La regla general es que normalmente es más barato comprar materias primas que productos transformados: un árbol es más barato que tablas; tierra que ladrillos; trigo que pan…

Sin embargo, en el caso de muchos productos alimenticios actuales, ocurre justo lo contrario. Así, hoy en día el pan integral cuesta más que el pan blanco, el azúcar moreno es más caro que el azúcar blanco y la leche pasteurizada es más cara que la leche esterilizada UHT, entre otros ejemplos.

¿Por qué?

Porque actualmente existen procesos industriales para refinar alimentos que permiten transformarlos a buen precio, extrayendo de ellos productos que pueden venderse luego por separado.

Lo que queda del trigo cuando nos lo venden

Hablemos, por ejemplo, del trigo. Un grano de trigo está formado por la almendra, el germen y la cáscara.

La almendra sirve para hacer harina, la cáscara para salvado, y el germen para aceite.

Si nos vendiesen pan integral elaborado con el grano entero del trigo no se podría vender aparte ni el salvado ni el germen del trigo y, en ese caso, el productor saldría perdiendo.

En lugar de ello, al vendernos pan blanco, elaborado a partir únicamente de la almendra, la cáscara y el germen se pueden vender para producir cereales ricos en fibra (tipo all-Bran) o aceite, así como para alimentar a animales de granja.

La propia harina blanca incluso puede dividirse aún más. Las harinas de cereales están formadas por almidón (azúcar), también llamado fécula, y proteínas, sobre todo gluten.

Las proteínas de los cereales se pueden vender también como alimento para ganado y animales domésticos. China e India se encuentran bien posicionadas en el comercio de estos subproductos baratos. De ahí que los comerciantes se empeñen en hacernos comprar maicena, el almidón del maíz, es decir, lo que queda de la harina de maíz una vez que se le han quitado las proteínas.

El “invento” de la leche semidesnatada

Las mismas argucias se emplean con los lácteos.

Numerosas campañas informativas han convencido al público de que las grasas son malas para la salud. Dirigidas por los gobiernos, dichas campañas les vienen de perlas a los fabricantes, que se han puesto a vender de forma masiva alimentos con bajo contenido en grasas, comenzando por la omnipresente leche semidesnatada.

El consumidor tiene la impresión de que sale ganando con los productos light. Le parece normal que sean tan caros (o al menos más caros), porque entiende que son mejores para la salud.

En realidad, el que sale beneficiado principalmente es el fabricante. Para él, elaborar quesos ligeros y leche desnatada o semidesnadata, no le supone más que retirar toda o una parte de la nata de la leche antes de fabricar sus productos, permitiéndole después vender la nata fresca por separado.

Para ser justos hay que reconocer que la leche desnatada no es más cara que la entera, pero lo cierto es que debería ser bastante más barata.

Por ejemplo, un litro de leche entera de una primera marca costaba esta misma semana en una cadena de supermercados 0,99 euros, tanto si era desnatada como entera, y de marca blanca 0,61 también en ambos casos.

Para producir un litro de leche semidesnatada, el fabricante retira cerca de 50 gramos de nata fresca, que acabará vendiendo por lo menos a 0,30 euros.

La diferencia de precio se la queda el fabricante en el bolsillo. Multiplicado por los millones de cartones que se venden cada año, esto hace… millones de euros.

Tome mantequilla y no margarina

Peor aún fue la campaña que trataba de convencer a la población de que la mantequilla no era buena para salud y debía reemplazarla por margarina.

En esa ocasión ya no se trataba ni siquiera de vender una mantequilla a la que se le había retirado una parte de sus componentes. Se trataba de fabricar desde cero un producto con apariencia de mantequilla, pero elaborado a partir de algo completamente distinto, es decir, aceites hidrogenados, que inicialmente eran ricos en ácidos grasos trans cancerígenos y favorecedores de la arterioesclerosis (por lo general esto ya no es así).

¿Por qué margarina? Porque es mucho más barato producir aceites líquidos que grasas sólidas. Las grasas sólidas son o bien grasas animales (manteca, manteca de cerdo, grasa de vaca, oca o pato) muy caras, o bien grasas que proceden de plantas tropicales, como el aceite de coco o el aceite de palma. Y la agricultura moderna está mucho mejor equipada para producir a gran escala aceites líquidos, sobre todo de maíz y girasol.

Los aceites líquidos se solidifican mediante un proceso industrial: la hidrogenación. Al añadir después colorantes y aromas, el resultado final es una sustancia que se asemejará bastante a la mantequilla. Al menos lo suficiente para que el consumidor no note demasiado la diferencia de textura y sabor.

El problema está en que los aceites hidrogenados de este tipo, producidos con aceites líquidos ricos en ácidos grasos omega-6, no son buenos para el corazón. Tampoco contienen vitamina A, que se encuentra en la mantequilla.

Otro invento lucrativo: el surimi

Otro producto “inventado”: el surimi, al que muchos consideran como palitos de cangrejo.

En realidad, el surimi es mucho más barato, por kilo, que la carne de cangrejo e incluso que el pescado.

Lo que ocurre es que en el surimi no hay carne de cangrejo. Y sólo contiene un 38% de carne de pescado, frente el 62% restante formado por la mezcla de aceite, almidón, azúcar, agua y aroma. ¡Vamos, que se lleva la palma como alimento falso entre los falsos!

¿Qué productos de los que encontramos en el supermercado cree que deberíamos eliminar de nuestra dieta? Le invito a compartir su opinión con el resto de lectores de www.saludnutricionbienestar.com haciendo un comentario un poco más abajo.