Cada vez somos más los que no tomamos productos lácteos, si bien en nuestro entorno todos tenemos a alguien que sigue empeñado en que la leche es fundamental para los huesos.

No es fácil convencer en diez minutos a una persona que lleva bebiendo leche de vaca pongamos que 35 años, para que lo deje de la noche a la mañana. Pero aún así lo voy a intentar:

1. Las recomendaciones oficiales no son objetivas

Las recomendaciones oficiales hablan de un consumo de dos a cuatro productos lácteos al día. Y para fomentar el consumo de leche en la población se llevan a cabo periódicamente acciones promocionales (como la campaña “Me gusta la leche, me gustan los lácteos”).

Con el objetivo de colaborar con el sector lácteo, el Gobierno firma lo que se denominan “acuerdos lácteos”, como el que suscribió hace apenas un año con 14 industrias lácteas y 9 empresas de distribución (todas las grandes marcas en las que está pensando), a través del cual se compromete, entre otras cosas, a incentivar el consumo de leche y productos lácteos.

Así que, por lo que a mí respecta, está claro que las campañas oficiales sobre el consumo de lácteos no son imparciales, y prefiero tener mi propio criterio respecto a qué debo o no comer.

2. El hombre es la única especie que en la edad adulta consume leche de otra especie

La especie humana ha sobrevivido y evolucionado durante 7 millones de años sin ningún producto lácteo, alimentándose con la leche materna únicamente durante la primera infancia. En los esqueletos de hombres prehistóricos no se ha encontrado rastro alguno de enfermedades óseas conocidas en la actualidad.

Los productos lácteos aparecieron en nuestra historia hace tan solo 10.000 años, lo que en la escala de la evolución es muy reciente. Y hoy día el 75% de la población mundial es intolerante a los productos lácteos en la edad adulta. Casualmente el hombre es la única especie sobre la faz de la tierra que en la edad adulta consume leche de otra especie.

3. En los países en donde se consume más leche se tienen más fracturas

En 2002, la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) reconocía una “paradoja del calcio”, y es que los países que consumen más productos lácteos en el mundo (los países escandinavos) tienen los huesos más sólidos, son los más altos… y sufren el mayor número de fracturas del cuello del fémur. Por el contrario, la población africana y parte de la asiática, que son las que menos productos lácteos consumen, presentan una salud ósea perfecta, con los niveles más bajos posibles de fracturas.

No puede tratarse de una coincidencia.

Nota: en este punto, nuestro interlocutor podría rebatirnos que estos resultados se explican por la falta de vitamina D en los países escandinavos debido a su vez a la falta de sol. Cierto es que la vitamina D resulta fundamental para la fijación del calcio en nuestros huesos. Los escandinavos tienen realmente menos vitamina D que otros habitantes del planeta que viven en regiones con más sol. Sin embargo, los australianos, que disfrutan de muchísimo sol durante todo el año –y que también están a la cabeza en consumo de leche- tienen los mismos niveles de fracturas que nuestros amigos escandinavos.

Conclusión: el sol no explica nada; el consumo de lácteos, sí.

4. Ningún estudio ha demostrado que la leche proteja de las fracturas

Hoy en día no existe ninguna prueba de que el consumo de productos lácteos nos proteja durante toda la vida del riesgo de sufrir fracturas. Veinticinco millones de bebés norteamericanos criados rigurosamente sin leche de vaca (pero sí con alternativas de soja) experimentaron un crecimiento normal y ningún problema de malnutrición.

Y como guinda del pastel, se estudió el consumo de productos lácteos y la frecuencia de fracturas del cuello del fémur entre 150.000 mujeres en la menopausia. Aquellas que habían consumido más productos lácteos a lo largo de su vida (sobre todo durante la infancia y adolescencia) no tuvieron menos fracturas que las mujeres que habían tomado menos lácteos.

5. Los productos lácteos modernos son los menos recomendables

Los productos lácteos actuales quedan lejos de parecerse (¡salvo por el color!) a los que bebían nuestros padres o abuelos.

Hoy en día la leche de vaca contiene una sopa de hormonas sexuales (estrógeno y progesterona) que favorece el cáncer de útero y de mama. La leche de vaca es una máquina de estimular la producción de factor de crecimiento 1 para hacer que el ternero crezca, lo que hace que al año de nacer llegue a pesar más de 300 kilos. Este factor de crecimiento acelera la proliferación (o multiplicación) de las células.

En el mejor de los casos engordaremos, y en el peor, debe saber que el IGF-1 desarrolla todas las células del organismo, tanto las precancerosas como las cancerosas. Así es como algunos estudios han vinculado el consumo de lácteos con la aparición del cáncer de próstata en los hombres o de ovarios en las mujeres.

Por último, todos los pesticidas y fertilizantes químicos utilizados en los forrajes con los que se alimenta al ganado van a parar a la leche que bebemos.

6. La leche puede provocar diabetes

La leche de vaca contiene insulina bovina muy similar a la del hombre, pero sólo lo justo para que nuestro sistema inmunitario no sepa reconocerla y la ataque con anticuerpos. Estos mismos anticuerpos no diferenciarán después entre la insulina bovina y la nuestra.

¿Resultado? La aparición de una diabetes autoinmune que destruye las células beta del páncreas hasta hacerlas desaparecer, cuya consecuencia inmediata es la aparición de una diabetes del adulto, dependiente de insulina y cuyo tratamiento pasa, inevitablemente, por la inyección periódica (varias veces al día) de esta hormona.

7. La leche contribuye a acidificar el organismo, lo que debilita los huesos

Está comprobado que un exceso en el consumo de proteínas animales y sal común acidifican nuestro organismo, que trata de compensar el exceso de ácidos mediante “tampones” bicarbonatados. Este fenómeno de compensación ácida ocurre por todo el cuerpo.

¿Qué mecanismos utiliza el organismo para compensar la acidosis? ¡El citrato cálcico que se obtiene a partir de nuestro esqueleto! Sí, demasiada sal y un exceso en el consumo de carne degradan la estructura ósea, debilitándola. El colmo de la ironía: los productos lácteos disminuyen de forma dramática las concentraciones de vitamina D que es, precisamente, la molécula que nos ayuda a fijar el calcio al hueso.

8. Y para terminar…

La leche de vaca no es ningún veneno mortal que le envía a uno directo al cementerio. Seguramente siga gozando de buena salud, aunque tome lácteos. Sin embargo, tomarlos en exceso no es bueno para la salud.

Por lo tanto, y como conclusión, tan sólo es necesario reducir su consumo y (en mi opinión) abandonar por completo la leche de vaca de cría industrial.

Pues ya está: todo dicho en diez minutos.

¿Le ha sorprendido esta información? ¿Es usted un consumidor habital de productos lácteos? Le invito a compartir su opinión con el resto de lectores de www.saludnutricionbienestar.com haciendo un comentario un poco más abajo.

Nota: este artículo es una adaptación del excelente artículo de Jérémy Anso en su blog Dur à Avaler, que puede encontrar aquí.