Si su médico le dice que tiene hipertensión arterial, eso significa que se ha dado cuenta de que sus arterias tienen una resistencia anormalmente fuerte al flujo sanguíneo. Este hecho hace que aumente la presión sanguínea y entorpezca la irrigación de los órganos, lo que supone un problema puesto que, ya de por sí incluso en condiciones normales, las arterias están expuestas a una presión tan enorme que no dejan de agrietarse, por lo que necesitan reparación.

Vamos a tratar de visualizarlo: si usted se pinchara el antebrazo hasta llegar a perforarse la arteria humeral, la que lleva la sangre oxigenada por el brazo, el chorro que saldría podría llegar hasta el techo. Así que tendría que apretar con todas sus fuerzas el agujero con el dedo para detener la hemorragia. Esto mismo pasaría en las arterias femorales, que son las que irrigan las piernas.

Y esto ocurre en condiciones de presión arterial normal, por lo que no sorprende que las arterias se deterioren con el paso del tiempo. Están hechas de varias paredes gruesas y musculadas, ya que resistir una presión como la que soportan no es nada sencillo, sobre todo con un corazón que no deja de latir, y que lo hace alrededor de 100.000 veces al día.

La presión arterial está en constante variación

Sin embargo, el chorro que saldría del brazo, si lo perforara, no sería estable como el de una manguera para regar, sino que aumentaría y descendería cada vez que latiera el corazón.

Cuando el corazón se contrae y bombea sangre, se eleva la presión en las arterias; cuando se relaja, la presión cae. Por eso al tomar la tensión siempre se dan dos cifras: la presión sistólica (más alta, cuando el corazón bombea), y la presión diastólica (más baja, cuando el corazón se relaja entre dos impulsos).

En los resultados de cualquier análisis que tenga a mano puede leer, por ejemplo, 120/80 mmHg, lo que quiere decir una presión sistólica de 120 milímetros de mercurio y una presión diastólica de 80 milímetros de mercurio (Hg es el símbolo químico del mercurio).

¿Por qué el mercurio? Porque la presión que ejerce el corazón durante la sístole en el interior de una arteria sería capaz de elevar a una altura de 120 mm una columna de mercurio de un milímetro cuadrado de base. Traducido a energía total esta fuerza generada por el corazón sería capaz con sus 100.000 latidos diarios de elevar un peso de 100 kg a 100 metros de altura. Toda esa presión es la que soportan las arterias, y más aún cuando existe hipertensión arterial.

Pero esta presión diastólica/sistólica tampoco es estable, sino que varía a lo largo del día.

En condiciones normales la presión sufre a lo largo del día dos picos y dos valles: un pico al despertar y levantarse de la cama, y otro pico a media tarde, poco antes de la puesta de sol; un valle que se produce durante el sueño profundo sobre las 2-3 horas de la noche y otro valle durante la siesta. Por eso la hora en que se hace la medida de la presión arterial es tan importante como variable.

La tensión también aumenta cuando nos ponemos nerviosos, así como cuando hacemos un esfuerzo físico, pero también puede subir precisamente cuando va al médico, mientras le mide la presión y se estresa porque teme que se ponga de manifiesto que padece hipertensión… Es lo que se llama hipertensión provocada por el efecto de “la bata blanca”. Por esta razón, habrá que medir la presión varias veces y en diferentes momentos del día para confirmar el diagnóstico de hipertensión arterial. Luego le explicaré cómo.

La presión arterial se considera “elevada” cuando se mantiene por encima de los 140/90 mmHg.

En España se calcula que hay 7 millones de hipertensos, de los que la mitad (50%) ignora que lo son. De los diagnosticados sólo se trata la mitad (50%) y de ellos sólo la mitad (50%) están correctamente tratados. Es lo que se conoce como “regla de las mitades”.

Los peligros de la hipertensión

Una presión sanguínea demasiado alta deteriora las arterias y los órganos que éstas irrigan, como el corazón, los riñones, el cerebro o los ojos.

Por eso, es un factor importante de enfermedad coronaria, infarto de miocardio, accidente cerebrovascular (AVC), insuficiencia cardíaca, insuficiencia renal y de ceguera. El flujo sanguíneo en esos territorios está muy comprometido, pudiendo desarrollarse fenómenos obstructivos (trombosis) o hemorragias por roturas de los vasos pequeños y medianos.

Es la razón por la que demasiada presión en las arterias pone su vida en peligro.

Además, y antes de llegar a ese punto, la hipertensión puede provocar dolores de cabeza, así como malestar general.

Por eso, si usted padece hipertensión, o alguien allegado a usted la padece, es importante que lea lo que viene a continuación.

Cómo tratar la hipertensión arterial

Cuando tememos un accidente inminente debido a una tensión demasiado elevada (más de 160 mm de mercurio), puede ser necesario tomar medicamentos de urgencia para que baje la presión, sobre todo si su médico constata que los órganos ya empiezan a sufrir daños.

