Según los testimonios de la época, Cayo Julio César (100 a. C. – 44 a. C.), dueño absoluto de la República romana, perdió una vez el conocimiento sin razón aparente en pleno campo de batalla.

En otra ocasión, mientras aclamado por la multitud en el Senado, permaneció sentado, completamente mudo y con los ojos fijos mirando al vacío, tras lo que después tuvo que ser atendido por temblores y vértigos.

Además, hacia el final de su vida, se hundió en una profunda depresión.

Los médicos de la época se vieron totalmente superados ante una serie de síntomas que no comprendían.

¿Cansancio? ¿Sobrecarga? ¿Fiebre? ¿Fueron crisis de epilepsia? Incluso se llegó a considerar que hubiese podido contraer malaria.

Establecer un diagnóstico certero llevó nada menos que 2.000 años. En realidad, tal y como descubrieron hace poco unos investigadores ingleses, Julio César sufría accidentes cerebrovasculares (ACV) transitorios de repetición. (1)

Cuando los síntomas que sufrió Julio César se repiten sucesivamente o se dan al mismo tiempo, hoy en día ponen en alerta a cualquier médico.

Se trata de accidentes vasculares muy pequeños en el cerebro, de los que incluso podemos no llegar a darnos cuenta. No obstante, van dejando secuelas.

Hoy día los médicos saben que este problema de salud es algo mucho más frecuente de lo que siempre se había creído, y que podría explicar algunos trastornos que hasta la fecha parecían inexplicables.

Accidentes discretos, pero peligrosos

Los accidentes isquémicos transitorios como los que sufría Julio César son un tipo particular de accidente cerebrovascular; interrumpen la circulación de la sangre en el cerebro pero muy brevemente, interpretándose por ello normalmente como un malestar pasajero.

Esa es la razón por la que hablamos de “ACV silenciosos”. Más del 20% de la población con más de 60 años ha sufrido alguno de estos “episodios relámpago”, aunque la mayoría lo ignore.

Pero este es el mensaje que debe quedarle: hay que tomarse muy en serio este tipo de sucesos, ya que con frecuencia van asociados a trastornos cognitivos y pérdidas de memoria y aumentan entre un 10 y un 20% el riesgo de sufrir un nuevo ictus en los tres meses siguientes.

Este es uno de los datos sobre los ACV que va a poder leer en el artículo especial que Salud AlterNatura dedica a este tema en su nuevo número. En él descubrirá motivos para alarmarse pero, sobre todo, soluciones para prevenirlos e incluso para recuperarse si usted ya ha sufrido alguno.

Además, hay un hecho dramático que debe conocer. Y es que algunos medicamentos que se prescriben para prevenir los ictus y sus recaídas aumentan en realidad, por paradójico que resulte, el riesgo de padecerlos.

  • Los anticoagulantes o antivitamina K deterioran las arterias y aumentan el riesgo de sufrir un ictus, en vez de disminuirlo.
  • Las estatinas vuelven más frágil la pared de las arterias y aumentan el riesgo de ACV hemorrágico.
  • La aspirina tomada regularmente multiplica por 2,5 los riesgos de sufrir degeneración macular asociada a la edad (DMAE).
  • Los antiagregantes plaquetarios, los “best-seller” de la industria farmacéutica, son vendidos a un elevado precio a pesar de que existe una alternativa también eficaz y casi gratuita.

Entonces, ¿qué se puede hacer? Afortunadamente la naturaleza es generosa y contamos con alternativas naturales a algunos de estos medicamentos. En el nuevo número de Salud AlterNatura encontrará toda la información que necesita (dosis, posologías…), además de muchas otras soluciones para prevenir los accidentes cerebrovasculares.

Y si ya se han sufrido, una buena noticia: el cerebro tiene una propiedad, la neuroplasticidad, que le permite repararse a cualquier edad. Cuando algunas neuronas resultan dañadas por un ictus (por ejemplo, las que controlan el habla), otras nuevas pueden sustituirlas y otras más, ya existentes, pueden asumir su papel.

En este ejemplar le contamos qué 4 cosas debe hacer y tomar para lograr una buena recuperación tras un ACV.

Reserve cuanto antes este ejemplar de Salud AlterNatura.