Hace escasas semanas las mujeres de Arabia Saudí pudieron sentarse en las gradas de un estadio de fútbol por primera vez, y en unos meses podrán ponerse al volante de sus coches, lo cual a día de hoy siguen teniendo prohibido por ley.

He querido recuperar estos datos para dar contexto a esta otra noticia: hace meses que Sophia, un robot, fue reconocida como ciudadana saudí. De hecho, cuenta desde su “nacimiento” con más derechos que sus congéneres humanas, ya que por supuesto no está obligada a llevar velo ni rinde cuentas a ningún hombre.

En su momento esto desencadenó una gran oleada de críticas en las redes sociales y medios de comunicación, y a mí me condujo a una reflexión que hace tiempo que quería compartir con usted.

Al margen del caso saudí, me preocupa mucho el papel que la inteligencia artificial -y, en definitiva, la tecnología- está adoptando tanto en la sociedad en general como en nuestro día a día.

No se trata de que alguien prefiera tener un “robot-mascota” que adoptar un animal de carne y hueso, o que un lunático consiga su minuto de gloria casándose con un muñeco. La cosa está yendo mucho más allá.

El Parlamento Europeo ya debate sobre los derechos de los robots, al tiempo que estudia si deberían o no cotizar por su trabajo. (1) (2)

Aunque parezca la más pura ciencia ficción, esto está pasando a día de hoy y forma parte de nuestra realidad.

Hasta los mayores expertos en la materia consideran que “humanizamos demasiado” a los ordenadores y máquinas que nos rodean. (3)

Pero, ¿por qué lo hacemos? Al fin y al cabo, son aparatos creados por nosotros mismos que no tienen la capacidad de sentir.

¿Qué será lo siguiente? ¿Llegará un día que estaremos tan “enganchados” a los robots como hoy lo estamos a los teléfonos móviles?

¿Hacia dónde vamos?

Sin negar que obviamente la tecnología (y más concretamente internet) ha producido avances impensables hace décadas para nuestros abuelos, padres e incluso para muchos de nosotros, resulta inevitable preguntarse si la dirección que llevamos es la correcta.

Internet ofrece infinidad de cosas positivas; sin ir más lejos, permite que estas líneas que escribo lleguen hasta usted.

También que pueda comunicarse a cualquier hora y desde cualquier lugar con sus hijos o nietos si se encuentran lejos, o con esos amigos a los que hace tiempo que no ve, por ejemplo.

Esa es la verdadera esencia de las “herramientas” tecnológicas y digitales, para lo que fueron creadas: hacernos la vida mejor y más fácil. Y, de hecho, por eso casi nadie renuncia a tener un teléfono móvil o un ordenador en casa. ¡Y por supuesto que hace bien teniéndolos!

Sólo quiero recordar la importancia de saber usar la tecnología, de hacerlo con cabeza.

No es la primera vez que en Tener S@lud abordamos los trastornos que derivan de su uso abusivo. Van desde problemas de vista generalizados (por la utilización masiva de pantallas) a mala calidad y trastornos del sueño, así como un incremento del número de casos de artrosis precoz en el pulgar (por culpa de teclear permanentemente en el teléfono móvil). (4) (5)

Y a ellos se suman, por supuesto, los graves problemas psicológicos que provoca vivir permanentemente en una realidad paralela magnificada a través de aplicaciones, programas, redes sociales… la cual hace perder el contacto con lo que de verdad nos rodea, las cosas que realmente se pueden tocar, oler y sentir. (6)

Adictos a la tecnología

Pero la realidad es la que es, y el uso que la mayoría hace de la tecnología es completamente abusivo (incluso adictivo). El teléfono móvil y el ordenador se han convertido en tal fuente de estrés y ansiedad que llegan a desencadenar enfermedades. Y es algo que afecta a todos los rangos de edad.

Cuántas veces habrá comentado con sus amigos o familiares que los niños de hoy día ya no juegan como antes, que muchos de ellos parecen incluso pequeños “adictos” a la pantalla casi desde que nacen.

Pues bien, lo cierto es que la mayoría de los adultos que conozco (y probablemente también muchos de los que usted conoce) ¡hacen exactamente lo mismo!

El absurdo al que llegan algunas situaciones da pie a bromas y chistes (convertidos en fenómenos virales que, precisamente, nos llegan a través de las dichosas pantallas). Pero lo cierto es que detrás de esto se oculta un drama enorme y sin precedentes.

¿Es posible dar marcha atrás?

Siempre. Es más, es nuestro deber hacerlo.

Y no lo digo yo, sino una de las personas de las que quizá menos cabría esperar estas palabras: Andy Stalman, uno de los mayores expertos en marketing digital del mundo.

Pero es que, por encima de su reputación profesional, Stalman se autodefine precisamente como humanista. Y como tal se muestra también muy preocupado por el devenir de la sociedad en la era de la digitalización masiva.

No obstante, él es terriblemente optimista acerca del papel que nos ha tocado vivir en esta especie de “revolución del humanismo”, a cuyas puertas nos encontramos.

