Antes de nada, una advertencia: en ocasiones interrumpir radicalmente un tratamiento con antidepresivos puede ser más peligroso que seguir adelante con él. Es importante que el tratamiento se reduzca de manera muy progresiva y bajo la atención de un médico cualificado. Dejar este tipo de tratamientos puede provocar problemas todavía más graves que los síntomas que le llevaron a empezarlo.

Por lo tanto, si actualmente se encuentra tomando antidepresivos, mi intención con este artículo no es en absoluto que interrumpa su tratamiento por iniciativa propia. Siempre debe consultar a su médico.

Pero los hechos están ahí.

En estos útimos años se ha producido un gran número de masacres en colegios y otros centros educativos, especialmente en Estados Unidos. Todavía hoy Estados Unidos –y el mundo entero- sigue conmocionado por la masacre en la Escuela Primaria de Sandy Hook (Newtown), ocurrida en diciembre de 2012. El joven de 20 años Adam Lanza irrumpió en el colegio a primera hora de la mañana y asesinó a tiros a 20 niños de 6 y 7 años y a 6 adultos, profesores y otros trabajadores del centro, reservándose una última bala para él mismo.

Una página web “Historias de ISRS” (SSRI Stories) lleva contabilizadas a día de hoy sesenta y seis masacres en centros educativos y desde finales del siglo XIX, cuando se desarrolló a gran escala la construcción de colegios. (1)

De ellas, 52 se han producido entre 1989 y la actualidad, es decir, el 79% de los casos, experimentando una aceleración desde el año 2000.

De hecho, a excepción de tres, todas se han producido desde el año 1964.

Entre las tres masacres escolares cometidas antes de 1964, una tuvo lugar en Alemania en 1913 por parte de un hombre de 27 años, y otra en Estados Unidos en 1927 por un hombre de 55 años al que se le había diagnosticado locura.

El tercer caso sucedido antes de 1964, y el único en el que se vieron implicados menores, tuvo lugar en Vilnius (la actual Lituania) en 1925. En él, dos estudiantes de instituto que militaban en el partido comunista atacaron al tribunal de un examen, matando a un profesor y a varios alumnos por razones probablemente políticas.

Y aquí es donde quería llegar. Cuando en la televisión vea que ha ocurrido una nueva masacre en un colegio, no haga caso a los comentaristas que dicen que “este tipo de violencia ha existido siempre” o que dan a entender que los medios de comunicación modernos son los que hacen que se hable de este tipo de casos, que antes simplemente desconocíamos, pero que se producían igualmente.

Es mentira y requetementira. En realidad es toda una novedad que haya niños autores de asesinatos en masa.

El caso del asesino en serie de 14 años, sediento de sangre, que mató a uno de sus compañeros mediante una puesta en escena macabra y con la intención de aparecer en la televisión como el asesino más temible de la historia de la humanidad es algo nuevo que genera una enorme inquietud y que históricamente puede fecharse a partir de los años sesenta.

¿Son las armas las únicas responsables?

Cada vez que ocurre algo así, los medios de comunicación reaccionan de la misma manera: hay que prohibir las armas de fuego. Es cierto que, si no existieran las armas de fuego, resultaría muy complicado matar a tanta gente al mismo tiempo.

En cualquier caso, ya hace siglos que la mayoría de estadounidenses tiene armas de fuego. En Europa, además, tradicionalmente todos los campesinos, o prácticamente todos, tenían una escopeta colgada encima de la chimenea. Teniendo en cuenta que la mayor parte de los países europeos eran rurales, este dato indicaba millones de armas de fuego en circulación en el país, de fácil acceso para los escolares.

Y aún así, en el siglo XIX no se registró ningún caso de un estudiante loco sacando de su mochila una escopeta cargada de munición y cometiendo una carnicería contra sus profesores y compañeros.

En esa época se produjeron numerosos enfrentamientos entre estudiantes, que requirieron la intervención de la policía. Sin embargo, se trataba de una violencia cuyo objetivo era protestar contra una situación o un sistema educativo considerados de manera colectiva como intolerables, con razón o sin ella.

