¿La ansiedad nos enferma? Sí, y mucho más de lo que parece. Pero hay una forma de ponerle freno de la que es probable que nunca le hayan hablado…

Cuando uno arrastra problemas complicados en su vida, si estos le causan una ansiedad constante, termina teniendo la impresión de que está agotado.

El problema es que, por desgracia, no es solo una impresión.

Ese estrés constante es muy pernicioso para la salud, especialmente cuando dura demasiado tiempo (¡incluso años!).

Así, una persona que ha experimentado unos niveles de ansiedad demasiado altos a lo largo de un extenso período de su vida, cuando alcanza los 50 ó 60 años de edad puede presentar signos evidentes.

Los peores efectos de la ansiedad en el cuerpo

  1. Alteraciones cardíacas

Mediante la secreción de cortisol, la conocida como “hormona del estrés”, la presión arterial se eleva. Pues bien, este fenómeno a la larga da lugar a la hipertensión.

Asimismo, la frecuencia cardíaca, alta y sujeta a aceleraciones repentinas con cada golpe de estrés, se desajusta por completo y termina siendo carne de cañón para las arritmias.

Y además cabe señalar que en cualquier caso las personas con ansiedad tienen un 60% más de riesgo de sufrir accidentes cardiovasculares de todo tipo, según un estudio publicado en The Lancet.

  1. Trastornos músculo-esqueléticos 

Una musculatura que permanece demasiado tensa todo el tiempo puede terminar derivando en múltiples trastornos músculo-esqueléticos y articulares.

De hecho, no es casualidad que el dolor de espalda sea una consecuencia típica de los problemas de ansiedad (en ocasiones es uno de los primeros síntomas que da la cara).

  1. Un cerebro envejecido

Perturbado por la ansiedad, el cerebro sufre a todos los niveles. Sin embargo, lo que resulta especialmente dañino para él es el sueño deficiente, sobre todo cuando este se prolonga en el tiempo (un problema común en caso de ansiedad).

Esto lo hace envejecer más rápido, sufrir pérdidas de memoria y una peor capacidad de concentración, así como tener dificultades en el aprendizaje y en el control del estado de ánimo.

  1. Problemas digestivos de toda índole (algunos muy graves)

La ansiedad ataca directamente al estómago, generando reflujo gástrico al comer peor y, por lo general, demasiado rápido. Masticar poco, esa sensación de luchar contra un nudo en la garganta al tragar… Todo ello provoca pésimas digestiones que terminan generando hinchazón, pesadez, gases, reflujo y, a la larga, incluso úlceras.

Además, ese ácido no solo daña las paredes del tubo digestivo, sino también los dientes (en particular su esmalte).

Y no es el único motivo por el que estos sufren: al tender las personas estresadas a contraer la mandíbula, haciendo rechinar los dientes unos contra otros (un fenómeno que recibe el nombre de “bruxismo”), estos pueden terminar sufriendo un importantísimo desgaste.

Ya por último decir que, en la cascada de consecuencias que se derivan de los problemas digestivos, también puede aparecer eccema, alopecia, pelo canoso… ¡y un largo rosario de problemas más!

  1. Cáncer

Palabras mayores, lo sé. Pero lo cierto es que la investigación científica apunta a que la ansiedad constante aumentaría el riesgo de desarrollar cáncer.

De hecho, aunque algunas instituciones y autoridades sanitarias siguen señalando que los resultados son controvertidos y que se necesitan más estudios al respecto, hoy por hoy está ampliamente reconocido que la ansiedad aumenta la producción de citoquinas.

Estas no son otra cosa que mensajeros del sistema inmunitario que aumentan el nivel de inflamación, el cual en su forma crónica se asocia a muchas enfermedades, entre ellas el cáncer.

Es eso, precisamente, lo que ha llevado ya a un buen número de expertos a afirmar que el estrés promueve la aparición de tumores.

La ansiedad, ¿es una enfermedad?

Deshacerse de la ansiedad cuando está cronificada o cronificándose (es decir, cuando no responde a un peligro puntual, siendo en ese caso útil) es una prioridad.

Ahora bien, tengo que reconocer que, si me niego en redondo a que esos problemas sean tratados con medicamentos, tampoco creo que la única solución que exista sea tratarlos con tisanas, complementos u otros tratamientos.