2018. El siglo [y el milenio] se hace mayor. Hemos alcanzado la adultez, así que ya es hora de hacernos responsables de nuestro devenir, ¿no creen?”, nos urge.

Los artífices de cada uno de los logros alcanzados a lo largo de la historia de la humanidad han sido los seres humanos -sus mentes-, y no la tecnología o cualquier otra herramienta generada artificialmente por ellos mismos.

Descubrimientos, expediciones, conquistas… Basta echar un vistazo hacia atrás y la Historia nos recuerda todo lo que hemos sido capaces de conseguir antes de convertirnos en una nariz pegada a una pantalla, o antes de tener a un “San Google” al que preguntar todo cuanto necesitemos saber.

Y es que la tecnología forma parte de nuestro desarrollo como civilización desde hace apenas unos siglos, mientras que el ser humano ha sobrevivido durante milenios gracias al resto de cualidades que, precisamente, lo diferencian como especie (socialización, creatividad, ingenio, aspiraciones…).

La revolución de los “valores intrínsecamente humanos

¿Cuántos creen realmente que vayan a perder su trabajo por ser suplantados por una máquina?”, planteó Stalman al auditorio en la presentación de su último libro. (7)

Nadie levantó la mano, y eso sólo demuestra que en el fondo todos sabemos reconocer el valor de las capacidades propiamente humanas.

Esas mismas capacidades, las intrínsecamente sociales (empatía, inteligencia emocional, gestión de conflictos…), son las que más se valoran, por ejemplo, a la hora de optar a un puesto de responsabilidad en una empresa. ¿Por qué? Porque eso es, precisamente, lo que nos hace insustituibles.

Ese es el verdadero valor añadido que aportamos los seres humanos y que, en definitiva, ha sido y es el motor de la historia. De ahí la importancia de volver a ponerlo en valor frente a la deshumanización de la tecnología.

Seguir el ejemplo

Lo cierto es que Stalman no es el único experto digital que se plantea estas ideas. La necesidad de “higienización humana” es algo que muchos de los “gurús” de Silicon Valley conocen muy bien y llevan a la práctica en su día a día.

Muchos llevan a sus hijos a colegios sin tecnología, sin ordenadores ni wifi, y siguen ellos mismos un estilo de vida de lo más austero, más propio de un ermitaño que de un millonario del siglo XXI. (8) (9)

Lo que permite esa “desconexión” es retomar ciertos valores que la sociedad digital nos ha arrebatado. Por ejemplo, devolviéndonos una capacidad tan humana como es la de asombrarse con lo que nos rodea, fuente inagotable de imaginación y creatividad, pero que se encuentra “dormida” por culpa del bombardeo informativo absolutamente globalizado y constante.

Cada uno puede y debe combatir la “deshumanización” en su propia vida, especialmente a través de sus relaciones sociales.

Pero hay algo más que puede jugar un papel decisivo: nuestros mayores.

El papel de los mayores en el regreso a la vida “real”

No hay que olvidar que nuestros mayores han vivido en una realidad muy distinta a la actual la mayor parte de sus vidas, y que es nuestro deber no excluirlos.

Un conocido me contó hace poco que su madre, de 80 años y en un precario estado de salud, le había pedido un smartphone. Él, entre la sorpresa y la broma inocente, le preguntó que para qué lo quería, a lo que ella respondió que para hablar con sus hijos, quienes, sentados a la mesa, no hacían más que mirar sus teléfonos.

¿Es que acaso la gente ha perdido la capacidad de disfrutar de una simple comida con los que le rodean? ¿De verdad ya no es importante mirar y que nos miren a los ojos al conversar? ¿En serio preferimos perdernos en interminables conversaciones de chat, con frecuencia llenas de malentendidos, que dedicar cinco minutos a una buena conversación telefónica que nos permita captar los matices de lo que nos cuenta nuestro interlocutor?

Estas nuevas formas de socialización no nos hacen más felices. Más bien todo lo contrario: el número de jóvenes de entre 18 y 24 años que declaran sentirse solos aumenta y, según un estudio de TNS-Sofres, actualmente el 49% no consigue desarrollar suficientes vínculos afectivos satisfactorios con su entorno. (11)

Entonces, ¿por qué no recuperar la forma en la que nos comunicábamos hasta hace no tanto? Y, ¿qué mejor que valerse de aquellos que nunca han dejado de hacerlo?

Además, las personas mayores son una fuente de sabiduría inagotable que puede aportar importantes valores a las generaciones venideras. Sabios y curtidos, lo han vivido casi todo y tienen tiempo -y muchos energía- para compartirlo y transmitirlo. “Su conocimiento y experiencia no se pueden comprar en Amazon”, recuerda Stalman.

Como le he dicho, este un tema que me preocupa, y por ello me gustaría saber qué opina usted. ¿Percibe el abuso de la tecnología en su entorno? ¿Se le ocurre alguna otra idea con la que combatir la “deshumanización”? Le animo a dejar más abajo su comentario. ¡Tanto yo como el resto de lectores de Tener S@lud estaremos encantados de leerle!