Entonces hay que detener urgentemente el inminente riesgo de que se produzcan estragos. Éstos son los medicamentos que el médico tiene a su disposición:

  • Diuréticos: se trata de medicamentos que aumentan la producción de orina. Al orinar, se reduce la cantidad de agua y, por lo tanto, el volumen de sangre, lo que disminuye la presión sanguínea. Los diuréticos también expulsan el sodio del cuerpo (que procede en su mayoría de la sal de mesa), lo que es algo muy positivo puesto que el sodio retiene el agua. El problema es que los diuréticos también eliminan el potasio y el magnesio, cuando estos minerales son bastante útiles, en particular el magnesio, que tiene la virtud de relajar los músculos de las arterias y, por lo tanto, disminuir la presión sanguínea. Por lo tanto, abusar de los diuréticos sin añadir al tratamiento diurético suplementos de potasio o magnesio puede tener ni más ni menos que el efecto contrario al que pretendemos.
  • Betabloqueantes: se trata de medicamentos que bloquean el efecto de la adrenalina, que también tiene un efecto relajante sobre las arterias. Por desgracia, sus efectos indeseables son numerosos y pueden ser muy graves (edema agudo de pulmón, angina de pecho, pesadillas…).
  • Inhibidores del calcio: se trata de medicamentos que dilatan las arterias y hacen que disminuya la presión sanguínea. Pueden provocar dolores de cabeza, edemas y son una causa importante de intoxicación por medicamentos; hay que utilizarlos con la mayor prudencia posible.
  • Inhibidores del enzima de conversión de la angiotensina (IECA) y antagonistas de los receptores de la angiotensina II (ARA-2). En un porcentaje de ligero a moderado los IECAs pueden provocar tos crónica irritativa que sólo se soluciona interrumpiendo el tratamiento. Los ARA-2, aunque en menor proporción, también inducen tos seca. Algunos estudios lo han tratado de vincular con algunos tipos de tumores, aunque está aún por verificar.
  • Medicamentos antihipertensivos como los alfa-bloqueantes o los inhibidores de la renina.

Pero no hay que hacerse ilusiones respecto a que tomando medicamentos contra la hipertensión ya está resuelto el problema. Además de todos sus efectos secundarios, los medicamentos contra la hipertensión no van a resolver el problema médico subyacente. Al contrario, se corre el riesgo de agravarlo, puesto que los medicamentos contra la hipertensión actúan alterándole el metabolismo.

Salvo excepciones, la hipertensión no es la consecuencia de una enfermedad concreta, sino que está provocada por problemas en el modo de vida y, en particular, en la alimentación. Esto quiere decir que también se puede corregir mediante la introducción de cambios precisamente en el modo de vida y en la alimentación.

Pero ¡atención!: si usted está tomando medicamentos contra la hipertensión, no puede dejarlos de golpe sin saberlo su médico.

No se equivoque de objetivo

En general, una persona que padece hipertensión va a tratar de rebajar la presión sanguínea, lo que parece algo lógico y sencillo.

Pero cuidado: más allá de los síntomas (que en general sólo se manifiestan cuando se alcanzan cifras muy elevadas, sobre las que entonces es obligado actuar con medicamentos, pues el riesgo es muy alto), el problema no es la propia cifra de la tensión. ¿Quién podría decir que se está enfermo con 140 y que no se está con 130? El problema es el modo de vida, que es lo que provoca la mayoría de las veces la hipertensión.

No hay que olvidar que el objetivo no es rebajar tal o cual cifra, sino reducir de manera eficaz el riesgo de enfermedad, de complicaciones y de fallecimiento.

Por lo tanto, la pregunta que deberíamos plantearnos no es “¿estoy reduciendo mi presión sanguínea?”, sino más bien “¿estoy reduciendo mi riesgo de complicaciones?”.

Hay quien me podría decir que es lo mismo. ¡Pues no siempre!

Por ejemplo, lo primero que le dirán si tiene la tensión alta es que debe reducir el consumo de sal. Pues bien, aunque debe hacerlo, también debe saber que no va a tener un efecto espectacular frente a su hipertensión (es decir, si deja la sal, no espere que mágicamente sus cifras de presión arterial pasen a ser normales). Pero sin embargo si usted es hipertenso debe dejar el consumo excesivo de sodio (sal de mesa), puesto si no lo hace, ello implicará al cabo de 10 años cambios funcionales en los riñones, que ya no la van a filtrar tan bien y, de este modo, el sodio va a permanecer en el cuerpo y la hipertensión se va a asentar.

Para que se entienda mejor a lo que me refiero, tenga en cuenta que la lucha contra la hipertensión es un trabajo de fondo y a largo plazo. La hipertensión no va a desaparecer de la noche a la mañana dejando de tomar sal. Más bien, los investigadores han constatado que un fuerte aumento del consumo de sal implica una ligera alza de la presión sanguínea, sin más.

Pero que ello no le desanime, pues dejar de abusar de la sal es algo que debe hacer de todas formas, pues sabemos que disminuir el consumo de sal va a reducir de manera eficaz su riesgo cardíaco. (1)

Por lo mismo, si usted fuma, dejar de hacerlo no hará caer en picado la presión sanguínea, pero dejar de fumar sí va a disminuir enormemente el riesgo de accidente cardíaco (además de, por supuesto, disminuir el riesgo de cáncer y de muchas otras enfermedades).

Lo mismo ocurre con el alcohol: sin tener ningún efecto espectacular sobre la hipertensión, el riesgo cardíaco va a disminuir consumiendo alcohol de manera moderada (entre uno y dos vasos de vino al día).

El ejercicio físico, imprescindible

A estas alturas todo el mundo debería saber que el ejercicio físico es el aliado imprescindible de la buena salud. También lo es en el caso de la hipertensión, pues tiene un impacto beneficioso demostrado sobre ella… y sin efectos secundarios. (2)

Si a día de hoy usted no practica ningún tipo de ejercicio físico, empiece por esfuerzos moderados, como caminar. Si sufre algún impedimento físico para hacerlo, otros métodos, como el yoga o los ejercicios respiratorios, pueden tener efectos muy significativos.

Escoja una actividad física que se adapte al clima y a sus preferencias, poco costosa y que se pueda practicar durante todo el año: piscina, gimnasia, bici, senderismo… Lo mínimo es practicar ejercicio 30 minutos al día y con la intensidad suficiente para llegar a sudar un poco.

Sobre todo, vigile no dañar los músculos ni los tendones, lo que acabaría comprometiendo toda actividad física futura. Si al mínimo esfuerzo su tensión arterial se va por las nubes y le provoca incómodas palpitaciones (que aunque no lleguen a revestir en la mayoría de los casos gravedad, pueden ser muy molestas), consulte con un kinesioterapeuta o un profesional de la rehabilitación.

Es importante hacer un poquito más cada día, llegar un poco más lejos, ir un poco más rápido… El objetivo es hacer progresos físicos, no sólo moverse por moverse.

Dejar de tomar sal, hacer ejercicio físico… ¿qué más se puede hacer?

Vale la pena explorar todas las vías posibles con las que hacer frente a la hipertensión de forma natural. En la mayoría de los casos, y siempre que la hipertensión no sea consecuencia de una enfermedad subyacente (hipertensión secundaria), es posible ayudar a corregirla cambiando el estilo de vida, se tenga la edad que se tenga.

Lo importante para obtener buenos resultados

Todos los cambios pueden parecer una carga (hacer ejercicio, prescindir de la sal, cuidar la dieta…) y quizá note que le falta fuerza de voluntad para ponerlos en marcha. Precisamente ahí radica el éxito de los medicamentos contra la hipertensión. Los médicos saben que tienen una eficacia limitada y que tienen peligros a largo plazo; los pacientes se dan cuenta de que tienen efectos indeseables; los investigadores se percatan de que los cambios en el modo de vida son más eficaces a largo plazo… pero es mucho más fácil tomar pastillas.

Como parece que ya hay bastantes problemas y complicaciones en la vida diaria, lo que se pueda simplificar a base de pastillas es toda una tentación.

Por esa razón, lo importante ante todo si queremos ser constantes es empezar por trabajar en uno mismo, para redefinir las prioridades y responder a la gran pregunta: ¿cuál es mi objetivo en la vida?

Una vez obtengamos la respuesta a esta pregunta trascendental encontraremos la energía y la motivación para emprender los cambios necesarios. Si se fija un objetivo claro y motivador, encontrará en usted mismo los recursos para adaptar su modo de vida y la alimentación, lo que le librará de la hipertensión y le permitirá encontrar una vida feliz y plena.

Cómo tomarse en casa la tensión

Ah! Y antes de despedirme, y como le anunciaba al principio, le voy a dar las pautas para que pueda tomarse la tensión en casa y saber si usted o alguien de su familia es hipertenso y no lo sabía. También le será útil si ya ha recibido el diagnóstico de hipertensión para tener una medida “real”, para asegurarse de que no es un diagnóstico erróneo fruto del efecto de “la bata blanca” que comentábamos antes:

  • Tómese la tensión en casa tres días a la semana (dos veces media hora antes del desayuno y dos media hora antes de la cena con un intervalo de 5-10 minutos entre tomas). Debe hacerlo en un ambiente tranquilo, relajadamente y con la vejiga vacía. No debe estar estresado ni enfadado o se falseará la lectura, que saldrá más elevada de lo real.
  • Lo ideal es no haber hecho ejercicio físico ni consumido alcohol o café ni haber fumado 30 minutos antes.
  • Debe ponerse en la postura adecuada: sentado, con las piernas sin cruzar y con el brazo en el que se está tomando la tensión apoyado (por ejemplo, sobre una mesa).
  • Debe utilizar un tensiómetro fiable.