Se conocieron, por supuesto, ajustes de cuentas. Pero en esos casos se trataba de un asesinato dirigido hacia una persona en particular, por un motivo concreto, no de una matanza indiscriminada. Y aún así, tampoco era lo más habitual.

¿Cómo explicar los asesinatos masivos?

Los asesinatos en masa contra inocentes cometidos por jóvenes, incluso niños, han aparecido al mismo tiempo que se han producido grandes cambios en el estilo de vida, como el resquebrajamiento de las familias, las grandes dosis de televisión desde la más tierna infancia, la violencia en el cine y en los videojuegos, la pornografía “dura” accesible para los niños, las drogas, el desarraigo geográfico de la población, el fenómeno de las bandas y el éxito de la “cultura gótica” y de las músicas satánicas en nuestra sociedad, pero también por el aumento de las toxinas, metales pesados, comida basura y otros factores medioambientales (entorno urbano degenerado, ruido, estrés, traumas), que han ayudado a la aparición de enfermedades mentales como la esquizofrenia y las depresiones.

Entre todos estos cambios, ¿quién puede decir con certeza cuál ha sido más determinante?

Es una cuestión a la que no se podrá dar respuesta hasta dentro de mucho tiempo. Hoy por hoy sólo podemos decir, como mucho, que es posible que el fenómeno obedezca a mútiples factores.

El rastro de los antidepresivos

En cualquier caso, hoy en día muchos psiquiatras, entre ellos el americano Peter Breggin, consideran los antidepresivos inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina (ISRS, tipo Prozac) como responsables potenciales de varias masacres recientes. Entre los efectos secundarios de estos antidepresivos se encuentran, en efecto, un aumento de la agresividad, una reducción de los remordimientos y una alteración de la personalidad. Numerosos asesinos en serie y otros autores de barbaries “inexplicables” estaban tomando estos medicamentos.

Además, el brutal auge de los casos de violencia extrema entre los jóvenes se produjo al mismo tiempo que la aparición de los antidepresivos ISRS, en 1987, y su ingesta cada vez mayor por parte de los jóvenes.
Varios expertos intentaron entonces cuantificar el número de casos en los que los asesinos en serie tomaban estos medicamentos ISRS que supuestamente poseen un efecto “desinhibidor”, es decir, que elimina las barreras psicológicas naturales que impiden cometer tamañas crueldades.

Se creó la página web, “Historias de ISRS” (SSRI Stories) en la que aparecen todas las barbaries recientes que han sido objeto de cobertura mediática o cuyo autor se encontraba oficialmente bajo los efectos del ISRS, así como testimonios individuales. (1)

La lista es muy ilustrativa e incluye:

  • La matanza de Columbine, en Estados Unidos: el 20 de abril de 1999, dos estudiantes de 17 y 18 años matan a 12 compañeros y un profesor antes de suicidarse ambos de un tiro en la cabeza. Resulta que uno de los dos asesinos, Eric Harris, estaba siendo tratado por un psiquiatra que le había recetado Zoloft, un antidepresivo de la familia de los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Al haberse quejado de sus efectos secundarios, el médico le había dado un antidepresivo nuevo, Luvox, poco antes del crimen. El informe médico del segundo estudiante, Dylan Klebold, aún no sido hecho público.
  • Jeff Weise, 16 años, tomaba 60 mg de Prozac al día (tres veces más de la dosis inicial media para un adulto) cuando mató a su abuelo, a un amigo de éste y a varios compañeros de su colegio en Red Lake, Minnesota. Posteriormente se pegó un tiró en la cabeza. 10 muertos, 12 heridos.
  • Cory Baadsgaard, 16 años, del instituto Wahluke, en el estado de Washington, seguía un tratamiento con Paxil (que le provocaba alucinaciones) cuando cogió un revolver y tomó como rehenes a 23 alumnos de su clase. No recuerda nada de aquello.

