Algunos lectores, sobre todo los que se han unido recientemente a Tener S@lud, se sorprenden e incluso me echan en cara mis críticas a la medicina convencional.

Por eso hoy quiero pedirle que me permita hablar sin tapujos.

La medicina convencional está organizada como un ejército comprometido en una batalla a muerte contra la enfermedad, y actúa como si ésta fuese una especie de tropa extraterrestre que busca atacar a la humanidad por todos los medios.

Así, por un lado estarían los “buenos”, los seres humanos, que lo único que quieren es vivir con buena salud; y por el otro los “malos”, las bacterias, virus, tumores, genes defectuosos y gérmenes infecciosos de todo tipo que lo que buscan es enfermar a diestro y siniestro.

Y en este escenario se pretende, a golpe de vacunas y medicamentos, construir un escudo protector en torno a las personas contra cualquiera clase de peligro, incluidas las consecuencias de sus propios actos.

El fin soñado, además, es aplicar estas soluciones de forma global, universal, minimizando completamente la participación de los individuos en su propia salud al protegerlos al máximo.

Los daños colaterales de la medicina convencional

Ante un panorama como el descrito, la medicina se percibe como un gran combate entre las fuerzas del “Bien” y las del “Mal”. El Mal, lógicamente, son las enfermedades. Y el Bien, según este punto de vista, son los medicamentos.

Pero al igual que las “buenas intenciones” de muchos ejércitos y armadas a lo largo de la Historia han provocado interminables baños de sangre y lamentables daños colaterales (los cuales, a su vez, justificaban nuevas intervenciones armadas), la medicina convencional también posee efectos perversos.

Y en ambos casos la causa es idéntica: los “expertos” que deben tomar las decisiones son incapaces de tener en cuenta el factor humano, las expectativas y los deseos de las poblaciones que supuestamente deberían verse beneficiadas con su intervención.

El olvido de la dimensión humana en la medicina

La medicina convencional ha terminado olvidando que, en definitiva, trata a seres humanos que poseen emociones, una psique y problemas personales que, con frecuencia, son el principal obstáculo con el que se encuentra la curación. Pero lo que tampoco considera es que precisamente éstos pueden ser también sus mejores aliados si los tienen en cuenta.

De hecho, una vez que el desarrollo científico ha conseguido vencer a la mayoría de las enfermedades infecciosas, los peores males que sufre el ser humano son los infligidos directamente por sí mismo o por sus iguales, tanto de forma involuntaria como (incluso a veces con mayor frecuencia) voluntaria.

El tabaco, el alcohol, el azúcar, la comida basura, la ausencia de actividad física y el efecto de los tóxicos y la contaminación se han convertido en los principales desencadenantes de las enfermedades físicas de la humanidad hoy día.

Y no se quedan atrás las malas relaciones personales, profesionales y sociales, llegando a ser verdaderamente nocivas, que entrañan un despliegue de depresiones, suicidios, traumas y reacciones violentas que, por lo general, van acompañadas de una bajada de las defensas inmunitarias y un mayor riesgo de infecciones y enfermedades.

Y, a pesar de todo, según el paradigma actual la medicina convencional debe ocuparse de los pacientes de una forma aséptica, puramente “médica” (en definitiva, prescribiendo medicamentos o aconsejando intervenciones). Cualquier problema “humano” debe ser transferido a los asistentes sociales o psicólogos.

Este sistema, obviamente, esconde unas consecuencias catastróficas.

Catastróficas porque una medicina ejercida de ese modo en realidad sólo implica que se termine cumpliendo la máxima de “peor el remedio que la enfermedad”, al no comprender y abordar las verdaderas causas del malestar y las enfermedades, entrando en un círculo vicioso infinito.

Porque las causas de las enfermedades la mayor parte de las veces, por no decir todas, se esconden en el día a día del paciente, en la forma en que vive y en las elecciones que hace.

Y la solución pasa, por tanto, por buscar también en su dimensión humana las claves para recuperar la salud.

La sinrazón que experimentan muchos médicos

Muchos profesionales de la medicina convencional terminan sintiendo una impresión un tanto absurda en su trabajo.

Durante sus estudios en la facultad, gran parte de su tiempo está consagrado a cubrir cuestionarios de opción múltiple. Y además se les enseña, cada vez más, a tomar decisiones terapéuticas según “árboles de decisión” o “algoritmos de decisión” estandarizados. Es decir, que es memoria y no inteligencia lo que se les requiere.

Después, cuando ya empiezan a ejercer, se encuentran que hacen un trabajo extremadamente repetitivo, hecho que algunos llevan especialmente mal.

Sobre todo, claro está, cuando se trata de prescribir:

  • Medicamentos anticolesterol a personas que sistemáticamente comen demasiadas grasas.
  • Fármacos antidiabetes a quienes a diario toman demasiado azúcar.
  • Antibióticos a pacientes que jamás cumplen las reglas y normas más fundamentales de higiene.
  • Somníferos a personas que han perdido por completo la noción del día y la noche.
  • Antidepresivos a personas cuya vida se encuentra a la deriva, pero que han sufrido un acontecimiento especialmente dramático y tienen verdaderos motivos para estar deprimidas.
  • Bifosfonatos (medicamentos contra los huesos frágiles) a personas que no hacen suficiente deporte y cuyos huesos, como sus músculos, languidecen de forma lógica y natural.

Asimismo, también ponen en duda su trabajo cuando les toca diagnosticar:

  • Enfermedades cardíacas y cáncer de pulmón en fumadores empedernidos.
  • Cirrosis en personas alcohólicas.
  • Hipertensión en personas que comen demasiado y beben poco.

