Hace unas semanas leí una carta de un lector que me dejó impactado. En sus palabras se apreciaba cierta desesperación; valoraba mucho nuestro trabajo y nos lo agradecía sinceramente, pero la incertidumbre se había apoderado de él y desde hacía semanas vivía obsesionado con su salud. En su correo nos pedía que por favor diésemos de baja su suscripción, ya que necesitaba tomarse un tiempo de “higiene mental”.

Esa carta me hizo reflexionar durante varios días, pues siempre me ha interesado comprender la forma en que las personas entienden y se relacionan con la salud y la enfermedad.
Ya en la Antigua Grecia el médico Hipócrates decía que el hombre sabio debe darse cuenta de que la salud es su bien más preciado.

Y los más sabios entre los sabios de otras culturas, como por ejemplo Buddha o Mahatma Gandhi, también parecían tenerlo claro. El primero dijo que “sin salud la vida no es vida; es sólo un estado de languidez y sufrimiento, una imagen de la muerte”. El segundo, que “la salud es la riqueza real, y no piezas de oro y plata”.

Y también en el refranero popular encontramos referencias a esta verdad que parece incontestable. “Más vale salud que dinero” y “La salud no tiene precio, y el que la arriesga es un necio” son sólo dos ejemplos de dichos tradicionales que demuestran la importancia que desde siempre se ha dado a la buena salud.

Una y otra vez la misma idea fue repetida por pensadores, sabios, científicos, humanistas, escritores… Y, sin embargo, al menos bajo mi punto de vista, todos esos grandes escritores y pensadores estaban equivocados.

Ciertamente hay enfermedades y estadios de algunas de ellas que hacen de la vida una carga insoportable, hasta el punto de que a su lado la muerte parece una buena alternativa.

Pero la enfermedad por sí sola no hace de la vida algo intolerable o falto de interés.

Por ejemplo, nadie considera al físico Stephen Hawking como un hombre con buena salud, pero supongo que nadie cree que su vida no vale la pena.

Mozart sufría frecuentes infecciones en las vías respiratorias, dolor de cabeza y problemas dentales, y probablemente murió por tuberculosis. Beethoven estaba sordo y depresivo, y Schubert vivió torturado por la sífilis. Édith Piaf padecía poliartritis reumatoide y Kennedy sufrió la terrible enfermedad de Addison (una producción insuficiente de cortisol y aldosterona, dos hormonas indispensables para el cuerpo humano).

Marie Curie, por su parte, padecía anemia aplásica, una deficiencia de las células madre que provoca fatiga, dificultades para respirar y palidez. Y Napoleón Bonaparte, cuya imagen con la mano dentro del chaleco es mítica, padecía un terrible cáncer de estómago metastatizado. Molière sufría epilepsia, al igual que Julio César, y Baudelaire tenía sífilis, Chopin tuberculosis y Renoir artritis y reumatismo deformante. Y se podrían citar más, muchos más ejemplos; ¡la lista es interminable!

Ya ve: a estos personajes históricos su mala salud no les impidió expresarse, crear e incluso hacer las más maravillosas contribuciones al mundo.

¿De verdad prefiere morir?

No es raro imaginar que las personas tetrapléjicas, aquellas que han perdido la movilidad en todos sus miembros, deben preferir morir en vez de seguir viviendo en ese estado.

Pues bien, no es eso lo que observan los médicos que los tratan. Después de varias semanas o meses de lógica desesperación, la mayoría de ellos superan el bache y remontan… y algunos incluso llegan a sentirse más dichosos que antes.

Eso no significa que todos los tetrapléjicos sean felices. Pero demuestra que entre ellos no hay más depresivos ni suicidas. ¡No hay ni más ni menos que entre el resto de la población!

La humanidad está adaptada a la adversidad

Lo cierto es que somos pésimos anticipando cuáles serán nuestras reacciones ante la adversidad.

Con mucha frecuencia se escucha: “prefiero morir a…” (tener que afrontar un determinado problema).

Sin embargo, el día que finalmente esa “prueba” llega, por lo general la gente se sorprende al comprobar que:

  • Definitivamente no preferiría morir.
  • Guarda en su interior una capacidad de resistencia insospechada.

Esto es lo que ocurre ante la adversidad en general, pero con frecuencia también ante las enfermedades más graves.

Seamos conscientes de ello o no, estamos “adaptados” a vivir enfrentándonos a grandes problemas, incluso a las peores enfermedades.

