La dependencia de las drogas duras a menudo se presenta como una especie de enfermedad que azota a víctimas inocentes y vulnerables.

Víctimas de los camellos, los consumidores de drogas que deseen detener su consumo se verán obligados a enfrentarse a un sufrimiento intenso con el síndrome de abstinencia.

Así, desde el punto de vista médico, se trataría de una enfermedad.

Sin embargo, yo pienso que es un mito que hace mucho daño a los consumidores de drogas, pues proporciona a estas personas una especie de excusa, una “buena razón” para permanecer en ese estado y, lo que es aún peor, se oculta la verdad sobre la adicción a las drogas, lo que impide adoptar medidas dirigidas específicamente a prevenir su uso y ayudar a las personas dependientes a detener su consumo.

Los peligros del delirium tremens

Comenzaremos por destruir el mito según el cual la abstinencia sería una fase temible y terriblemente dolorosa, lo que explicaría por qué los adictos a las drogas no podrían salir de su estado sin ayuda médica.

Las espantosas escenas descritas en los libros y en el cine sobre personas privadas de las drogas son invenciones. De hecho, están inspiradas en la abstinencia en caso de alcoholismo.

En las personas con dependencia del alcohol, su privación produce un síndrome de abstinencia alcohólica, cuya última fase (a la que sólo llegan entre el 5 y el 10% de los cuadros de abstinencia) es el delirium tremens. Produce alucinaciones, intensa angustia, desorientación y gran agitación psicomotriz. Es un cuadro grave, que puede llevar incluso a la muerte (tiene una mortalidad sin tratamiento del 20% y del 5% con tratamiento médico, el cual puede incluir ingreso hospitalario e incluso cuidados intensivos para aplicar medidas de soporte y medicación). (1)

Por lo tanto, es un problema extremadamente grave. Es absolutamente esencial que el alcohólico reciba ayuda médica.

Pero no existe ninguna situación equivalente en el caso de la abstinencia de drogas como el cannabis, la cocaína o el LSD.

Usted mismo podrá darse cuenta al leer cualquier información seria sobre este tipo de dependencias y los síntomas que produce su privación. Verá que la abstinencia es sumamente difícil pero, aparte del deseo vehemente de consumir más, sólo se describen sensaciones concretas como malestar, cansancio, ansiedad, irritabilidad, trastornos del sueño, agitación, falta de apetito, etc.

Y esto es porque no está asociado a síntomas físicos peligrosos equiparables a los provocados por el delirium tremens.

El caso concreto de la heroína

La heroína es la única droga actual que provoca una fase de abstinencia difícil (sin por ello resultar peligrosa o requerir atención médica).

La abstinencia provoca un malestar similar a la gripe, pero sin fiebre. Para ser precisos, los síntomas son los siguientes:

  • Unas doce horas después de la última dosis de heroína, el cuerpo experimenta bostezos, lagrimeo, rinorrea (nariz acuosa), sudores y ansiedad.
  • A las 24 horas, el adicto experimenta calambres, agujetas, irritabilidad y náuseas, todo ello acompañado por dificultad para dormir.
  • Alrededor del tercer día, comienzan a desencadenarse los problemas digestivos (vómitos y diarrea), el corazón late con más intensidad y la presión sanguínea aumenta.

Luego, al cabo de unos ocho días, los síntomas experimentan una regresión y, finalmente, desaparecen.

La vida de las personas heroinómanas no está jamás en peligro durante el periodo de abstinencia que, aunque sin duda no es agradable, no conlleva especial gravedad. (2)

Entonces, ¿por qué es tan difícil para una persona adicta detener el consumo?

La droga facilita enormemente la vida… aparentemente

El hecho de que resulte tan difícil convencer a un drogadicto de que deje de consumir es porque la droga le facilita enormemente la vida, al menos en apariencia.

Hoy en día, los medios de comunicación hablan a menudo de ciertas drogas que permiten combatir el dolor físico. Es cierto que el cannabis puede ser eficaz en este sentido. La heroína también posee un fuerte efecto analgésico: se extrae del opio, al igual que la morfina actualmente utilizada en los hospitales y unidades de cuidados paliativos.

