La Medicina ha cambiado mucho. A menudo se ha equivocado y, durante demasiado tiempo, además, los médicos han sido considerados unos charlatanes.

De hecho, así los retrataron grandes clásicos como Luis Quiñones de Benavente, Francisco de Quevedo o Jean Baptiste Molière en algunas de sus sátiras.

Durante muchos siglos la magia, la religión, los remedios y las supersticiones estaban entremezcladas. De ahí la tendencia auspiciada desde el siglo XIX a rechazar con cierto desprecio todo lo que ese pasado nos ha dejado.

Pero lo cierto es que, pese a lo que pueda parecer, nuestros antepasados no estaban locos.

No tenían, eso sí, las claves y avances científicos de los que disponemos hoy día, como por ejemplo algo tan básico en la actualidad como el microscopio. Y eso hacía que en ocasiones se pasase demasiado rápido de la alquimia a la magia…

Sin embargo, en muchos aspectos tenían toda la razón.

De hecho, había algo que determinaba por encima de todo su trabajo: no tenían oportunidad de equivocarse, no había “plan B”. Un error podía conducir inevitablemente a un desenlace fatal.

Por eso eran certeros, meticulosos y aprovechaban al máximo los recursos útiles de los que disponían.

Por ejemplo, en tiempos de Carlomagno, en pleno siglo IX, había un listado con hasta un centenar de plantas que debían cultivarse en todos sus dominios. El objetivo era que todo el territorio dispusiese de alimento y curas para el ejército del emperador allí donde se encontrase. Y muchas de aquellas plantas aún en la actualidad son reconocidas por sus propiedades terapéuticas.

Voy a darle tres buenos ejemplos de remedios vegetales cuyo uso ha perdurado desde la Edad Media hasta nuestros días. Pero, créame… ¡son muchos más!

La menta (en todas sus variantes)

Según Santa Hildegarda de Bingen, abadesa del siglo XII, doctora de la Iglesia y gran erudita de su tiempo en el campo de la fitoterapia, “quien haya comido o bebido demasiado, o tenga una digestión pesada y lenta, consumirá abundantemente menta, ya sea cruda o cocida”. (1)

¿Qué piensan los herboristas actuales de esto? ¡Pues efectivamente que la Mentha (en todas sus variantes) está a la orden del día! Eso sí, teniendo en cuenta diversas consideraciones relacionadas con los tipos y formas de presentación posibles:

  • La menta por lo general es rica en mentol, por lo que facilita la digestión y alivia las gastritis y las enterocolitis, entre otros trastornos digestivos. Pero su aceite esencial (AE) tendría también propiedades analgésicas y, por tanto, sería útil para calmar otro tipo de problemas, como por ejemplo la artritis. (2)
  • La menta negra, mitcham o inglesa, con hojas moradas, es especialmente sabrosa, por lo que se utiliza para elaborar licores y jarabes.
  • La marroquí, por su parte, es muy dulce, y por ello resulta ideal para preparar infusiones y tés de menta.
  • Por último, el poleo (Mentha pulegium), otra de las variedades más famosas y consumidas, posee hojas pequeñas y peludas y resulta algo más irritante para el estómago que la menta piperita (dadas sus concentraciones en pulegona e isopulegona).

Esto es solo una pequeña muestra de cuánto se ha podido “complicar” el uso de una sola planta gracias al mayor conocimiento respecto a tiempos pretéritos.

Ahora bien, la base sigue siendo muy simple: la menta, en cualquiera de sus variantes, es un remedio eficaz contra las digestiones difíciles.

Y otra cosa que tampoco ha cambiado: se trata de una planta muy fácil de cultivar, que agradece los suelos ricos, pero que tiende a invadir cualquier espacio (razón por la que los jardineros suelen plantarla en una zona apartada).

Pues bien, esta característica también tiene mucho que decir en el caso de la elaboración de remedios herbales, tal y como ya sabían los antiguos: al incluir menta en una composición de varias plantas hay que medir muy bien las cantidades, si no se corre el riesgo de que fagocite las propiedades del resto de ingredientes.

