Con el paso del tiempo, las arrugas se van haciendo más profundas, las canas pueblan el cabello, el pelo se cae, los dientes se vuelven amarillos, la vista es menos aguda… Pero el cambio más profundo es invisible, porque tiene lugar en el interior. Y es el más peligroso.

Se trata de los vasos sanguíneos, que se deterioran inexorablemente por la presión arterial. Con cada latido cardíaco se inyecta un volumen de sangre en el interior de las arterias, elevando poderosamente la presión que las paredes arteriales tienen que soportar y amortiguar cada vez que el corazón late. Y el corazón de una persona de 80 años habrá latido nada más y nada menos que 3.000 millones de veces a lo largo de su vida.

Visita guiada por los vasos sanguíneos

Los vasos sanguíneos son como el conjunto de cañerías del hogar. Hay tuberías que le llevan el agua; se trata de las más duras, de metal, sometidas a una presión alta. Y hay otras tuberías que evacuan las aguas; en este caso son tuberías más blandas, de plástico, anchas y poco sólidas, cuya única función es sencillamente dejar fluir el agua.

Los tubos que llevan el agua son comparables a las arterias, que llevan la sangre hasta los órganos. Las arterias son vasos sanguíneos sólidos y gruesos, ya que la sangre circula a alta presión por ellos, y no se pueden resquebrajar. Aún así, tienen una cierta elasticidad para adaptarse a las variaciones del flujo sanguíneo, según las necesidades de los órganos.

Las cañerías que evacuan la sangre de los órganos y la llevan hasta el corazón para que la filtren los pulmones y luego ser devuelta al organismo son las venas. Éstas son flexibles y poco sólidas, pero ello no supone ningún problema para la sangre, que puede fluir por ellas tranquilamente.

Como el agua del hogar, la sangre que, gracias a la presión, se distribuye por las arterias, está limpia, por eso las arterias son de color claro. La sangre que circula por los tubos flexibles, las venas, está sucia y tiene un color oscuro.

Los riñones y los pulmones actúan como “depuradoras”, filtrando los residuos y recargando la sangre con oxígeno. El hígado es la principal “gasolinera”, al llenar la sangre de glucosa, que sirve de carburante para las células.

¿Por qué la sangre no se pega a las arterias?

La sangre tiene la mala costumbre de quedarse pegada en todas partes. No tiene más que fíjarse la próxima vez que sangre, o cómo en las películas los asesinos intentan eliminar las manchas, que siempre dejan huella. ¡La cantidad de manchas que deja la sangre en todas las superficies que toca!

Sin embargo, no se pega a la pared de las arterias.

Este “milagro” permanente se debe a una fina capa de células que tapiza el interior de las arterias y que recibe el nombre de endotelio. Estas células fabrican un producto anticoagulante que permite a la sangre deslizarse como el agua por las plumas de un pato, sin que se adhiera nunca a la pared.

Por desgracia, el tabaco, los radicales libres (moléculas oxidantes), la homocisteína (sustancia inflamatoria), la mala alimentación o el modo de vida sedentario atacan constantemente el endotelio de las arterias.

Cuando el endotelio se degrada, las plaquetas sanguíneas se unen y forman un pequeño coágulo. El endotelio posee agentes capaces de prevenir y disolver el coágulo formado, pero no siempre ocurre así. Una lesión trombótica (coagulación dentro del vaso) se produce por una lesión previa de la arteria, generalmente vinculada a una disfunción endotelial.

La función vital de las plaquetas de la sangre

Permítame recordarle que la sangre no es un líquido rojo homogéneo. Está formada por un líquido amarillento y transparente, el plasma, en el que flotan los glóbulos rojos, los glóbulos blancos y las plaquetas sanguíneas. Además, la sangre contiene azúcares y proteínas de todo tipo que, como barquitos, transportan las grasas, entre ellas el colesterol.