Algún colega médico me ha llegado a confesar que, a veces, tiene la impresión de estar haciendo un trabajo completamente absurdo. Y tiene razón.

Cuando la medicina es una trampa

Hay que hacer algo”. “No podemos dejar al paciente en ese estado”.

A menudo estas palabras (o similares) no sirven sino para ocultar otra realidad. No responden a algo real.

La verdad, por muy dura que resulte, es que para algunos pacientes la medicina y sus pastillas son una trampa. Una trampa que pone en sus manos la falsa ilusión de que van a poder recuperar la salud sin cambiar su vida -lo cual es, en realidad, indispensable y urgente-.

Así, la medicina convencional y sus métodos se utilizan para evitar desafíos y cambios en el modo de vida que, por sí mismos, conducirían a los pacientes a la verdadera salud. O lo que es lo mismo: la medicina juega contra el interés real de los enfermos.

Los más radicales han llegado incluso a acusar a los médicos de ser, en según qué ocasiones, “camellos de bata blanca” protegidos por la ley y financiados por la Seguridad Social. (1)

Por supuesto, ese tipo de consideraciones me parecen injustas, excesivas y de mal gusto, pero es cierto que el sistema sanitario parece haberse vuelto un poco loco, poniendo en marcha frenéticas oleadas de consumo de medicinas mientras cierra los ojos deliberadamente ante las causas de los problemas.

Por qué los medicamentos químicos no son la solución

Hay un gran problema de base en nuestro sistema de salud, sustentado sobre ese pilar básico que es la consulta médica de apenas unos minutos y que no supone una respuesta adaptada y realista a la situación del paciente.

Si continuamos así, los gastos en salud seguirán disparándose sin aportar el menor bienestar real y a largo plazo a la población.

Y lo que es peor: esta inflación de los costes de la sanidad se acompaña de un servicio cada vez más degradado, donde parece que de lo único que se habla es de “escasez de profesionales” y de colas en los servicios de urgencias (que, por otra parte, ¿van a seguir llamándose “urgencias” indefinidamente, a pesar de haya que esperar una media de 4 horas para ser atendido?).

La conclusión de todo esto es la necesidad de una “inyección masiva” de medicina natural y holística en nuestro sistema de salud. Yo considero que eso es lo único que puede librarnos de esta catástrofe colectiva.

Incorporar la medicina natural al sistema de salud

La medicina natural que defendemos en Salud, Nutrición y Bienestar no es una medicina que rechaza el progreso médico o que afirma (contra toda evidencia) que una tuberculosis, por ejemplo, se cura mejor con remedios tradicionales (que consistían en perforar el pulmón del enfermo y atarlo en una cama al sol) que con tratamientos alopáticos.

La tuberculosis NO se cura con vitaminas, sino con isoniazida, rifampicina, etambutol y pirazinamida, antibióticos que casi siempre son efectivos.

Sin embargo, muchas enfermedades no necesitan ser tratadas con fármacos químicos. Por ejemplo, en caso de insuficiencia renal crónica el hongo Ophiocordyceps seniensis puede dar a su vida un giro de 180º. Asimismo, contra los trastornos de la menopausia encontrará un alivio natural e inocuo en el Ginkgo biloba y el tríbulus, y ante la depresión hay plantas de reconocidos efectos reequilibradores de los neuromediadores deficitarios implicados, como por ejemplo el azafrán, la grifonia, el hipérico o la mucuna.

Por su parte, el jengibre, el sauce blanco o el aceite esencial de lavanda son tres analgésicos naturales de eficacia absolutamente excepcional, entre los miles de remedios naturales que existen para múltiples dolencias.

Lo que nosotros defendemos es una medicina natural que toma cada paciente como ser humano en su totalidad; un ser humano capaz de entender qué es lo que le sucede y reflexionar sobre sus causas, así como valorar varios tratamientos para hacer elecciones inteligentes y acertadas. Una persona que asume su libertad y su responsabilidad.

Pero eso pasa por entender que la buena salud no se persigue engullendo fármacos sin parar, sino comprendiendo el funcionamiento y las necesidades del cuerpo y adaptando los hábitos de vida, la alimentación e incluso las relaciones y el tiempo de ocio, a las exigencias de una vida saludable.

Y todo esto, evidentemente, requiere una inversión importante. Hay que tomarse tiempo para leer y reflexionar (este mismo e-mail ya es una prueba de ello, y por tanto ¡le felicito enormemente por haber llegado hasta aquí!); o incluso aceptar que no todo se retiene siempre a la primera.

En esta reflexión se esconde también la razón por la que, a veces, en nuestros boletines y publicaciones aparecen textos con puntos de vista o enfoques algo diferentes entre sí.

No se debe a ninguna contradicción, sino a nuestra apuesta por la apertura, el diálogo y la difusión de la investigación como las mejores armas para el progreso. Dejar abiertas las escotillas y permanecer atento, activo y comprometido es la única forma de recibir, de vez en cuando, agradables sorpresas.

A usted le toca decidir si quiere hacer este camino con nosotros. Sabemos que no es fácil. Incluso podemos imaginar que, con frecuencia, desearía que todo fuese más sencillo. No es el único.

Pero nosotros no podemos evitarlo, ¡continuaremos investigando, buscando la verdad y difundiéndola, hasta el fin de nuestros días! Y es que esa es nuestra pasión. Puede que a usted le suceda lo mismo. En cualquier caso, sepa que siempre le estaremos esperando.

 

Fuentes:

  1. Anne Copel. “Chapitre 18 / MÉDECINS OU DEALERS EN BLOUSE BLANCHE?” Sept, 2002.