Para disfrutar de un buen estado de salud es fundamental dormir bien. Y para ello es necesario un colchón bueno (¡no solo cómodo!).
Y por “bueno” yo entiendo:

  1. Bueno para la espalda y el descanso.
  2. Bueno para la piel y los pulmones (es decir, sin productos alergénicos y con la menor cantidad posible de materiales sintéticos)
  3. Bueno para la Naturaleza (o lo que es lo mismo: de producción ecológica y sostenible).

Lo que ocurre es que conseguir un producto que cumpla estos 3 requisitos no es tan fácil como podría parecer. Incluso a pesar de lo mucho que han cambiado los tiempos, quedando ya tan lejos los viejos colchones de lana que muchos han conocido en su juventud y que tan malos resultaban para la espalda (ojo: aquellos colchones poco o nada tienen que ver con los que hoy en día se fabrican con este material).

Prescinda de los materiales nocivos

Los colchones más comunes en la actualidad son los de espuma, los de muelles y los de látex sintético.
Pues bien, empezando por los primeros… ¡debe huir sin dudarlo de ellos! Si usted está buscando colchón, permítame ese consejo: descarte los de espuma de inmediato.

Tanto si son de poliéster como de poliuretano (ambos derivados del petróleo), contienen pegamentos, plásticos y tejidos sometidos a multitud de tratamientos químicos.

Estos los hacen resistentes a la humedad, al fuego y al calor, pero añaden todo tipo de sustancias contaminantes:

  • Ftalatos.
  • Isocianatos.
  • Retardantes de llama.
  • Etc.

Además, los colchones fabricados con sustancias sintéticas pueden despedir gases y liberar químicos al aire. Así que usted no solo pasará horas con la cabeza apoyada sobre un material tóxico, sino que además lo inhalará mientras duerme… ¡durante toda la noche!

En concreto, los pirorretardantes (polibromodifenil éteres o PBDE) que se aplican a estos colchones para inhibir la combustión en caso de incendio y otros químicos que los hacen resistentes al agua y a las manchas suelen ser cancerígenos.

Por tanto, este tipo de colchones están muy lejos de ser una buena opción para la salud (al igual que para el medioambiente). Además, la espuma ofrece de todo menos firmeza: con el tiempo se degrada, haciendo que el colchón se deforme.

Paradójicamente, dentro de este tipo de colchones los peores son los más caros: los que tienen “memoria de forma”. Estos colchones son, sencillamente, catastróficos para la espalda. Y es que esa “memoria de forma” del colchón se adapta al cuerpo, pero eso incluye una espalda torcida, unos hombros encorvados, una pelvis desviada…

Es decir, que en caso de utilizarlo no va a devolverle una postura correcta, sino que por el contrario “fijará” sus malos hábitos en caso de que los tenga.

Pero es que además estos colchones no resisten el peso de la cabeza, por lo que sus cervicales podrían torcerse sin que usted se dé cuenta. Es decir, que pueden aumentar sus tensiones en lugar de disminuirlas, o incluso generarlas si no las tuviera.

Muelles: ¿por qué no?

Los colchones de muelles, aunque durante mucho tiempo se han considerado una opción muy cómoda y buena para la espalda, tienen un defecto: no permiten la “independencia del sueño”. Esto implica que su compañero o compañera de cama sentirá sus movimientos cuando usted se mueva (y viceversa).

Algunas firmas de colchones de muelles de alta gama afirman haber solucionado ese problema aislando cada resorte en una pequeña bolsa individual (lo que se conoce como “resortes pocket”, “embolsados” o “individuales”).

Pero esto tampoco soluciona verdaderamente el problema.