Me explico.

Por supuesto que los síntomas de la ansiedad deben ser aliviados y, para ello, las estrategias naturales, alternativas o complementarias son de gran ayuda.

Pero lo que está claro es que hay un concepto de base erróneo que debe ser abordado: todo ser humano se enfrenta a lo largo de su vida a cosas “aterradoras”. ¡Precisamente en eso consiste la vida!

De hecho, no es casualidad que ciertos trastornos relacionados con el sufrimiento emocional se hayan multiplicado con la pandemia.

La angustia no es ninguna enfermedad. Es una condición común, una emoción más que debemos abrazar para que cumpla su función y, una vez hayamos aprendido de ella todo lo posible, desaparezca naturalmente.

En realidad, lo terrible es que, en el mundo en el que vivimos, haya personas que parecen vivir completamente libres de situaciones en las que los nervios hacen acto de presencia. ¡Pese a todos los “peligros” que supone la mera existencia!

Esto se agudiza, por ejemplo, cuando uno tiene hijos o nietos: ¿cómo no estar expectante por su futuro y por todo lo que les pueda pasar en la vida?

Pero ¿y si entonces la solución pasase por comenzar a aceptarnos tal y como somos, de alguna forma -y naturalmente- “un poco ansiosos”?

La ansiedad es una emocional natural

¿Lo ha percibido usted también? Cuando reconocemos la ansiedad como algo innato, inmediatamente dejamos de preocuparnos por estar ansiosos.

Ser comprensivos con nosotros mismos, reconociendo que tenemos derecho a ponernos nerviosos, nos ayuda automáticamente a relajarnos.

¡Eso ya es un paso!

Pero en cualquier caso sigue tocando arremangarse para eliminar las fuentes de estrés y ansiedad que no nos son propias y nos hacen daño, sobre las cuales sí se debe actuar:

  • Por ejemplo, ante la preocupación de que nos roben por la noche bastaría algo tan sencillo, posiblemente, como instalar una alarma o tener perro.
  • Para quien está preocupado por las deudas, acudir a un asesor financiero que le guíe en la salida poco a poco del atolladero puede resultar de gran ayuda.
  • Y si le tiene miedo al cáncer, adoptar un estilo de vida y una dieta saludables y anticancerígenos le permitirá vivir más tranquilo.

Ante cualquier temor que nos ocupe, hay una medida que puede ayudar a mitigarlo.

Por supuesto, esto no supone eliminar por completo la angustia, ni tampoco le librará de los problemas reales (los que han pasado “del dicho al hecho”, por así decirlo). Pero sí le ayudará a vivir mejor, más tranquilo y confiado, sabiendo asumir los riesgos intrínsecos a la propia vida que uno no puede controlar.

La experiencia de los mayores maestros de espiritualidad del mundo demuestra que la serenidad no proviene de haber resuelto todos y cada uno de los problemas que uno tiene, sino de contribuir al máximo de nuestras capacidades a resolver aquellos problemas cuya solución sí está a nuestro alcance.

Experimentar un “milagro”

A medida que tome las riendas de su mente y limite sus miedos, asumiendo aquellos que es natural que le acompañen, sí es posible que termine experimentando la “milagrosa” sensación de no estar ansioso en absoluto.

¿Es esta la clave de la felicidad? No lo sé.

Pero sí creo que se relaciona mucho con nuestra “misión” en la vida: hacer lo que podamos, allá donde estemos, sacando lo mejor de nuestras fortalezas y de nuestras limitaciones.

Una vez en ese punto, sí resulta fantástico tomar 2 veces al día, mañana y noche, una tisana de espino blanco o de hierba de San Juan un día demasiado “cargado”. O inhalar un poco de aceite esencial de lavanda y complementarlo con otras plantas sedantes cuando nos encontremos más nerviosos de lo normal…

Si quiere conocer las mejores soluciones de la medicina natural, alternativa y complementaria no solo frente a la ansiedad, sino ante cualquier otro problema que pueda poner en jaque su salud y la de su familia, le invitamos a conocer esta publicación excepcional que puede ser suya cada mes por un precio mínimo.