Cultivar y cuidar de un jardín o huerto es bueno para la salud, mejora el estado de ánimo e incluso es beneficioso para el medioambiente (cuando hablamos de agricultura ecológica).

Pero además, por si esto fuera poco, también ofrece lecciones de vida de un inmenso valor.

Veamos:

1. Las tareas más importantes no son las más prestigiosas

Cuando se cultiva, pronto se aprende que el trabajo más importante es el de base, las labores de preparación. Es el momento que se dedica a limpiar la tierra, a cavar, a arrancar las raíces grandes, a retirar las piedras, a aflojar la tierra…

Estas tareas pueden ser agotadoras y desde luego son mucho menos gratificantes que el alineado de los cultivos o la recolección de las flores. Sin embargo, sin este primer paso, la temporada simplemente no puede comenzar.

Algo similar sucede en la vida: tanto en los estudios como en la carrera profesional, forjando una familia… hay que empezar por los fundamentos, por frustrante que pueda resultar a veces.

Esa base resulta fundamental, ya que son los hábitos que adquirimos en un primer momento los que nos permiten triunfar a largo plazo.

Querer un diploma sin haberse preparado, desear hacerse rico sin haber trabajado, pretender que la familia esté unida sin haber trabajado una relación sólida… a veces puede funcionar, pero con frecuencia no lo hace.

2. Sembrar, sembrar y sembrar

Una vez que el terreno está preparado, hay que tomar la decisión más importante: qué plantar.

No se puede cosechar si no se ha sembrado.

Y para ello, sea lo que sea lo que queramos ver crecer en nuestra tierra, necesitamos semillas.

En la vida ocurre lo mismo. Hay momentos en los que lo más importante son las decisiones. Tomar decisiones y actuar. Comenzar nuevos proyectos.

Si uno se instala en los sueños, por ejemplo imaginando redondas y tiernas lechugas en su huerto, pero no coloca la semilla, sus sueños nunca pasarán de eso: simples aspiraciones que nada tienen que ver con la realidad.

3. No se debe exigir rentabilidad

A la hora de cultivar, por más que se sigan estrictamente las reglas en cuanto a preparación del suelo, uso de compost o de estiércol, elección de especies… es imposible saber de antemano cuál será el resultado de la cosecha.

Hay muchos contingentes, desde una ola de calor al frío extremo, pasando por las lluvias demasiado abundantes o demasiado escasas (e incluso otros factores inexplicables).

Nadie puede predecir si la cosecha será sobreabundante o profundamente decepcionante. Pero nunca será su culpa si ha hecho todo lo que estaba en su mano.

Lo cierto es que la Naturaleza no es una línea de producción estandarizada. Las circunstancias cambian constantemente y, con ello, también los resultados.

Y de igual forma en la vida puede suceder que, pese a que hagamos todo lo mejor que podamos, nada evolucione según nuestras expectativas. O también lo contrario: que incluso haciéndolo todo mal, se obtengan resultados sorprendentemente buenos.

Sea como sea, hay que saber que, en el ocaso de la vida, la mayoría no vuelve la vista atrás y se fija en la continuación de “éxitos” que haya podido tener a lo largo su existencia. Al contrario, lo que cuentan de verdad son los intentos, ya hayan terminado bien o mal.

La satisfacción viene de haber hecho todo lo posible con la mayor frecuencia que se haya podido.

4. Hay que saber cuándo abandonar

En mi caso, durante años no importaba qué hiciera para cuidar mis grosellas negras: siempre terminaba viendo, completamente descorazonado, cómo sus hojas se volvían amarillas y marrones y sus racimos verdes se caían antes incluso de empezar a madurar.

Esto no es un hecho alejado del día a día. A veces no importa cuánto se intente algo; hay momentos en los que simplemente no se está en el lugar correcto o las cosas no se encuentran en el momento propicio para suceder.

En ese punto es importante tener el coraje suficiente para saber darse por vencido, mirar hacia otro lado y buscar un nuevo enfoque.

En el caso de mis grosellas negras tuve que probar hasta cuatro ubicaciones diferentes. Finalmente -y sin tener del todo claro cómo- logré encontrar el lugar perfecto, con el tipo de suelo, la humedad y la exposición al sol que más les convenía.

A partir de entonces empezaron a producir, producir, producir…

5. No solo hay trabajo en la cosecha

Cuando llega la nieve y el suelo se congela, aunque el trabajo en la tierra se paralice, es momento de realizar otras tareas (clasificar semillas, sembrar a cubierto, limpiar y hacer mantenimiento de las herramientas, reponer las estructuras…).

Es decir, que es necesario aprovechar esos períodos para las tareas “invisibles”, esas que realmente permitirán que el huerto brille con esplendor la siguiente primavera.

De igual modo en la carrera, en la vida en familia… es crucial aprovechar los “huecos” para consolidar todo lo necesario (los conocimientos, las relaciones…). Eso es lo que realmente marca la diferencia.

6. Hay que estar preparado para la tormenta

No vale de nada engañarse a uno mismo: hay que estar preparado porque, ya sea un día u otro, en cualquier momento puede golpearnos la tormenta.

En el huerto son los monocultivos, donde todo florece al mismo tiempo, los más vulnerables a los elementos.

Y es por eso que por lo general se recomienda diversificar al máximo las plantaciones que se tengan en marcha.

Pues bien, una vez más lo mismo sucede en la vida. Si invertimos nuestro tiempo y esfuerzo en varios frentes, en varias cosas diferentes, habrá buenos momentos en algunos ámbitos que compensarán los malos en otros.

Ningún disgusto, por grande que sea, podrá acabar con usted si tiene algo bueno que seguir celebrando.

¡A su salud!

P.D.: Le animo a compartir estas importantes lecciones de vida con sus familiares o amigos reenviándoles directamente este e-mail. Nunca viene mal detenerse a evaluar las prioridades, la forma en que trazamos nuestro propio camino… ¡y por ello estoy seguro de que se lo agradecerán enormemente!