En este año tan atípico que nos está tocando vivir, y más si cabe en estos días próximos a la festividad de Todos los Santos, se hace inevitable pensar más de lo habitual en la muerte.

En los riesgos que implica la pandemia, en los seres queridos que se han ido a lo largo de estos meses o hace algún tiempo ya…

La muerte es un trauma que debe ser bien digerido a cualquier edad. Y muchas veces no resulta sencillo abordarlo con los más pequeños de la casa.

Es habitual que, quienes han perdido a un ser querido, se instalen en el enfado debido al shock emocional, algo que también les sucede a los niños.

Por eso hoy quiero contarle la historia de un pequeño al que trató un amigo psicólogo y que resulta de lo más reveladora en este sentido.

Un niño inquieto

El niño, al que llamaremos Matías, tiene ahora 7 años. Su papá se suicidó hace más o menos 2 años.

Al poco tiempo, su madre decidió llevarlo a un psicólogo (mi amigo) para que le ayudase a superar lo sucedido y que su desempeño escolar no se viese afectado.

En su primera visita el pequeño estaba muy agitado, escondiéndose detrás de los sillones, saltando y evitando mirar a los ojos al terapeuta.

La madre le había contado que en general estaba muy irascible, enfadado y que incluso a veces la golpeaba. Del mismo modo, repetía con frecuencia que echaba de menos a su padre.

Si ha leído usted El Principito (en caso de que no, se lo recomiendo), entenderá perfectamente que el estado de Matías era como el del zorro de la historia: necesitaba ser domesticado.

“Hazme un dibujo”

Eso fue lo que le pidió el psicólogo pasados los primeros 20 minutos de sesión.

La mayoría de las veces a los niños les resulta muy difícil expresar lo que sienten con palabras. Por eso el dibujo suele ser un buen recurso expresivo, (y desde una edad muy temprana, incluso a los 3 ó 4 años).

El terapeuta interpreta luego las formas, los tamaños de los personajes, los colores utilizados y también el discurso con el que el niño presenta la ilustración.

En el caso de Matías los comienzos sobre el papel fueron muy desordenados (reflejando lo mismo que sucedía en su cabeza). Pero, al cabo de un rato, dibujó lo que parecía una tortuga ninja. Para él, explicó, era alguien fuerte, que lo protegía.

A pesar de su manifiesto enfado, al final de la primera cita el niño le dijo al psicólogo que le había “gustado mucho” aquel rato pasado juntos.

La segunda cita, por tanto, se preveía con ganas y más tranquila. Así fue.

En la siguiente sesión el niño incluso se acercó, como queriendo establecer contacto físico, y su dibujo en aquella ocasión fue mucho más estructurado.

En la cuarta cita Matías dibujó a un hombre con los ojos muy muy grandes, navegando en una barca y con un sol enorme en el cielo.

“Es mi papá”, dijo, “y está pensando en mí”.

La ira había desaparecido por completo.

Entre las sesiones, además, la madre ponía en práctica las instrucciones que mi amigo le había dado: ser firme en el “no”, no ceder a sus caprichos…

Esa firmeza ayudaría al pequeño a saber que toda situación, cualquiera, tiene límites.

De hecho, gracias a esas instrucciones Matías no volvió a intentar pegarle y, poco a poco, se fue recuperando el vínculo entre ellos.

Un trauma que debe digerirse

Las etapas del duelo son idénticas en niños y adultos, aunque no se expresen de la misma manera.

Ahora bien, para la madre de nuestra historia la dificultad se multiplica: sufre su propio proceso al tiempo que debe velar por un niño enojado porque le han quitado a su padre. Eso implica saber dónde está exactamente la frontera entre el consuelo necesario y el mantenimiento de las normas inherentes a la educación.

En los niños el duelo siempre comienza con una fase de rebelión y de negación. En este primer estadio se producen ira, miedo y una negativa a creer en la desaparición de la persona.

De hecho, el niño puede incluso dudar de la palabra del adulto, ya que a menudo los más pequeños permanecen al margen de los ritos funerarios (precisamente en un intento de protegerlos).

La muerte no siempre tiene sentido para él.

De ahí que sea tan importante ayudarlo psicológicamente durante ese período, para evitar su tránsito hacia la depresión.

En estos casos, la angustia y la tristeza terminan convirtiéndose en agresividad, lo que incluso puede acabar evocando el deseo de querer unirse al ser perdido.

El duelo infantil solo termina cuando el niño es capaz de “reorganizarse” por completo, estableciendo comportamientos y un modelo de vida adaptado a la nueva situación.

La importancia de decir la verdad

El papel del adulto es fundamental durante el duelo infantil.

Decir la verdad sobre la muerte consigue calmar al menor y ayudarle a contemplar mejor la pérdida y la falta.

Cuando el niño tiene dificultades para expresar bien lo que siente, el adulto debe, con palabras simples, darle derecho a estar triste, enojado e incluso a no querer hablar sobre el tema.

Pero en ningún caso hay que mentirle.

La célebre pediatra y psicoanalista Françoise Dolto nos dejó unas sabias palabras con las que se puede explicar a un pequeño, de forma totalmente clara, en qué consiste la muerte: “Morimos cuando terminamos de vivir”.

Es triste, pero no me diga que no es una forma preciosa y a la vez sencilla de exponerlo…

Sea honesto consigo mismo

Poder hablar sobre la muerte con un niño implica que uno mismo debe ser honesto y claro en su propia relación con la muerte, sin que esta le venza a través de la angustia o la tristeza.

Al igual que el resto de preguntas que hacen los niños acerca de la vida, el destino y demás cosas que no comprenden del todo, sus cuestionamientos acerca de la muerte pueden permitirnos a los adultos hacernos esas mismas preguntas y reflexionar sobre ellas en caso de que no nos las hayamos hecho ya.

Lo que está fuera de toda duda es que el duelo es uno de los shocks postraumáticos que más rastro pueden dejar -y durante mucho tiempo- si se manejan mal.

¿Lo bueno? Que solo hablar de ello ya nos pone en el camino hacia la curación emocional.

Por eso hoy Matías ya no está enfadado por la ausencia de su padre, aunque no por ello deje de echarlo en falta…