La función de las plaquetas es impedir que haya pérdidas de sangre. Por eso, a la más mínima apertura de una vena o de una arteria, acuden las plaquetas sanguíneas, se pegan entre ellas y forman un tapón en el lugar dañado. A continuación, se ponen encima unos filamentos en forma de red de pescador constituidos por una proteína conocida como fibrina, a la que se enganchan los glóbulos rojos, los glóbulos blancos y la trombina, hasta que el tapón se vuelve duro y sólido, casi irrompible. Este proceso es la coagulación, y es el mismo mecanismo que detiene las hemorragias y forma las costras en la piel.

Cuando la trombosis se produce en el interior de la pared de la arteria, el endotelio genera sustancias antitrombóticas y antiinflamatorias que reparan la lesión. La sangre puede deslizarse como antes por ese lugar, sin que se pegue, pero la pared de la arteria habrá crecido un poquito en el lugar de la cicatriz y también será más rígida ahí. Cuando eso ocurre decimos que se esclerosa. Encontramos en el interior de la lesión una estría lipídica, es decir, una acumulación de grasa y colesterol en forma de cristales, hierro, cobre y calcio; esta sustancia blanda recibe el nombre de ateroma, y el conjunto se llama arterioesclerosis.

La arterioesclerosis puede desaparecer, sobre todo si es reciente, pero si el modo de vida nocivo que lo causó se prolonga, el fenómeno vuelve a repetirse una y otra vez. Al cabo de unas decenas de años, la cicatriz será mucho más grande, del mismo modo que el ateroma, y la arteria puede taponarse (una lesión significativa es la que obstruye la luz interna de la arteria en un 50-70%; a partir del 75% se trataría de una lesión severa; y si es del 90% o más de una lesión muy severa).

Si en ese momento se somete a una revisión, su cardiólogo se preocupará al constatar un estrechamiento, que se llama estenosis de la arteria.

Los peligros de la arterioesclerosis

Y tendrá razón al preocuparse. De hecho, basta con que se produzca una pequeña hemorragia en el interior de la placa de ateroma, lo que es un fenómeno habitual, para que esta hemorragia haga crecer de golpe la lesión, para obturar por completo la arteria. También hay que temer que esta cicatriz de repente se ulcere y que se forme encima un coágulo más grande. En ambos casos, el torrente sanguíneo puede quedar bloqueado por completo.

Cuando se forma un gran coágulo en las arterias, el órgano que espera que llegue la sangre queda privado de oxígeno y de glucosa y, si la situación se prolonga, muere. Es particularmente grave cuando el órgano al que nos referimos es el corazón, el cerebro, los riñones, los ojos o incluso las piernas… Es lo que llamamos una trombosis, que puede acabar desembocando en un infarto de miocardio (muerte de las células del corazón) o, a veces, en un accidente cerebrovascular (ACV).

El fenómeno de la arterioesclerosis se da a menudo en las arterias coronarias, que son las que alimentan con oxígeno y glucosa el músculo del corazón (se llaman coronarias porque forman una corona alrededor del corazón).

Si la aterotrombosis oclusiva completa afecta a una arteria coronaria principal, se producirá un infarto de miocardio, cuya mortalidad en las primeras horas es muy elevada (superior al 25%).

Los medicamentos contra el colesterol no cambian nada

Si examina al microscopio de qué está compuesta la placa de ateroma, constatará que hay en torno al 10% de colesterol.

Esta observación ha conducido a la cardiología moderna a dar a las personas que padecen arterioesclerosis medicamentos que hacen disminuir la tasa de colesterol en la sangre. Los manuales de medicina enseñan que, haciendo descender la tasa de colesterol, se reduce el avance de la arterioesclerosis y con él el riesgo de que se forme un coágulo que acabe provocando una trombosis.

Pero disminuir la tasa de colesterol no es muy eficaz. De hecho, el colesterol no es la causa de la arterioesclerosis, ni interviene en absoluto en la formación del coágulo.

