Los siete samuráis es un clásico del cine japonés dirigido por Akira Kurosawa y estrenado en 1954.

La historia tiene lugar en el Japón medieval, a fines del siglo XVI. Una aldea campesina recluta a siete samuráis para luchar contra los bandidos que están devastando el país.

La escena más famosa de la película muestra al Maestro sentado al pie de un árbol, contemplando un campo de flores frente a él, bajo los rayos del sol primaveral. Parece estar dormido.

Imagen de samurai

Está rodeado de bandidos que se acercan discretamente, mientras un joven campesino, escondido en la hierba, observa la escena aterrorizado, convencido de que el Maestro está a punto de caer en la emboscada.

Sin embargo, el samurái permanece impasible. Ni siquiera reacciona cuando uno de los bandidos, oculto en un árbol justo encima de él, le tira una piedra.

Solo en el último momento, con los ladrones encima y rápido como una serpiente, saca su sable y mata a los cuatro bandoleros.

A tres de ellos, con un solo movimiento, nada más desenvainar el arma. Después, en solo unas zancadas, asesta un golpe fatal al cuarto bandido. Sin malgastar un ápice de energía.

La clave: la concentración

Los bandidos, aunque se muestran muy activos y deseosos de capturar al Maestro, están mal preparados.

Se ven sorprendidos porque en realidad no están enfocados en su objetivo; están más ocupados tramando, escondiéndose y dándose instrucciones unos a otros, que pendientes del propio samurái.

En dos palabras: están dispersos.

Apoyado tranquilamente contra un árbol, en cambio, el Maestro espera el momento adecuado para actuar, sin perderse un instante de la deliciosa tarde soleada.

Ese árbol, de hecho, recuerda a aquel que Buda cultivó en una noche de meditación, cuando alcanzó la iluminación por primera vez. Hunde sus raíces en la oscuridad de la tierra, que simboliza nuestro subconsciente, y extrae de él la energía que le hace subir al cielo, lo que representa la elevación espiritual.

Concentrar las fuerzas para obtener el mejor resultado

En el día a día la mayoría de las personas sufre constantemente el mismo problema que los bandidos de esta historia. Están ansiosas y, aunque reflexionen y actúen, muchas veces cometen errores y se llevan decepciones debido a su dispersión.

Con frecuencia la frustración llega a pesar de que ni siquiera sabían exactamente qué pretendían con una acción concreta.

De hecho, el principal obstáculo para la felicidad es no tener una definición precisa de lo que debería ser esa “felicidad” que se busca tan activamente.

Al igual que le sucedería a un arquero que no hubiese definido bien su objetivo, estas personas pasan la mayor parte del tiempo disparando flechas en todas las direcciones. Estas, por supuesto, nunca alcanzan el punto correcto.

Y lo peor es que la vida va pasando a pesar de que se tenga el foco puesto en ese objetivo equivocado. Puede ser complacer a los demás, impresionarlos, luchar contra un sentimiento de inutilidad, de exclusión o de insuficiencia… Cualquier cosa en lugar de buscar un auténtico fin, un objetivo más elevado, que es el que de verdad proporciona felicidad duradera.

Una vez oí la siguiente frase: “Los hombres modernos gastamos nuestro tiempo comprando cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a personas a las que no necesitamos gustar”.

¡Es totalmente cierto!

Y lo peor es que en esos casos, incluso cuando se alcanza el objetivo de gustar, de complacer, uno se siente decepcionado y frustrado al instante. Es lo mismo que le sucede a un niño convencido de que será feliz cuando tenga un globo, un juguete, un automóvil… pero que una vez ve satisfecho su deseo vuelve su atención sobre una nueva cosa.

La enfermedad de la insatisfacción

El problema es que ese círculo supone un desperdicio permanente de energía que, a la larga, termina enfermando a la propia persona y al entorno que la rodea.

Esta enfermedad se manifiesta en angustia y estrés permanente, y en una ansiedad difusa que empaña todos y cada uno de los momentos que se viven; incluso cuando se podría estar completamente sereno y satisfecho, sintiéndose en plenitud.

El mayor error en este sentido es esa creencia típica del mundo actual de que debemos ser “útiles” todo el tiempo. Pasamos de una actividad a otra como pelotas de pimpón, rebotando sin parar. La simple idea de detenerse, de frenar, a algunas personas les parece insoportable.

Sin embargo, esa es la única salida posible a la ansiedad: pararse a pensar en qué es lo que queremos, lo que queremos de verdad. Y desde ahí solo debe reanudarse el viaje una vez que se haya definido con total precisión el objetivo.

Las 10 preguntas que todo el mundo debería hacerse

A continuación tiene unas cuantas cuestiones que deben ser planteadas en primera persona (y por tanto de forma íntima) y que probablemente le ayuden a conocerse un poco mejor:

  1. Dentro de cinco años, ¿cuál es la situación en la que bajo ningún concepto quiero encontrarme?
  2. ¿De qué no quiero arrepentirme?
  3. ¿Hay algo o alguien a quien me encuentre aferrado y que me haga daño? ¿Puedo liberarme de esa atadura?
  4. ¿Cuál es la enfermedad que más me asusta y cuáles son las formas de evitarla o de reducir el riesgo de sufrirla?
  5. ¿Con quién quiero estar viviendo dentro de 5 años?
  6. ¿Me estoy ocupando de la relación que tengo o la estoy dañando?
  7. ¿Cuáles son los talentos, las habilidades y las competencias que pueden hacerme realmente feliz siendo como soy? ¿Qué hago para mantenerlos o para adquirirlos?
  8. ¿De qué me siento orgulloso y qué puedo hacer para fortalecer este sentimiento?
  9. ¿Quiénes son las personas a las que de verdad amo y qué hago realmente por ellas? ¿Qué necesitan?
  10. ¿Qué es lo que me avergüenza y cómo puedo dejar atrás todo lo que desencadena ese sentimiento tan desagradable dentro de mí?

Lo sé. Se trata de preguntas increíblemente complejas y que merecen ser consideradas detenidamente, discutidas con uno mismo… Incluso tomando referencias de héroes y antihéroes del cine o la literatura o de su alrededor, aprovechando la experiencia de quienes le rodean.

Ahora bien, cuanto más progrese en este análisis, más se concentrarán su pensamiento y su energía. Es decir, que cuanto mejor defina su objetivo, más fácil le resultará apuntar, afinar el tiro, y mayores serán sus probabilidades de alcanzarlo.

Incluso si por el camino se equivoca, aprenderá a ver que cada error es una oportunidad para progresar, para perfilar todavía más la meta.

La mente se vuelve más ligera y las emociones negativas se disipan. Y un día se verá como el Maestro de la historia con la que comencé este texto: pudiendo disfrutar de la belleza del mundo en paz mientras enfrenta, al mismo tiempo, los peligros que le amenazan (pero solo en el momento preciso, sin consumir más energía de la debida).

La serenidad y la concentración son la clave que le permitirán atacar rápidamente y con fuerza cualquier contratiempo, deshaciéndose de cualquier problema de un solo golpe y sin dudarlo.

Si no vio la película Los siete samuráis y quiere conocer la escena de la que le hablaba al principio, puede verla a continuación: