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La nueva desobediencia civil

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Hace décadas la desobediencia civil estaba de moda.

En aquellos tiempos, esa “desobediencia” consistía en:

  • Dejarse crecer el pelo y la barba.
  • Usar pantalones de campana y blusas.
  • Rasguear una guitarra imitando a Bob Dylan, poniendo la voz ronca.
  • Estar en contra del servicio militar obligatorio.
  • Escuchar transmisiones de radio clandestinas.
  • Participar en protestas juveniles.
  • Escribir alguna que otra consiga en las paredes.
  • Repartir panfletos.
  • Etc.

Cuánto han cambiado las cosas hoy, ¿no le parece?

De la desobediencia civil a la destrucción banal

Hoy por hoy vivimos en un mundo en el que:

  • La medicina “oficial” destruye la salud.
  • Muchos investigadores acreditados falsifican estudios.
  • Periodistas de los principales medios de comunicación corrompen la información.
  • Ciertos artistas boicotean (por no decir que directamente demuelen) el arte.
  • Gran cantidad de ¿músicos? tortura nuestros tímpanos.
  • Numerosos sacerdotes denigran la moralidad.
  • Muchos jueces promueven la inseguridad.
  • Y no pocos gobernantes consiguen que el caos campe a sus anchas.

Y quien no participa activamente en el proceso, destruyendo su vida o la de otras personas, presencia en vivo y en directo el cataclismo sin abandonar su posición pasiva.

Es decir, que en poco menos de un siglo nos hemos convertido en auténticos “maestros” en el arte de destruir. Arruinamos a escala industrial:

  • Culturas, lenguas y creencias.
  • Conceptos como la vida privada, la intimidad, la infancia, la inocencia, las relaciones humanas y la justicia.
  • El saber hacer artesanal, patrimonio de las clases medias y del buen vivir.
  • La cortesía.

Y, por supuesto, por el camino arrasamos:

  • Vidas humanas (en guerras, genocidios, campos de exterminio…).
  • Especies animales y vegetales.
  • Suelos, paisajes, océanos y ecosistemas enteros.
  • Las reservas naturales de prácticamente todo: petróleo, agua potable, minerales…

La vida se ha convertido en una carrera frenética para comprar cosas que no necesitamos, con dinero que no tenemos, para impresionar a personas que no nos agradan (a veces, a las que ni siquiera conocemos en persona, como sucede en las redes sociales).

La última vía que nos queda para desobedecer

El único camino que nos queda para “desobedecer” hoy es respetarnos a nosotros mismos y respetar a los demás.

La “ley de la desobediencia” en nuestros días se basa en cuidar de nuestra salud y de nuestra familia adoptando una postura activa, rechazando medicamentos y tratamientos innecesarios, cultivando nuestro propio huerto, resistiendo frente a la omnipresente comida basura en los supermercados y en la televisión, manteniéndonos a salvo del hiperconsumo…

Pero también evitando la sobreexposición a las nocivas pantallas, que hoy por hoy parece que encima solo sirven para difundir aún más el terror y los comportamientos negativos.

Resistir es sinónimo de mantener el respeto por las buenas costumbres y la justicia, de esforzarse en sofocar disputas y de aprender a vivir con menos, de un modo más sostenible y dentro de nuestras posibilidades.

De ser mesurados, de decir la verdad, de hacer las preguntas necesarias.

Y todo con límites claros: hay que ser pacientes, alegres, amables… pero también responsables y firmes en las propias creencias y valores. Íntegros.

Quien no marca sus propios límites es capaz de hacer cualquier cosa. En un momento de pérdida de control, no habrá nada que le detenga.

A fuerza de tolerarlo todo…

En la actualidad nos manipulan a diario para que aceptemos lo inaceptable.

Y se trata de una manipulación bastante simple: todo lo que hay que hacer es mostrar constantemente imágenes impactantes, comportamientos aberrantes e historias absurdas. Según un principio establecido quince siglos atrás por el filósofo Agustín de Hipona “a fuerza de verlo todo, terminamos apoyándolo todo. A fuerza de sostenerlo todo, terminamos tolerándolo todo. A fuerza de tolerarlo todo, terminamos aceptándolo todo. Y a fuerza de aceptarlo todo, ¡terminamos aprobándolo todo!”.

Ahora bien, cuando hay suficientes personas que han establecido sus propios límites, esa manipulación deja de funcionar. Resulta mucho más difícil imponer la fantasía frente a la propia realidad de cada uno.

Así que ¡resista! ¡Siga “desobedeciendo”! El mundo de mañana se lo agradecerá, no tenga ninguna duda.

Y si este texto le ha hecho pensar, le animo a que lo comparta con sus contactos para que también ellos puedan sumarse a esta ola de “desobediencia” cargada de valores.


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