Pero los verdaderos motivos del éxito de las drogas en nuestra sociedad es que provocan un alivio inmediato de los “dolores morales”. Si nos sentimos solos, feos, idiotas o fracasados y tomamos cannabis, LSD, cocaína o heroína, nos volveremos a sentir bien con nosotros mismos. Veremos la vida de color de rosa.

La cocaína en concreto nos hace sentir en plena forma y capaces de todo. Los atracadores la consumen antes de dar un golpe. Las estrellas del rock y de la tele la toman antes de salir a escena. En las llamadas fiestas rave, permite a los participantes saltar durante una noche y un día enteros sin dormir.

Así, una persona que no conoce otra cosa en la vida que fracasos (fracaso escolar, fracasos sentimentales, fracasos profesionales, etc.) podrá, gracias a las drogas, experimentar una sensación de orgullo, de bienestar e incluso de júbilo que, en condiciones normales, sólo habría sentido tras realizar una proeza o un logro. La droga permite estar alegres incluso cuando no se tiene ningún motivo para estarlo (cuando más bien incluso habría razones para cuestionarse).

Esta sensación de orgullo y de felicidad es indispensable para el ser humano. Sin ella, perderíamos las ganas de vivir. Por eso se habla de la “dependencia psicológica” de las drogas, un fenómeno que es más potente cuanto mayores son las dificultades que encuentra una persona en la vida.

Una espiral infernal

Las drogas permiten a las personas evitar tener que hacer frente a los desafíos de la existencia. Incitan a su consumidor habitual a la pasividad, a dejar pasar y a ser indiferente a sus propios problemas.

Los alumnos con fracaso escolar suspenderán aún con más seguridad sus exámenes. Las personas solas verán mermar aún más sus posibilidades de encontrar a su media naranja. Por su alto precio, las personas que ya tuvieran dificultades profesionales y económicas antes de descubrir esta solución “milagrosa”, verán cómo sus problemas se agravan, y más teniendo en cuenta que deberán ir aumentando constantemente las dosis para conseguir el mismo resultado.

Las consecuencias humanas y sociales de las drogas son, por lo tanto, catastróficas, llegando al divorcio, a la ruina económica y a la muerte.

Mientras que en la vida del drogadicto se van amontonando las dificultades, la droga le proporciona una vía de escape necesaria para huir de una realidad cada vez más espantosa.

Por eso, cuando una persona adicta alcanza una fase avanzada, su “vida real” se encuentra en tal estado de deterioro que resulta sumamente difícil convencerla para que detenga el consumo de drogas. Sencillamente, esa persona ya no quiere vivir en el mundo real.

Se trata, por lo tanto, de una espiral infernal.

Cómo ayudar a un adicto a las drogas

Para ayudar a un drogadicto a detener el consumo, en primer lugar es necesario convencerle de que afrontar los problemas de la vida real merece la pena. Se trata, por tanto, de abordar con él todo un trabajo sobre el sentido de la vida (¿por qué vivir? ¿para qué vivir?).

Habrá que buscar respuesta a las siguientes –y difíciles- preguntas:

¿Por qué aceptar las desgracias? ¿Por qué aceptar el sufrimiento? ¿Cómo superar las decepciones? ¿Por qué aceptarnos tal como somos, con nuestros defectos y limitaciones? ¿Cómo transformar un fracaso en una prueba que nos ayude a progresar? ¿Por qué obligarnos a esforzarnos para triunfar?

Sobra decir que nos enfrentamos a un enorme problema cuando la persona adicta a las drogas sabe que le resulta igual de fácil encontrar la misma satisfacción liándose un porro, esnifando una raya o inyectándose una dosis.

Encontrar argumentos de peso requiere toda una reflexión sobre la vida, pero también requiere meses, o incluso años de presencia, de charlas y de actividades con la persona afectada. Hacerle descubrir la satisfacción del trabajo bien hecho, la felicidad que proporciona la amistad, el amor por una persona de verdad (y no por un porro o una jeringuilla), las maravillas del mundo, del arte, de la naturaleza, de una mujer, de un niño…

Por tanto, este acompañamiento no puede emprenderse sin un proceso filosófico sólido, o incluso sin una marcada espiritualidad. Se presupone, y ésta es la mayor dificultad, que quien ayuda a la persona drogadicta ha encontrado por sí misma una forma de felicidad en una vida sin drogas, y que el adicto no concluirá que todos sus consejos no son más que bonitos discursos utópicos e inaplicables…

Además, el peligro no desaparecerá definitivamente nunca. Basta un simple ataque de cansancio, una decepción, una infección, una mala noche, un mal encuentro… para que la tentación de recaer aparezca.