La gran malva

En el pasado se consideraba que la Malva sylvestris poseía numerosos poderes. De hecho, en tiempos medievales se llegó a creer que bebiendo su zumo a diario podían evitarse todo tipo de enfermedades.

Hoy sabemos que esto no es exactamente así, pero ¿cómo culparlos?

La información que a su vez había llegado hasta ellos de sus antepasados era clara: el célebre filósofo y matemático griego Pitágoras, por ejemplo, creía firmemente que esta planta calmaba todas las pasiones y, de hecho, la recomendaba a sus discípulos como “planta sagrada” (curiosamente, en forma de baño). (3)

El también griego Hipócrates, uno de los considerados “padres” de la Medicina occidental, la aconsejaba en caso de digestiones difíciles.

Y ya en la baja Edad Media la influyente Hildegarda de Bingen la recomendaba en uso externo (en forma de cataplasma) junto a la salvia (Salvia officinalis) y al aceite de oliva para paliar los dolores de cabeza y las conocidas como “fiebres de la melancolía”. Junto al plátano, además, podía actuar eficazmente en caso de fractura. (4)

¿Qué sucede en el presente?

Por supuesto, la malva todavía se considera una planta medicinal que merece un lugar principal en la farmacopea.

De hecho, en forma de infusión se recomienda contra la tos, las bronquitis, las faringitis y las enfermedades orales (de cualquier tipo). Pero no solo eso: muchos herboristas también la aconsejan para calmar las irritaciones intestinales y como laxante suave.

Y, dando toda la razón a la famosísima abadesa, a día de hoy se ha comprobado que aplicada en forma de emplasto sobre la piel alivia el prurito (picor), las irritaciones e incluso las picaduras.

La verbena silvestre

Actualmente se la conoce como Verbena officinalis en botánica y como verbena común o hierba sagrada en los círculos no académicos. Pero en su momento en diversas partes de Europa se la denominó “planta de Venus”, “hierba de todos los males”, “hierba de los encantamientos” e incluso “hierba de bruja”.

Estos nombres dejan dos cosas muy claras: por un lado, las enormes expectativas que levantaba esta especie y, por el otro, que la rodeaba un impresionante halo de misterio.

Sin embargo, no era una planta rara o poco común: se cultivaba en la inmensa mayoría de los jardines medicinales de la Edad Media y su amplísimo uso se mantuvo hasta al menos el siglo XVIII. Entonces todavía se prescribía frente a numerosas dolencias, entre ellas las migrañas y la pleuresía o pleuritis (inflamación -infecciosa o no- del tejido que recubre los pulmones, provocando dolor en el pecho). (5)

Por desgracia, esta hierba sí ha sido algo olvidada en los últimos tiempos. De hecho, ahora con frecuencia se la considera una planta silvestre frágil e inútil.

¡Pero por suerte la labor de muchos etnobotánicos y divulgadores especializados en fitoterapia la están devolviendo al lugar que le corresponde! A ella y también a algunas de sus variantes, en su día menos famosas o directamente desconocidas.

Es el caso, por ejemplo, de la verbena de limón o hierbaluisa (Lippia triphylla), originaria del suroeste de Sudamérica y que llegó a Europa en el siglo XVIII.

Sea como fuere, la verbena silvestre que usaban nuestros antepasados, sin ser aquella panacea que habían descrito, sí se ha demostrado un remedio útil para numerosas dolencias. Así, alivia gastritis, úlceras, espasmos y digestiones difíciles. Y también resulta muy útil para calmar las bronquitis y la tos.

Por último, se usa además contra el dolor reumático, la gota y la artritis, gracias a sus propiedades antiinflamatorias. Y puede consumirse bien en decocción, bien en tintura, en polvo o en cápsulas.

No lo dude: cualquier buen herborista podrá aconsejarle sobre cuál es la mejor forma de beneficiarse a día de hoy de estas antiquísimas plantas, sufra las afecciones que sufra. ¡Están ahí para ayudarle!

Yo, por mi parte, de dejo un enlace a otro texto sobre una “poción” medieval ¡más eficaz que los antibióticos! Aquí puede descubrirla.

¡A su salud!