La historia de la humanidad así lo ha querido. Es la herencia escrita en nuestros genes y en nuestro sistema nervioso.

Ustedes, yo… todos somos, por definición, descendientes de los más resistentes y combativos de entre nuestros ancestros. Nuestros antepasados son los seres humanos más fuertes; los únicos que lograron, generación tras generación, sobrevivir hasta la edad adulta y reproducirse.

Somos el producto de una selección draconiana que favoreció a los más valientes, a los más resistentes y también -y es importante reconocerlo, aunque dé un poco de miedo- a los más feroces.

Durante la mayor parte de la historia prácticamente todos los hombres vivieron en un estado de salud deplorable, al menos en comparación con los criterios actuales.
Para sobrevivir era necesaria una fuerza y una voluntad de hierro. ¡Y ellos lo hicieron!

Adaptados a vivir con enfermedades

Por cierto, los cazadores-recolectores gozaban de mejor salud que los primeros agricultores, e incluso que los europeos del siglo XVIII.

Pero eso significaba que su esperanza de vida (exceptuando muertes violentas) era de 40 años. Nadie razonable podría esperar que viviesen 70, 80 ó incluso 100 años, lo cual hoy día sí es frecuente. Esto solo ocurría en casos verdaderamente excepcionales, rarísimos.

Por otro lado, estudios recientes han demostrado que prácticamente todos los monos antropoides (que se parecen a los hombres) como el chimpancé, el orangután o el gorila sufren problemas de salud aquí o allá. Es decir, por lo general están, en su medida, discapacitados y enfermos.

Pero eso no les impide vivir, incluso durante muchos años.

Reconozca que la vida es bella a pesar de las dificultades

Es muy significativo el hecho de que la humanidad jamás haya encontrado su destino tan terrible como para que las personas dejasen de querer vivir o de dar vida a sus hijos.

Al contrario, los períodos más duros son con frecuencia aquellos en los que más aumenta la fecundidad. Lo demuestra el “baby-boom” desencadenado con la Segunda Guerra Mundial, o el hecho de que los indígenas americanos continuaran teniendo hijos tras la llegada de los conquistadores europeos. Incluso los esclavos en las plantaciones tenían hijos (cuando se les autorizaba a ello, claro). Eso prueba que a pesar de todo sentían que la vida vale la pena ser vivida.

En cualquier parte del mundo y cualquier época -salvo quizás, precisamente, la nuestra- la humanidad ha sentido que la vida es algo que debe ser transmitido a nuevos seres humanos.

Y sin embargo en la mayoría de las épocas las condiciones de vida eran muy duras. En el siglo XVIII en muchos lugares de Europa la mitad de los pequeños morían antes de llegar a la edad de 5 años. Y todavía en 1980 en España la cifra de mujeres que morían a consecuencia del parto era de 90 cada 100.000, cuando hoy es de 6 frente a 100.000.

Pero tanto en el arte como en la literatura es difícil encontrar un elemento que demuestre que los coetáneos de esas épocas hallaban la vida insoportable.

Al contrario, la expresión del desasosiego existencial se extendió en el arte a medida que la salud de la población mejoraba. Antes de nuestra época los espectáculos sombríos, violentos, negros y desesperantes no eran ni mucho menos lo habitual. La visión de la vida expresada por poetas y compositores de otro tiempo parece mucho más liviana, feliz y positiva.

Y esto no es casualidad.

Ante el peligro, preservar la vida a toda costa

Cuando la vida pende de un hilo, nadie se pregunta si ésta vale la pena o no. En ese momento parece evidente que hay que preservarla cueste lo que cueste.

Cuando se convierte en algo sencillo y duradero es cuando la gente comienza a cuestionarse su valor, su sentido, su interés…

Ni a usted ni al lector al que aludía el comienzo del texto les diré que deben darse de baja en Tener S@lud y dejar de cuidarse. Al contrario, lo que convierte a nuestros textos en algo tan especial (¡porque cada vez hay más gente que nos copia por todas partes!) es que a menudo van más allá de la salud física, abordando otras cuestiones esenciales de la existencia.

No obstante, quiero insistir en la importancia de ser razonable respecto a la salud de uno mismo. De tomarnos los males, las dificultades y los dolores con un poco de distancia, intentando verlos con perspectiva. Y de no dejar que nuestra vida se vea invadida por ellos, hasta el punto de obsesionarnos, y que esto termine afectando a nuestras relaciones con los demás.

La salud es importante, pero también es importantísimo saber disfrutar y apreciar todas las cosas buenas de la vida.