Y 63 masacres más protagonizadas por niños y jóvenes de 11 a 19 años, medicados con Prozac, Zoloft, Paxil o Ritalin. Dejaron un reguero de sangre en aulas de centros escolares como el Instituto de West Paducah, en Kentucky, el Instituto de Conyers, en Georgia, la escuela primaria de Breenwood, en Carolina del Sur o el Instituto de Jokela, en Finlandia, entre otros escenarios.

Naturalmente, esta lista no demuestra nada. Muchos psiquiatras explicarán que, si estas personas han cometidos tales actos, precisamente es porque tenían un problema psíquico de base que sus médicos estaban intentando tratar (sin conseguirlo, es evidente). Y que si estas personas no hubieran estado bajo tratamiento con antidepresivos quizá habrían hecho algo peor.

Pero lo cierto es que, antes de los antidepresivos, no era tan habitual que hubiera niños que asesinaran a sus abuelos con un hacha o que masacraran a sus compañeros de clase con un arma de fuego. Repetimos: las armas de fuego (y los niños) llevan existiendo desde bastante tiempo antes de los años setenta y del auge de los tratamientos con antidepresivos a jóvenes.

Las autoridades estadounidenses, en alerta

El 22 de marzo de 2004 la “Food and Drug Administration” (FDA) volvió a publicar una advertencia con respecto a los efectos secundarios de estos medicamentos, citando “ansiedad, agitación, ataques de pánico, insomnio, irritabilidad, hostilidad, impulsividad, acatisia (agitación severa), hipomanía y manía en los adultos y niños tratados con antidepresivos por trastornos depresivos graves. (2)

El 14 de septiembre de 2004, la FDA realizó una advertencia sobre los antidepresivos y el riesgo de suicidio entre los menores de 18 años. Este toque de atención se extendió a los menores de 25 años el 13 de diciembre de 2006.

La revista científica “Journal of American Physicians and Surgeons” publicó un artículo del Dr. Joel M. Kauffman titulado “Inhibidores selectivos de la recaptación de la serotonina: ¿más riesgos que ventajas?”. En relación con los temas tratados anteriormente, el Dr. Kaufmann afirma: “Nunca se va a llevar a cabo ningún estudio clínico relacionado con homicidios múltiples, por lo que no se corre el riesgo de encontrar ninguna prueba complementaria”. (3)

Y así, la realidad es que ni los médicos ni los investigadores clínicos van a descubrir un vínculo entre los antidepresivos y los crímenes masivos; serán los periodistas de investigación y los abogados que buscan justicia para sus clientes quienes se pongan a investigar para reunir dichas pruebas.

Para sacar a la luz la relación entre causa y consecuencia, es necesario efectivamente escudriñar la prensa, local, nacional e internacional en busca de hechos probatorios, sabiendo que la mayoría de los casos de violencia no aparecen en los periódicos y que, por secreto médico, muy pocas veces se da a conocer al público, o incluso a los propios periodistas, si el agresor se encuentra o no bajo tratamiento con antidrepresivos.

Por tanto, aún nos toca esperar mucho tiempo hasta que la noticia de la relación existente entre antidepresivos y actos de extrema violencia se publique en una publicación médica sobre novedades en la medicina oficial.

Eso no impide que estos hechos deban incitar a la mayor de las prudencias frente a este tipo de medicamentos, los ISRS, y que todo medicamento debe ser tomado muy en serio por parte de los pacientes, y más aún por sus padres, cuando se trata de un menor.

Le invito a compartir, con el resto de lectores de “Salud, Nutrición y Bienestar“, su reflexión sobre lo que acabamos de comentar sobre los fármacos ISRS. Puede dejar su comentario un poco más abajo.

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Nota: Hoy es el Día Nacional de la Hipertensión (el Día Mundial es el 17 de mayo) y usted va a escuchar informacion sobre la sal y sus efectos teóricamente perniciosos sobre la salud. Si quiere conocer la verdad sobre el consumo de sal y no dejarse confundir con las campañas oficiales, le invito a leer “¿Debemos parar la guerra contra la sal?“, el texto en el que hablamos sobre este asunto de vital importancia.

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Fuentes