Entiendo que no quiera ponerse en esta situación, pero créame si le digo que lo que va leer va a ayudarle.

Y no ya si se encontrara en ese caso, sino también si usted está perfectamente sano y ninguna enfermedad amenaza hoy seriamente su salud.

Lo que le voy a contar puede cambiar su vida para siempre. Pero le aviso que tendrá que tener la mente abierta para valorar la importancia de lo que sigue.

Cuando un enfermo se enfrenta al diagnóstico de una enfermedad potencialmente mortal, como puede ser el cáncer, necesita algo de tiempo para asimilar la noticia. Y más aún si se le ha detectado en un estado en el que tiene un mal pronóstico. Es un momento emocionalmente difícil, en el que le invaden múltiples sentimientos: incredulidad, miedo, enfado, abatimiento… “¿Por qué a mí?” es una pregunta frecuente.

La ciencia médica ha querido aclarar que el propio enfermo es una pieza clave de todos los procesos médicos que quizá se avecinen, pero que aunque la actitud ante la enfermedad es importante, ésta no es determinante de cara a la curación.

¿…seguro?

Preste atención a lo que ahora voy a contarle.

Le presento a Alain Moenaert, psicólogo y psicoterapeuta.

En el año 2011, en la etapa final de una carrera profesional muy fructífera, estaba ultimando su obra maestra. Se trataba de un libro que resumía dos décadas de estudio y observación de un fenómeno poco estudiado por la medicina: las curaciones espontáneas.

Son esos casos que la medicina considera una rareza clínica en los que enfermedades como el cáncer, a menudo invasivas y en un estado avanzado o terminal, simplemente se desvanecen y desaparecen.

Prácticamente de un día para otro, enfermos que habían sido desahuciados por la medicina, de pronto se curan. Sin fármacos, sin cirugía, sin tratamiento.

A Moenaert le empezaron intrigando esos casos para los que la medicina no tenía ninguna explicación. Y empezó a descubrir coincidencias que se daban en todas las personas que habían conseguido escapar de los pronósticos médicos más terribles: pacientes seropositivos, personas que habían sufrido un accidente con secuelas irreparables, enfermos con cáncer avanzado y otras patologías aparentemente incurables.

Estudió concienzudamente los casos de 210 supervivientes que se habían curado de forma “milagrosa”, pues no había otra forma de explicarlo. Y al analizar las similitudes que existían entre estos pacientes, consiguió identificar 12 grandes etapas por las que pasaron todos ellos.

La primera etapa: Aceptar el diagnóstico pero rechazar el pronóstico

El diagnóstico de la enfermedad es simplemente la realidad de la patología que se sufre. No hay que negarlo: es real y está ahí.

A lo que sí hay que negarse es a aceptar por las buenas el pronóstico, que es el tiempo de vida o las secuelas que la medicina predice en base a las estadísticas.

Ante la típica pregunta: “Doctor, ¿cuánto me queda?”, los supervivientes a los que estudió Moenaert se negaron a aceptar esas pocas semanas o meses que les auguraron los médicos. Rechazaron la idea de estar condenados. Decidieron que iban a jugar a fondo la prórroga del partido de su vida.

Rechazar el pronóstico fue lo que hizo el ciclista estadounidense Gregg LeMond, ganador del Tour de Francia en 1986, y al que después de un accidente de caza en el que quedó gravemente herido le dijeron que estaba condenado a quedarse en una silla de ruedas el resto de su vida.

Dos años más tarde del accidente, en 1989, y con restos de munición aún en el cuerpo, volvía a recorrer los Campos Elíseos de París nuevamente con el maillot amarillo. “Gregg LeMond no dejó que las estadísticas le dijeran lo enfermo que estaba”, explica Moenaert, quien en esos años analizaba los casos de pacientes con sida que se habían curado diez años después de haber sido diagnosticados (estamos hablando de una época en la que el sida era una enfermedad fatal).

Esta es sólo la primera de las 12 etapas de curación que ha identificado Alain Moenaert. Y que no sólo las ha identificado, sino que las ha vivido en su propia carne.

Un duro golpe

Porque casualidades de la vida -si es que puede explicarse así-, mientras escribía las últimas páginas de su obra, Alain Moenaert recibió un duro golpe: sufrió un accidente cerebrovascular que le dejó afásico (incapaz de hablar o entender el lenguaje), disléxico y con trastornos del equilibrio. Y mientras se recuperaba le diagnosticaron un cáncer de próstata invasivo con el peor de los pronósticos.

Desahuciado por los médicos, Alain Moenaert tomó una decisión radical: vendió todo lo que tenía, abandonó Europa y viajó a Bali. Sin presiones, sin limitaciones y con dos maletas como único equipaje, dispuesto a revisar sus prioridades y a descubrir una nueva vida, y también a sí mismo.

Había puesto en práctica la primera etapa de las 12 que él mismo había identificado en los supervivientes a los que había estudiado tan a fondo: aceptó el diagnóstico pero se negó a aceptar el pronóstico.

Su salud mejoró, y hoy no hay rastro de ese terrible cáncer que estaba previsto que acabara con él. Sigue viviendo en Bali.

No voy a mentirle ni darle falsas esperanzas respecto a la cura de las más graves enfermedades, pero lo que sí está claro es que la ciencia no tiene todas las respuestas. Las 12 etapas que ha identificado Alain Moenaert no son una ocurrencia, sino fruto de la observación empírica. (1)

Uno tras otro, todos los pacientes estudiados por Moenaert –y él mismo después- comenzaron aceptando el diagnóstico pero desafiando el pronóstico. A partir de ahí, comenzaron un fascinante recorrido –las 11 etapas siguientes- de verdadero coraje, introspección terapéutica y capacidad real de transformarse.

En el número de junio de Salud AlterNatura le invitamos a acompañarnos en este viaje. Porque descubrirá una por una las 12 grandes etapas que atraviesan quienes logran curarse; pero que no sólo ayudan a quienes están enfermos, sino que las personas sanas pueden ganar mucho inspirándose y aplicando estas enseñanzas en sus propias vidas, tanto en lo más profundo como en lo cotidiano.

También descubrirá algo inquietante: que existen ciertos perfiles psicológicos que predisponen a sufrir las enfermedades más graves, mientras que hay otros que parece que las repelieran. Esta idea, que no es nueva para los científicos, fue otro de los hallazgos que se pusieron de manifiesto ante Moenaert durante sus investigaciones. Y a usted va a ayudarle a identificar su propia personalidad (para averiguar hasta qué punto puede ser su propio “factor de riesgo”, por llamarlo de alguna forma), para trabajar también su personalidad para prevenir la enfermedad.

Le avisé que tenía que tener la mente abierta ante las importantes lecciones que hemos reunido para usted en este número de Salud AlterNatura. El “premio” vale la pena: no sólo le ayudará a enfrentarse mejor a la enfermedad si ésta se cruza en su camino, sino que le permitirá prevenirla “desde dentro”. Y, de paso, le enseñará a descubrir en qué consiste en realidad vivir y a vivir su propia vida en plenitud.

No puede perderse este número de Salud AlterNatura. Sólo he querido adelantarle esta información, pero le aseguro que todas y cada una de sus páginas contienen información que le ayudarán a vivir de otra manera. Cambiarán su vida.

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