Dicen los críticos de cine que acuden al festival de San Sebastián que la película que lo inauguró el pasado día 16 no es una gran película. Si es cierto lo que dicen, es probable que la cinta no pase a la historia del cine, pero le aseguro que lo que se cuenta en ella, absolutamente verídico, ha pasado a la Historia con mayúsculas.

¿Recuerda el medicamento Mediator (en España comercializado como Modulator) que se retiró de las farmacias tras causar oficialmente más de 500 muertes?

“La doctora de Brest”, de la directora Emmanuelle Bercot, cuenta la epopeya de Irène Frachon, médico especialista en neumología que, mientras ejercía en la pequeña localidad de Brest, en la Bretaña francesa, sospechó la conexión entre el benfluorex, principio activo del Mediator, y la muerte de varios pacientes, para terminar descubriendo que el medicamento provocaba malformaciones en las válvulas cardiacas y finalmente el fallecimiento.

El Mediator llevaba más de treinta años comercializándose y había sido prescrito sólo en Francia a unos cinco millones de pacientes, para hiperlipidemias (exceso de lípidos en sangre), diabetes tipo 2 y como adelgazante.

El Mediator era el producto estrella de los Laboratorios Servier, también franceses, y un auténtico símbolo en aquel país.

Su fundador, Jacques Servier, médico y farmacólogo, había fundado la empresa en el año 1954, con apenas unos pocos empleados, y la aupó hasta convertirla en una multinacional que hoy tiene más de 20.000 empleados en 146 países. Su éxito se convirtió en un paradigma empresarial, aclamado por empresarios y políticos del país vecino (¡incluso recibió en 2008 la Gran Cruz de la Legión de Honor, la más conocida e importante de las distinciones que concede el Gobierno francés!). Pero su éxito se vio ensombrecido en los últimos años de su vida cuando fue juzgado por ocultar premeditadamente los riesgos y graves efectos adversos del Mediator, al que durante el juicio se achacaron hasta 2.000 fallecimientos. Servier falleció poco después, en abril de 2014.

La persona que tiró de la madeja del escándalo, colocando contra las cuerdas no sólo a un ya anciano Jacques Servier, sino al organismo regulador de fármacos de Francia y, en realidad, a toda la industria farmacéutica, fue esa médico tenaz desde su consultorio de una pequeña población.

Los laboratorios incluso la denunciaron cuando publicó en una pequeña editorial bretona su libro “Mediator 150 mg. ¿Cuántos muertos?”, en el que se basa la película.
En un primer momento los jueces dieron la razón al laboratorio, pero finalmente venció David frente a Goliat.

En 2012 un tribunal francés condenó al Dr. Servier y al grupo farmacéutico por el homicidio involuntario de 500 pacientes. Y no sólo eso, la doctora de Brest, tras vencer la resistencia de las autoridades sanitarias, logró que el Mediator fuera retirado del mercado y destapó las malas prácticas del todopoderoso sector farmacéutico y sanitario, e incluso que se modificara el organismo regulador de medicamentos.

Quizá desde un punto de vista exclusivamente cinematográfico la película no sea una gran obra (habrá que esperar a verla para juzgarlo), pero considero que será útil y necesaria para remover conciencias y provocar reflexiones.

Todos los productos farmacológicos, absolutamente todos, tienen efectos secundarios. Algunos medicamentos son imprescindibles, y en otros las ventajas que aportan no justifican sus riesgos. Y lo terrible es que la avaricia lleve a algunos a obviar esa verdad tan meridiana.

Hay profesionales de empresas farmacéuticas ilusionados y esperanzados ante los beneficios que van a causar en muchos pacientes los medicamentos que en ese momento se investigan en sus laboratorios. Pero hay otros que solo están impacientes por ver los beneficios en sus cuentas de resultados, sea a costa de lo que sea.

“La doctora de Brest” se estrena en nuestro país el próximo mes de noviembre, pero si quiere puede ver un avance en este vídeo: