¿Quién no ha jugado alguna vez a pensar qué tres cosas se llevaría a una isla desierta? En mi maleta de náufrago yo no dudaría ni un momento en incluir semillas de una planta fascinante: la bardana.

Generalmente a la bardana (de nombre latino Arctium lappa y también conocida como lampazo) se la considera una mala hierba, y es por eso que la mayoría de las veces termina siendo pasto del fuego o de los herbicidas.

Se trata de uno de esos casos de valiosa planta medicinal y comestible que crece como lo haría una mala hierba… pero que en realidad no lo es.

Yo lo tengo claro: a una isla desierta me llevaría bardana. Es una planta muy poco exigente; no importa en qué circunstancias se siembre, pues ella encuentra el modo de germinar y crecer. Y tan pronto lo hace le brindará todas sus increíbles propiedades.

Una planta-botiquín

La bardana ha sido encumbrada por la cosmética y por su uso en tratamientos dermatológicos contra el acné y los granos, pues es una de sus propiedades.

Pero tiene también un poder sorprendente para combatir los dolores en las articulaciones: sus hojas frescas se muelen y se aplican en cataplasma para tratar las inflamaciones articulares y la artritis aguda.

La medicina oriental usa la bardana contra la apendicitis, para lo que hay que beber medio vaso de zumo extraído de la planta, y contra las anemias, cuyo tratamiento consiste en preparar kinpira (que literalmente significa “pedazos preciosos aplastados”) de bardana.

Esta kinpira se elabora pasando por la sartén pequeñas tiras de raíz fresca de bardana durante 2 ó 3 minutos; después se añade agua y se cuecen a fuego lento hasta que estén tiernas. Se sazonan con salsa tamari y se dejan después sobre un fuego mínimo hasta que el líquido se evapore por completo.

Por su parte, la decocción de semillas de bardana (entre 10 y 20 g por cada taza de agua) alivia eficazmente los calambres abdominales y los dolores de estómago.

También se pueden tratar las picaduras de insectos y las mordeduras de víbora aplicando la pulpa de la bardana sobre la piel. Esta pulpa (bien de las raíces, bien de las hojas) es asimismo uno de las principales soluciones naturales que existen para tratar los forúnculos, el eccema, la tiña y cualquier tipo de costras, también las lácteas (es decir, la dermatitis seborreica de los lactantes). Basta con aplicarla directamente sobre la zona afectada y verá los resultados.

Maceradas en aceite de oliva, las hojas frescas de esta planta aceleran la cicatrización de las úlceras en las piernas y las heridas y llagas en general.

A su acción externa se suman los beneficios para el organismo a nivel interno; por ejemplo, a través de una tisana que lo limpie. De hecho, la bardana es diurética (estimula la expulsión de orina) y depurativa (ayuda a eliminar las toxinas).

Y aunque ya le he descubierto unos cuantos, estos no son los únicos usos de la bardana. ¡La lista es interminable!

Una planta llena de propiedades nutritivas

A lo largo de la Historia la bardana ha sido ampliamente consumida. Los brotes jóvenes pueden comerse crudos, recién extraídos de la tierra; sólo hay que pelarlos para retirar la parte amarga.

Las hojas jóvenes o nuevas también se comen. Pueden cocerse o fermentarse como el chucrut para conservarlas. Por último, las hojas adultas y la médula de los tallos gruesos también son comestibles una vez cocidos (aunque por lo general los tallos se desechan debido a su amargor).

Pero eso no es todo: la bardana posee una raíz gorda y carnosa que se puede consumir como legumbre, pero que también puede sustituir al café al torrefactarse (tostada en un proceso similar al del propio café).

En Japón destaca el uso de las variedades menos amargas y más tiernas, que se preparan como otras legumbres (zanahorias, chirivías y salsifíes, por ejemplo).

Me resulta muy difícil (¡puede que sea imposible!) encontrar una planta que posea tantas aplicaciones prácticas, medicinales o alimentarias como tiene la bardana.

Cuando veo esta planta siempre pienso en el sorprendente ingenio que demuestra la naturaleza al crear y ofrecernos plantas con tal variedad de usos.

Como ve, una planta “todo en uno”, perfecta para cultivar en una isla desierta… pero también en su propio hogar.

Si usted se anima a plantar en su casa bardana, verá que pronto empieza a sacar partido a todas sus propiedades medicinales. Y también le recomiendo que aproveche sus virtudes culinarias. Puede utilizarla en sus sopas de verduras, en cremas y purés, al vapor y salteada. Le resultará deliciosa y original.

Si ya tiene otras plantas en su jardín o balcón, haga sitio a la bardana. Y si aún no se ha iniciado en el cultivo de sus propias plantas, ¿qué tal empezar por esta pequeña maravilla?

Plantas que curan

Durante milenios, nuestros antepasados recurrieron a los secretos de la naturaleza en busca de remedio y curación.

Trataban las afecciones cotidianas con infusiones, tinturas madre, decocciones, cataplasmas y ungüentos; todo a base de plantas medicinales. Esta sabiduría se transmitía de generación en generación.

Sin embargo, todo este conocimiento se ha perdido hoy en día para la mayoría de la gente. Afortunadamente las plantas y la fitoterapia (medicina a base de plantas) están viviendo un nuevo resurgir. Gracias a las plantas de las regiones más recónditas, así como a los avances de los métodos de análisis científico, podría decirse que se halla incluso en plena revolución.

Numerosas enfermedades, que actualmente se tratan con medicamentos poco eficaces o incluso dañinos, podrían curarse mediante la fitoterapia:

  • Contra las lumbalgias, esos dolores de espalda a menudo insoportables que son la primera causa de absentismo laboral, tome escrofularia.
  • El Ginkgo biloba y el Eleutherococcus senticosus (ginseng siberiano) mejoran el funcionamiento de las neuronas.
  • El llantén menor es un tratamiento natural de fondo contra el asma.
  • La melisa mejora la calidad de vida en caso de colon irritable.

Y lo mismo cabe decir con respecto a numerosas enfermedades muy extendidas:

  • El alga fucus estimula la tiroides.
  • El alerce refuerza el sistema inmunitario y se recomienda tradicionalmente en caso de infecciones recurrentes, sobre todo para las afecciones otorrinolaringológicas (otitis, sinusitis, laringitis…).
  • El desmodium, el cardo mariano y la fumaria reducen los efectos indeseables de los medicamentos químicos sobre el hígado.
  • El rábano negro, la vellosilla y la cúrcuma protegen los riñones.

Pero ¿quién le cuenta todo esto a la gente? ¿Quién les explica que no siempre son necesarios agresivos fármacos para tratar cada mínimo contratiempo en la salud? ¿Quién tiene interés en privarnos de remedios naturales y baratos?

Todo parece organizado para vendernos, a precios desorbitados, medicamentos artificiales que no son más que meras copias de lo que la naturaleza nos ha dejado a todos, gratuitamente, como patrimonio.

La bardana es un ejemplo maravilloso del gran servicio que puede prestarnos una simple planta. Nos alimenta, nos cura, llena de color y frescor nuestro entorno y nos alegra la vida mientras la cultivamos