects on Aggression: Results from the UCSD Statin Study, a Randomized Control Trial”. PLoS ONE 10(7): e0124451.
  3. Gregory Pontone, James R. Williams, Susan Spear Bassett, Laur Marsh. “Clinical features associated with impulse control disorders in Parkinson disease”. Neurology Oct 2006, 67 (7) 1258-1261.
  4. Mark Russell. “Court told anti-obesity drug played part in man’s offences against young girls”. The Age. July, 2015.
  5. Edgar C. J. Long, et al. “Understanding the One You Love: A Longitudinal Assessment of an Empathy Training Program for Couples in Romantic Relationships”. Family Relations, vol. 48, no. 3, 1999, pp. 235–242. JSTOR, jstor.org/stable/585632. Accessed 22 Jan. 2020.
  6. Farrant, B.M., Devine, T.A.J., Maybery, M.T. and Fletcher, J. (2012), “Empathy, Perspective Taking and Prosocial Behaviour: The Importance of Parenting Practices”. Inf. Child. Dev., 21: 175-188.
  7. Poon, J. (2004), “Career commitment and career success: moderating role of emotion perception”. Career Development International, Vol. 9 No. 4, pp. 374-390.