Además, con resortes embolsados o no, el colchón de muelles plantea serios inconvenientes:

  • Por un lado, es susceptible de contener gran cantidad de sustancias químicas nocivas para la salud.
  • Por el otro, resulta catastrófico para el medioambiente. Y es que después de 10 ó 15 años, cuando los resortes colapsan y comienzan a “saltar”, toca deshacerse del colchón. Y es ahí cuando surge el mayor problema: podría permanecer en un vertedero o en un centro con una mala gestión de residuos por tiempo indefinido, pues ninguno de sus materiales (en especial la multitud de resortes que contiene) es reciclable.

En definitiva: que tampoco el de muelles es el colchón ideal…

¿Látex? Sí, ¡pero natural!

Hay un tipo de colchones que cumple con los 3 requisitos de los que le he hablado desde el principio (comodidad, salud y compromiso ecológico).

Se trata del colchón de látex natural.

He investigado el tema a fondo porque se trata de una inversión importante. Y lo cierto es que, si bien los precios varían mucho entre unas marcas y otras, más barato no siempre implica menos calidad. Por ello le aconsejo estudiar bien las firmas disponibles en el mercado para encontrar la que más le interese.

El látex natural proviene de la savia de un árbol originario de la Amazonia, el caucho (Hevea brasiliensis), y es elástico, duradero y resistente. Pero lo mejor es que conserva el 95% de su forma incluso tras 10 años de uso, a diferencia de los colchones de espuma y de muelles.

Además, posee propiedades antibacterianas (no permite la acumulación ni el desarrollo microbiano) y antialérgicas (evita la proliferación de alérgenos y de ácaros).

Y, por último, gracias a los millones de microburbujas de aire y a los cientos de células que lo componen, es termorregulador. Es decir, que a diferencia de los colchones sintéticos -que “atrapan” el calor y aumentan la transpiración- el látex natural refresca cuando hace demasiado calor y calienta cuando hace frío.

Un colchón de látex natural “respira” y usted también, así de fácil. Eso sí, será necesario situarlo sobre un buen somier de listones de madera (certificada y sostenible) para que permanezca ventilado. Y asimismo conviene que, en la medida de lo posible, el acero del que se componga la estructura sea de buena calidad.

Cómo elegir el mejor colchón de látex natural

No es tarea fácil, puesto que son muchas las ofertas en el mercado, a veces incluso un poco confusas.

Lo primero en lo que debe fijarse es que el colchón cuente con la mención de “látex natural” en su etiqueta. Por el contrario, si eso no está indicado lo más probable es que se trate de látex sintético (en el mejor de los casos contará con un 25% de látex natural y, además, es probable que esté forrado con espuma).

También es recomendable que el colchón cuente con las siguientes características:

  • Que el látex natural posea un certificado GOLS (Global Organic Latex Standard), que garantiza que en su producción no se han utilizado pesticidas químicos ni elementos tóxicos.
  • Que esté envuelto en una funda fabricada con elementos igualmente naturales, como lana o algodón orgánicos con certificaciones oeko-tex (otra etiqueta confiable). Asimismo, asegúrese de que no hay materiales tóxicos en otras zonas, como por ejemplo en las cremalleras.
  • Que, preferiblemente, tenga dos caras diferenciadas, una para cada mitad del año. Por ejemplo, uno de los lados puede contar con un forro de lana para el invierno (de nuevo, debe tratarse de lana orgánica, un material ignífugo por naturaleza que además disipa la humedad del cuerpo y amortigua el peso) y el otro, más firme, estar recubierto de algodón orgánico, óptimo para el verano.

Este tipo de colchones pueden parecer demasiado flexibles al tumbarse, pero rápidamente notará cuánto resisten. Además, no desprenden ningún tipo de sustancias tóxicas ni olores.

Hacer del dormitorio un refugio frente a los tóxicos es una de las mejores medidas que puede adoptar por su salud, y en ese sentido debe vigilar el tipo de colchón que utiliza.

Se despertará con energías renovadas y con la tranquilidad de saber que no está contribuyendo a contaminar su salud ni el medioambiente con productos o materiales tóxicos. ¡Qué mejor descanso que ese!