No hay fiestas navideñas que no culminen con algún que otro paquetito bajo el árbol.

Y es que parte de la magia de estas fechas tan familiares está en esos coloridos envoltorios que intercambiamos con el corazón palpitante (¡incluso este año, en el que muchos han tenido que ser enviados por correo previamente!).

Curiosamente en ese momento tememos tanto a decepcionar con los regalos que damos, como a sentirnos decepcionados nosotros mismos por la sorpresa que nos espera al recibir los nuestros.

Pero, en el fondo, la ilusión es siempre la que gana.

En realidad, no importa lo que se esconde bajo el papel. La auténtica emoción está en otra parte…

¡Pobres los tacaños!

Personalmente, la avaricia siempre me ha puesto los pelos de punta.

Es un claro indicador de una persona encerrada en sí misma e incapaz de tomar en consideración un valor esencial: el bienestar.

La generosidad, la bondad… son cualidades valiosísimas y que tienen ese mismo punto en común. Porque ser generoso implica hacer el bien para los demás, pero también para uno mismo.

Es decir, que el avaro se niega sobre todo ¡a cuidarse a sí mismo!

Recuerdo haber leído una interesante reflexión de Abraham Maslow hace un tiempo. (1)

Este psicólogo estadounidense, considerado el padre del enfoque humanista (desarrolló la famosa “Pirámide de las necesidades”), reflejó en sus obras la “sana generosidad del ser humano” frente al egoísmo.

Estableció una conexión entre el comportamiento generoso y la salud psicológica enfatizando que el comportamiento generoso surge de la abundancia, pero también de la riqueza interior.

En otras palabras: el comportamiento egoísta no es más que un sinónimo de pobreza interior.

El placer de ofrecer…

Los psicólogos y científicos lo saben.

Dos componentes esenciales de la felicidad son la satisfacción personal (la profesional, la que proporcionan las amistades y la pareja, la realización artística o creativa…) y la gratitud.

Pues bien, ser generoso es marcar ambas casillas al mismo tiempo.

Dar un regalo (sin importar el valor económico que este tenga), compartir tiempo o prestar ayuda es, sin duda, garantizarse una emoción positiva, una satisfacción personal.

Y con ello al mismo tiempo estaremos recibiendo gratitud.

Esto aporta una sensación de orgullo, de autorrealización, que no es sino la compensación de haber hecho el bien. Algunos ni siquiera necesitan la gratitud del prójimo para percibir la alegría que ofrece el acto de dar.

Por último, la generosidad permite vivir mejor en sociedad y nos hace ganar autoestima, sintiéndonos más útiles. En definitiva, sin duda marca el camino que conduce a la felicidad.

… ¡y la alegría de recibir!

Muchos investigadores de la mente humana consideran que la generosidad y la gratitud son indicadores esenciales de una buena salud psicológica. (2)

Y lo cierto es que ensayos en psicología positiva han demostrado la eficacia de desarrollar la gratitud a la hora de promover la salud en general (según la define la Organización Mundial de la Salud -OMS-: “bienestar físico, mental y social”). (3)

Vivir en armonía con el prójimo, desarrollando valores como el compromiso y el altruismo, contribuye a una vida plena.

Y, por el contrario, vivir al margen de esta realidad es un indicador de un mal equilibrio psicológico y, en ocasiones, incluso de trastornos mentales.

La investigación experimental sobre las emociones positivas nos enseña, además, que estas tienen un impacto positivo enorme en el sistema de regulación fisiológica.

Y es que las emociones actúan sobre el sistema endocrino, inmunológico (en particular a través de un aumento del nivel de inmunoglobulina A) y cardiovascular.

Es decir, que las emociones positivas que sentimos durante un acto de generosidad podrían ser beneficiosas para tratar la hipertensión y hasta para reducir las probabilidades de muerte súbita en pacientes con afecciones cardíacas. (4)

Y del mismo modo ayudarían a aliviar trastornos comunes como dolores de cabeza, de estómago o los problemas relacionados con el sueño.

Lo positivo atrae lo positivo

Se ha demostrado que practicar la gratitud y realizar actos generosos y altruistas con regularidad provoca, además, una especie de “efecto yoyó”.

Por ejemplo, después de realizar un ejercicio diario de agradecimiento durante 2 semanas (agradeciendo a las personas de su entorno por la generosidad de sus gestos, o a la propia vida como regalo), los participantes de un estudio experimentaron emociones más positivas.

Pero es que, además, la gratitud también fomenta la mentalidad positiva.

Así, las personas con un alto nivel de reconocimiento y gratitud recuerdan más los hechos positivos que viven.

Es cierto que a veces tendemos a descuidar u olvidar los pequeños placeres de la vida. Los damos por sentado o directamente sentimos que no tenemos tiempo para pensar en ellos.

Pero es una verdadera lástima, ya que saber detenerse en ellos y apreciarlos, aunque solo sea por un momento, permite comprender mejor su valor y, por tanto, extraer todos sus beneficios.

Al hacerlo nuestra mente pasa a centrarse indefectiblemente en los eventos positivos, en detrimento de las pequeñas preocupaciones (que pasan a ser más fáciles de superar).

Y no solo eso: las personas generosas y agradecidas se benefician también de una menor tendencia a la comparativa social y son por lo general menos materialistas, lo que indudablemente les ahorra muchas frustraciones y tensiones.

¡Todo son ventajas!

Alegría contagiosa

Otro efecto de la generosidad y la gratitud es que hacen más felices a las personas que nos rodean.

Varios estudios han destacado el efecto de “contagio emocional” que ofrecen las relaciones sociales. (5)

Pues bien, no es difícil de entrever que nuestra propia alegría influye en el grado de felicidad de nuestros amigos, nuestra familia e incluso nuestros vecinos.

De hecho, estar rodeado de personas alegres aumenta las probabilidades de ser feliz en casi ¡un 60%!

Y además se ha demostrado que la expresión de gratitud juega un papel particularmente importante en el desarrollo, el mantenimiento y la mejoría de las relaciones sociales.

En un experimento realizado hace unos años se pidió a 77 parejas que expresaran su gratitud entre sí. En comparación con el grupo de control -al que no se le hizo tal petición-, los participantes reportaron una mejor calidad de su relación 6 meses después de aquella experiencia.

Sin duda la clave de todo esto reside en verse reconocido, comprendido, animado y apreciado.

Es por todo esto que en esta Noche de Reyes lo que yo deseo para usted y los suyos es la inmensa felicidad de dar y recibir.

Y es que, como ya ha visto, la receta de la felicidad está también al pie del árbol. Pero, ojo: no se mide en una cantidad impresa en un ticket, sino en el cariño con el que un regalo se entrega y se recibe.

Con mis mejores deseos para usted y su familia en esta noche tan especial.