Y, por desgracia, los medicamentos contra el colesterol tienen numerosos efectos indeseables: dolores musculares y de los ligamentos, impotencia en el hombre, problemas de memoria y quizás incluso un incremento del riesgo de padecer cáncer. (1) (2) (3) (4)

Los medicamentos contra los coágulos son un arma de doble filo

Entonces, olvidemos el colesterol, me va a responder; y con razón. Pero como los accidentes cardiovasculares los provocan los coágulos, tomemos medicamentos que impidan que la sangre coagule (los anticoagulantes).

Es cierto, y es exactamente lo que en general recomiendan los cardiólogos, puesto que prescriben una pequeña dosis diaria de aspirina, que impide la agregación de las plaquetas.

El problema es que si impide que la sangre coagule, aumenta el riesgo de hemorragia en la arterioesclerosis. Una hemorragia que, como ya hemos dicho, puede también ser la causa del brutal crecimiento de la arterioesclerosis y de la obstrucción total de la arteria.

Por otro lado, el 40% de los ACV están provocados por una hemorragia cerebral, que también es la consecuencia de un fallo de coagulación de la sangre.

Algunas personas sufren ACV hemorrágicos sin tomar anticoagulantes, pero es porque su modo de vida (falta de deporte en primer lugar) y la alimentación (exceso de omega 6 y falta de omega 3) hacen que la sangre coagule mal. En otros casos, los ACV hemorrágicos se producen por hipertensión arterial descontrolada o por diabetes de difícil control.

Así pues, entenderá que tomar medicamentos anticoagulantes no es para nada la mejor solución para evitar los accidentes, salvo en casos de urgencia (para disolver un coágulo ya formado).

El by-pass: la “solución” dura

Ya que hacer que descienda el colesterol con medicamentos no sirve para nada y como los medicamentos contra los coágulos son peligrosos, lo único que queda es pasar por las manos del cirujano.

En efecto, se puede “rodear” literalmente el problema de la estenosis (estrechamiento) de la arteria añadiendo, quirúrgicamente, una punta de arteria para derivar la sangre. Esto va muy bien, los resultados son inmediatos y ya se puede salir a pasear.

Es el famoso by-pass coronario. Hasta hace poco se trataba de una operación extremadamente seria. Se necesita anestesia general y abrirle el tórax para llegar al corazón. Además, hay que derivar la sangre hacia una bomba externa para oxigenarla y volver a inyectarla en los vasos, un sistema imprescindible para la supervivencia del paciente, pero que al organismo no le suele gustar, en especial cuando la operación se prolonga.

Actualmente unos robots se dedican a hacer los by-passes sin abrir el tórax y sin que la sangre circule fuera del cuerpo pero, de todos modos, el by-pass quirúrgico es el último recurso. Como los medicamentos anticoagulantes, puede salvar vidas en caso de urgencia.

By-passes aortocoronarios hay de dos clases: los que utilizan venas periféricas (por ejemplo, safena) para conectar la raíz de la aorta con la arteria coronaria por debajo de la lesión, y los que tomando otras arterias (por ejemplo, la mamaria) la conectan a la arteria afectada distalmente a la lesión.

Cuando a uno de los órganos le falta realmente sangre, cuando la arteria que la hace llegar es realmente demasiado estrecha, tiene lugar un fenómeno de “by-pass natural”. Crecen nuevas arterias solitas para desviar la estenosis sin que haya necesidad de operarle (aunque este fenómeno de neoformación vascular no ocurre en todos los casos).

Este fenómeno se produce si se lo pide real y regularmente a su órgano. En otras palabras, cuando lleva una vida sana, no sedentaria, con un mínimo de 30 minutos diarios de actividad física de suficiente intensidad (es decir, que le haga sudar).

Si ha pasado por un by-pass y no practica ejercicio, las mismas causas van a producir los mismos efectos, y las nuevas arterias rápidamente se van a volver a esclerosar. Estará obligado a pasar por el quirófano otra vez, con todos los riesgos que conlleva (y los costes para la comunidad).

La técnica del by-pass tendría que haberse convertido en algo exótico, que sólo se utilizara en casos de urgencia, ya que el by-pass natural es más eficaz, conlleva menos riesgos y es menos costoso. Los cambios en el modo de vida deberían fomentarse desde la cardiología, pero no se hace, ya que los cardiólogos creyeron descubrir la panacea frente a la arterioesclerosis con la técnica de la angioplastia a finales de la década de 1970 y luego con el stenting a finales de la de 1980.

La ilusión del progreso tecnológico médico

La angioplastia consiste en suprimir la estenosis sin by-pass y sin medicamentos.

El cirujano interviene directamente en las arterias coronarias con un alambre teledirigido, llamado catéter. El catéter sube hasta el lugar de la estenosis y tritura la placa de ateroma mediante el inflado a varias atmósferas con suero fisiológico de un baloncillo de látex situado en el extremo distal del catéter.

El efecto es espectacular en un principio. La arteria, ensanchada súbitamente, deja pasar de nuevo la sangre, pero como ya sospechará, la placa arterioesclerótica triturada por el baloncillo de la angioplastia va a cicatrizar con rapidez, con una proliferación de células. En el 40% de los casos, se asiste a una reestenosis (reaparición del estrechamiento después de haber sido corregido), a menudo peor que la primera, algo que puede ocurrir desde la primera semana hasta pasado un año después de la angioplastia por el globito. Porque a pesar de la angioplastia, el proceso arterioesclerótico continúa.

«Que no tiene nada que ver con eso», respondieron los cardiólogos a finales de la década de 1980, una vez confirmados los enormes límites de esta técnica. «Colocaremos en la arteria un muelle especial para impedir que se estreche de nuevo». A este invento se le bautizó como “stent”, y desde entonces se empezaron a poner stents por todas partes, olvidando que:

  1. Una vez colocado, el stent no se puede retirar; si provoca un problema… el paciente deberá aprender a vivir (o a morir) con él.
  2. El stent, como ya supondrá, no es liso como el endotelio, sino que, por el contrario, a las plaquetas sanguíneas les encanta pegarse a él y formar un coágulo, lo que obliga a suministrar al operado medicamentos antiagregantes (el tipo de la aspirina o el clopidogrel) que aumentan el riesgo de hemorragia (entre ellos el ACV hemorrágico).
  3. De todas formas, algunos elementos procoagulantes de la sangre pueden invadir el stent, provocar una nueva trombosis y acabar por ocluirlo (lo que ocurre en el 25% de los casos).

«No tiene nada que ver con eso», volvieron a responder los estudiosos en cardiología.

Así, a principios de la década de los 2000 inventaron el stent “activo”, es decir, forrado de sustancias que bloquean la reestenosis (son los llamados stents “impregnados” o “medicalizados” con rapamicina, también conocida como sirólimus, que inhiben la trombosis intra-stent). Sí, de acuerdo, pero, en este caso, aunque las células endoteliales no vuelvan al stent, el paciente debe seguir tomando antiagregantes durante años.

Ahora bien, quien dice tomar medicamentos antiagregantes a largo plazo dice no sólo riesgo hemorrágico, sino también úlceras en el estómago; de ahí la necesidad de tomar medicamentos contra la acidez, que tienen el (enorme) inconveniente de impedir una buena digestión de los alimentos y provocan carencias en nutrientes esenciales.

Los cardiólogos, entre la espada y la pared

Durante mucho tiempo, estos inconvenientes se minimizaron, pero en la actualidad se han apoderado de los cardiólogos unas dudas terribles.

Desde 2007 se empezaron a dar cuenta de que ACV hemorrágicos se habían extendido más de lo que se pensaba (el 40% de los casos) y que, entre el 60% restante, el 40% era de causa no conocida.

En la actualidad se reconoce la utilidad limitada de las estatinas, se tiende a ser más permisivo en el consumo de algunas grasas y se sigue creyendo firmemente en la utilidad de las medidas preventivas (dieta y ejercicio), y sólo se apuesta por medidas como la angioplastia más stent o la cirugía del by-pass aortocoronario cuando las circunstancias lo indican como la única alternativa.

En 2004, el cardiólogo alemán Rainer Hambrecht se hizo famoso al comparar dos grupos de personas que sufrían estenosis coronaria. El primer grupo no se sometió a ninguna operación, no tomó ningún medicamento y practicaba ejercicio de forma moderada. El otro grupo se deshizo de su estenosis colocando un stent y volvieron a su vida anterior. Al cabo de 12 meses, el 42% de los pacientes que recibió un stent había tenido complicaciones, frente a tan sólo el 12% del grupo que cambió de estilo de vida. Además, en este grupo que hacía ejercicio, los pacientes evidentemente estaban en mejor forma.

Por lo tanto, con la máxima celeridad, hay que dejar de atiborrar de medicamentos a las personas enfermas del corazón y de las arterias, y hay que evitar, en la medida de lo posible, toda operación que no sea urgente. Por el contrario, las personas que padezcan arterioesclerosis o que hayan tenido un accidente cardiovascular deben darse prisa y recuperar un modo de vida sano, con ejercicio moderado todos los días, siguiendo la dieta mediterránea (por ejemplo la dieta cretense, que es la tradicional de los habitantes de Creta, basada en frutas, verduras, legumbres, cereales poco refinados, aceite de oliva, sazonar con ajo, cebolla, perejil, albahaca, eneldo, etc.) y, sobre todo, sin tomar medicamentos contra el colesterol, ineficaces para prevenir los accidentes, pero con posibles efectos secundarios graves.

¿Cómo motivarse para cambiar de forma de vida?

Esta nueva generación de cardiólogos se enfrenta a un grave problema: se han percatado de que lo que sus pacientes necesitan no es un nuevo medicamento, ni un avance tecnológico, sino apoyo humano que les motive a cambiar de forma de vida. Y eso es porque nadie ha pensado en formarlos en este campo en la facultad de medicina.

En nuestra época, a menudo nos vemos atrapados en un ciclo infernal que nos hace creer que incluso practicar deporte de modo habitual y preparar a fuego lento platos ecológicos es algo totalmente utópico.

El doctor Michel de Lorgeril, experto internacional en cardiología y nutrición, cardiólogo e investigador del CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica, de Francia), miembro de la Sociedad Europea de Cardiología y autor de numerosas publicaciones, pone el ejemplo siguiente en su libro “Prévenir l’infarctus et l’AVC” (Prevenir el infarto y el accidente cerebro vascular –ACV-):

«Para aguantar el tipo, fumo; para relajarme, fumo; sacrifico la calidad de las comidas e incluso, para ir más rápido, me salto las comidas… y dedicar dos o tres veces por semana al footing es la última de mis intenciones, porque fumo y mi mala nutrición me sume en un estado de fatiga crónica » (5)

Así se resume el problema y la tentación a veces irresistible que supone para los cardiólogos recetar sencillamente medicamentos para bajar la presión arterial, la tasa de colesterol y la coagulación de sus pacientes, así como proponerles operaciones quirúrgicas.

Los medicamentos los puede ir a buscar cualquiera a la farmacia y tomarlos dos o tres veces al día acompañados de un vaso de agua. Las operaciones cuestan más caras, pero aun así basta con reservar hora en el quirófano. El paciente llega por la mañana, le ponen anestesia y sale unos días más tarde. Así es como se organiza nuestro sistema de salud.

Por el contrario, introducir cambios en el estilo de vida (modificar la dieta, hacer ejercicio físico, adelgazar, etc.) no siempre es fácil y muchos pacientes, no suficientemente bien informados por los médicos, no aceptan estos cambios, con lo que la eficacia del enfoque terapéutico queda seriamente reducido.

Porque decidirse a cambiar radicalmente de estilo de vida pone en duda gran cantidad de cosas.

Uno se pregunta: ¿Por qué debería hacer este esfuerzo? ¿Qué me va a motivar realmente a levantarme cada mañana y salir a hacer ejercicio? ¿Cómo renuncio a todos esos alimentos que sé que hacen daño a la salud pero que me son imprescindibles para levantar el ánimo y soportar las frustraciones de la vida diaria? ¿De dónde saco la energía para cambiar de profesión e irme a vivir a un lugar donde ganaré menos, sin duda, donde estaré menos reconocido, pero donde llevaré una vida sana, que me permitirá vivir más tiempo y con una mejor salud? En el fondo, ¿tengo realmente ganas de mejorar?

Para responder a todas estas preguntas, no basta con una simple receta médica, ni incluso con varias sesiones en el psicólogo.

Se trata de toda una reflexión sobre “por qué vivo” y “para qué vivo” que hay que emprender. Corregir, a veces desde cero, las malas elecciones que se han tomado a lo largo de la vida.

¿Y dónde encuentro consejos dignos de fiar? ¿Cómo evito a los manipuladores y a los incompetentes que sólo quieren mi dinero?

Una ayuda modesta, pero gratuita, por correo electrónico

Desde nuestra posición, intentamos avanzar por este camino para intentar llegar a las personas que lo desean con una ayuda modesta, pero gratuita, a través de los mensajes de este boletín electrónico, como el que ahora mismo está leyendo.

A veces, por la noche, me despierta una idea que me parece clara, útil y evidente, pero muy a menudo se vuelve menos clara con la luz del día… Entonces hay que ponerse a trabajar, laboriosamente, e intentar encontrar ideas constructivas que ayuden a vivir. Ideas sobre la felicidad o la tristeza, sobre la salud o la enfermedad, sobre los pacientes o la medicina, que ayudan a despejar el camino. A veces, como el mensaje en una botella tirado al mar, llega a nuestra mesa la opinión de un lector, de una lectora, que nos escribe diciendo que nuestros mensajes le han ayudado, que su salud ha mejorado, que ve la vida de otro modo y de una manera más positiva gracias a Tener Salud… Eso siempre es motivo de gran alegría. Y nos ponemos de nuevo manos a la obra para ayudar a las personas que lo desean a introducir los cambios que les aportarán más vida, más salud y más felicidad, tanto a ellas como a las personas que les rodean.

Es por eso que una vez más le animo a que invite a sus familiares y amigos a unirse a nosotros. Símplemente tendrán que hacer clic en este enlace e indicarnos en qué e-mail quieren empezar a recibir gratis Tener S@lud. Seguro que se lo agradecerán.

¿Usted o algún familiar ha sufrido un infarto o ha tenido que ser sometido a una intervención para colocarle un stent, un by-pass o practicarle una angioplastia? ¿Es consciente ahora de la importancia de un cambio de hábitos y de mentalidad para combatir la arterioesclerosis? Le invito a comentar su experiencia con el resto de lectores de  www.saludnutricionbienestar.com haciendo un comentario un poco más abajo.

Fuentes:

  1. Véase el estudio ILLUMINATE de 2007, publicado en el New England Journal of Medicine.
  2. S. Sultan and N. Hynes, “The Ugly Side of Statins. Systemic Appraisal of the Contemporary Un-Known Unknowns,” Open Journal of Endocrine and Metabolic Diseases, Vol. 3 Nº. 3, 2013. p. 179-185. doi: 10.4236/ojemd.2013.33025.
  3. S. Sultan and N. Hynes, “The Ugly Side of Statins. Systemic Appraisal of the Contemporary Un-Known Unknowns,” Open Journal of Endocrine and Metabolic Diseases, Vol. 3 Nº. 3, 2013. p. 179-185. doi: 10.4236/ojemd.2013.33025.
  4. Véase el estudio sueco publicado en junio de 2013 en la revista científica PlosOne.
  5. Thierry Souccar Editions. Véase la página 199.