En los folletos que se reparten en los colegios, se advierte a los niños explicándoles que las drogas pueden entrañar dependencia “desde el primer consumo”.

Esto no significa que su cuerpo se habitúe inmediatamente a las drogas hasta el punto de volver a necesitarlas físicamente. Como hemos podido observar, la mayoría de las drogas no producen una verdadera dependencia física.

El problema es que muchos adolescentes, frágiles por naturaleza, se ven obligados a llevar vidas difíciles. Viven una gran violencia en muchos barrios, colegios o transportes, forman parte de familias desestructuradas, y se enfrentan a un horizonte de desempleo masivo y a un entorno profundamente deteriorado.

El día en que descubren que pueden escapar de todo eso gracias a los “cigarrillos de la risa” (o a otras drogas), se hace muy difícil persuadirles de que les merece la pena permanecer en el mundo real y encontrar la felicidad a base de superar obstáculos.

Gracias al cannabis me siento bien, incluso -y sobre todo- cuando todo se tuerce en mi vida”. Ya no hace falta escalar una montaña ni ganar una carrera; ya no es necesario formarse en una profesión ni aprobar los estudios; ya no hace falta ser un virtuoso del piano ni encontrar un novio o una novia que le guste de verdad; ya no se necesita tener un proyecto de vida.

Un paralelismo atrevido con los medicamentos

Y ahora me voy a permitir una comparación que quizá le resulte chocante. Y es que, en mi opinión, y salvando las distancias, muchos fármacos son, al igual que las drogas, una forma de evadirse de la realidad.

En español se distingue entre la palabra “droga” y “fármaco” o “medicamento”, pero no sucede lo mismo en inglés, donde en ambos casos se utiliza la palabra “drug”. ¿Casualidad?

Imaginemos que nuestros médicos dijeran a sus pacientes:

Veo que consume demasiado azúcar y que fuma en exceso. Está al borde de la diabetes y de destruir sus arterias. Tiene dos soluciones:

La primera, adoptar un modo de vida sano, comer mejor y dejar de fumar.

La segunda, “drogarse” para olvidar su verdadero estado de salud. Podrá vivir como antes, pues las “drogas” harán desaparecer los síntomas de su enfermedad. ¡Incluso están subvencionadas por la Seguridad Social! No obstante, la enfermedad seguirá progresando silenciosamente, las “drogas” le provocarán desequilibrios fisiológicos que desencadenarán a su vez otras enfermedades. Aumentará su riesgo de hospitalización y de fallecimiento. Y además, cuanto más se “drogue”, más le costará luego recuperar un modo de vida sano. A decir verdad, llegará rápidamente a un punto en que ya será demasiado tarde para volver atrás…

Y bien, ¿qué elige?”

Si usted elige adoptar un modo de vida saludable, y proteger su salud “desde dentro” y sin artificios, le animo a seguir leyendo Tener S@lud, donde recibirá todas las semanas información, consejos y reflexiones para lograrlo.

Y, volviendo a nuestros jóvenes, es necesario aconsejarles que no prueben nunca las drogas. Jamás. Ni siquiera una vez. Ni siquiera por diversión.

Pero, y esto es lo más importante, conviene mostrarles que existe otra vía que les aportará más felicidad que los paraísos artificiales. Esto es lo verdaderamente difícil. Esto es lo que no estamos haciendo bien.

Este es el punto al que ninguno de los folletos repartidos en los colegios consiguen dar jamás una solución creíble.

¿Ha vivido en su entorno la terrible realidad de las drogas? Si desea compartir con el resto de lectores de www.saludnutricionbienestar.com su testimonio, puede hacerlo dejando un comentario un poco más abajo.

Fuentes:

  1. Matilde Martínez Moneo, Clara Madoz Gúrpide, Magdalena Otaño Servicio de Psiquiatría. Hospital de Navarra.
  2. National Institute on Drug Abuse (NIH), que forma parte de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos.