A pesar de las continuas advertencias de algunos médicos, como el Profesor Phillipe Even o el Dr. Michel de Lorgeril en contra del mito de los peligros del colesterol, la mayoría, ante la duda, preferimos tener un nivel bajo. Estos médicos afirman que el colesterol no es la causa de las enfermedades del corazón y que las estatinas (los medicamentos que reducen de forma artificial el nivel de colesterol en sangre) provocan por lo general más daño que beneficio.

Por eso no resulta extraño que personas completamente sanas vigilen de todos modos lo que comen para evitar el colesterol que se encuentra en los alimentos ricos en grasas saturadas (yema de huevo, embutidos, etc…).

Pues bien, resulta que desde hace ya un cuarto de siglo, y gracias a un estudio aparecido en la prestigiosa revista British Medical Journal, sabemos que esta actitud de controlar el nivel de colesterol, que a priori parece prudente y razonable, por el contrario podría ser peligrosa. (1)

¿Por qué esto no se estudia en la Facultad de Medicina? Es un misterio. ¿Por qué los medios de comunicación no le han dado la más mínima difusión a un estudio tan rotundo? Otro misterio. ¿Podría ser que un estudio así, que señala que las personas que nunca han sufrido un accidente cardiovascular no tienen que preocuparse de reducir su nivel de colesterol y mucho menos tomar medicamentos contra el colesterol, fuera un estorbo para los intereses de la industria farmacéutica? Un misterio más.

Este estudio sintetizó (combinó) los resultados de seis ensayos clínicos en los que se había disminuido, de varias formas, el nivel de colesterol en personas que nunca habían sufrido un accidente cardiovascular (infartos o accidente cerebrovascular -ACV-).

Esta reducción de los niveles de colesterol se realizó mediante medicamentos o bien a través de un cambio en la dieta. Cada ensayo clínico se controló de manera rigurosa comparando los resultados con un grupo de control que no había introducido ninguno de esos cambios en su vida (ni tomado medicamentos ni modificado su dieta).

El resultado final puso de manifiesto que las personas que redujeron su nivel de colesterol se encontraron con que:

  • el riesgo de fallecer por cualquier causa era el mismo.
  • el riesgo de fallecer por una enfermedad del corazón era el mismo.
  • el riesgo de fallecer por un cáncer era mucho mayor (43% superior).
  • y, sorprendentemente, que el riesgo de fallecer en un accidente, por suicidio o muerte violenta (asesinato) era muchísimo mayor (76% superior).

¿Nos tienen que sorprender estos resultados?

Mientras que continuamente se nos anima a vigilar nuestro nivel de colesterol, el sentido común nos invita a andarnos con reservas al respecto. Después de todo, el colesterol es un componente esencial de nuestro cuerpo. Forma parte, por ejemplo, de la estructura de todas nuestras células, incluidas las del cerebro.

La mayor parte del colesterol en sangre no procede de la alimentación. Lo produce el hígado. Al producir colesterol, ¿hay que pensar que nuestro cuerpo quiere hacerse daño a sí mismo produciendo algo que es teóricamente tan perjudicial? ¿O no será más bien que esta función de producir colesterol responde a la necesidad vital que tiene el organismo de esta sustancia?

Nuestro cuerpo necesita colesterol para funcionar

En el estudio mencionado anteriormente, el incremento del riesgo de sufrir cáncer fue provocado por los resultados de un estudio en concreto en el que se utilizó clofibrato como medicamento para reducir el nivel de colesterol. Si no contamos este ensayo, el riesgo de padecer cáncer no era significativamente mayor.

Sin embargo, el incremento del riesgo de muerte por accidente, suicidio o asesinato se daba en todos los casos, incluso cuando los investigadores diferenciaron los resultados en función de la forma en la que se había reducido el nivel de colesterol (mediante un medicamento o por un cambio en la dieta).

Parece que los accidentes, suicidios o asesinatos no tienen relación directa con el nivel de colesterol, pero también se puede pensar que se darán con mayor probabilidad en aquellas personas cuyo cerebro tiene una tendencia mayor a, por ejemplo, ser impulsivo, agresivo y depresivo.

Los propios autores del estudio expusieron sus propias teorías para explicar este resultado. Escribieron:

“Existen indicios que señalan que un cambio en los aportes alimenticios de grasa tiene consecuencias neuroquímicas (sobre la química del cerebro), así como sobre el comportamiento. En las ratas de laboratorio, modifica la fluidez y el contenido en colesterol de las membranas de las células en el sistema nervioso central, lo que afecta a su capacidad para orientarse en un laberinto, su tolerancia al dolor y su nivel de actividad física. Del mismo modo, los monos que siguen una dieta pobre en grasas saturadas y colesterol, que se corresponde con las recomendaciones del American Heart Association, eran muchísimo más agresivos que aquellos que seguían un régimen rico en grasa y colesterol”.

Pero los autores añaden que nunca se ha realizado un estudio similar con seres humanos. Señalan, en cualquier caso, que es más frecuente que exista un nivel bajo de colesterol en los delincuentes, las personas con trastornos de comportamiento y aquellas que han sido condenadas por casos de violencia.

Conclusión

Las autoridades sanitarias y la mayoría de profesionales de la salud presentan el hecho de reducir el nivel de colesterol como una evidencia que todo el mundo debe tener en cuenta, incluidas las personas que no han sufrido nunca un accidente cerebrovascular.

Y si usted no hace caso a las indicaciones de los médicos sobre la necesidad de bajar el colesterol, probablemente le tomarán por loco. Sin embargo parece que existen razones de peso para no querer reducir el nivel de colesterol, ya que puede tener consecuencias inesperadas… y terribles.

Y usted, ¿qué opina? ¿le sorprende oír que el colesterol no es malo? Le invito a comentarlo con el resto de lectores de www.saludnutricionbienestar.com un poco más abajo.

Fuentes:

  1. Muldoon MF, et al. Lowering cholesterol concentrations and mortality: a quantitative review of primary prevention trials. BMJ 1990;301:309-14