Vivo en Cannes desde hace unos años y a veces me paseo por el muelle St- Pierre, que bordea el antiguo puerto de pescadores (que ahora se ha convertido fundamentalmente en puerto de recreo), como hacen los turistas para admirar los barcos.

Hace ya unos meses que terminaron las obras de renovación del muelle, a lo largo del cual se alinean los postes de recarga eléctrica de las baterías de los yates. Los postes han sido decorados con fotografías que recorren la historia de este muelle desde el siglo XIX. Los turistas que pasean por aquí pueden apreciar barcos de todos los tamaños. Pero, ¿se imaginarán qué es que lo que sucede bajo la línea de flotación?

Esto es lo que escribe Henry Augier sobre este tema en su excelente y alarmante obra “El libro negro del medio ambiente”, publicado en 2008 (Ediciones Alphée- Jean -Paul Bertrand):

“La mayoría de los materiales que se introducen en el agua de mar -y en especial los cascos de las embarcaciones- son rápidamente colonizados por numerosos organismos que encuentran allí un medio favorable para su desarrollo. Estos organismos forman costras de acúmulos marinos. Las bacterias marinas constituyen la base de este sustrato que se caracteriza por el aspecto viscoso de las superficies recubiertas. A continuación unas algas diminutas -las diatomeas- se fijan en grandes cantidades, así como toda una población de protozoarios.

Por tanto, el substrato está desde ese momento ya listo para ser colonizado por organismos más grandes, para los que la microcapa biológica ya establecida tendrá el papel fundamental de anclaje para sus formas de anidamiento y posterior expansión. (…) Se han contado más de 4.000 especies responsables de las incrustaciones de los barcos. (… ) Estas incrustaciones en los cascos de buques no sólo se reflejan en un revestimiento más o menos continuo de la superficie de las paredes, sino también por la formación de ampollas, bultos y protuberancias. El conjunto se manifiesta por un aumento en la carga para el barco y un obstáculo a su desplazamiento. Las resistencias de fricción causadas por las incrustaciones pueden reducir hasta en un 30 % la velocidad inicialmente prevista de la nave. Para mantener esta velocidad, debemos aumentar el consumo de combustible. (… ) Ya en 1973, se estimó que los perjuicios a la economía mundial causados por las incrustaciones eran de mil millones de dólares al año)”.

Me permito apuntar que Henry Augier no es una persona cualquiera al hablar de este tema. Con un doctorado, Profesor Honorario conferenciante de la Facultad de Ciencias de Marseille-Luminy, profesor honorario de la Escuela Nacional de Obras Públicas del Estado, dirigió un laboratorio especializado en el estudio de la contaminación. También fue responsable de enseñanza sobre contaminaciones en la Universidad del Mediterráneo y es experto en contaminación y consultor internacional sobre los problemas de la contaminación y la conservación de la naturaleza.

Toda limpieza es una masacre

Se puede comprender que todos estos problemas y pérdidas económicas debido a las incrustaciones marinas empezaban a no ser tolerables. Por ello el ingenio humano decidió ocuparse del problema y encontró una solución radical en las pinturas especiales anti-incrustaciones, que tienen el poder de disuadir a los organismos de adherirse a los cascos de los buques.

¿Cómo? Bueno, es sencillo: son pinturas altamente tóxicas, enemigas radicales de toda forma de vida. Gracias a ellas, los cascos están limpios. Al menos por un tiempo. Porque, como todo el mundo sabe, en este mundo todo termina por gastarse. Y en este caso por desgaste se entiende la difusión progresiva de partículas de la materia en el medio ambiente. Por tanto, para que el casco esté protegido, debe volver a pintarse cada dos años. Y mientras tanto, ¿qué ha ocurrido con la antigua pintura tóxica? Lo ha adivinado: se va diluyendo en el mar, al que va lentamente envenenando. Y es que las sustancias contenidas en las pinturas anti-incrustaciones fueron diseñadas para matar y, obviamente, no hacen ninguna distinción entre las especies de la fauna y la flora submarina.

Su acción mortal continúa implacablemente cuando salen del casco del barco y pueden atacar al hombre a través del consumo de pescado y marisco.

En otras palabras, como el número de buques que navegan los océanos es cada vez mayor, y como la navegación de recreo está en plena expansión, es inevitable el progresivo envenenamiento de los mares, a menos que nuestros maravillosos ingenieros y científicos encuentren urgentemente otra solución anti-incrustaciones distinta del uso de pinturas tóxicas. Para darnos cuenta de la magnitud del problema, basta pensar que un petrolero de 125.000 toneladas requiere, para que su casco esté como nuevo… ¡65 toneladas de pintura!

¡Qué placer la navegación de recreo!

Millones de barcos de todo tipo surcan los mares de todo el mundo. Aquellos barcos que no tienen un atraque se almacenan en tierra aquí y allá en los garajes, cobertizos o en zonas de carenado o bien se encuentran dispersos en zonas de fondeo salvaje.

Muchos de los barcos de recreo atracados en los puertos navegan un promedio de cinco días al año, y se utilizan principalmente como segunda residencia. Muchos vierten sus aguas residuales en el mismo puerto, convirtiéndolo en una auténtica cloaca. Incluso algunos inconscientes se deshacen de las baterías gastadas tirándolas sin más al agua del puerto, sin importarles que contengan cadmio, un metal altamente tóxico de efectos letales en la fauna marina.

Los empleados de limpieza tratan de recoger lo que puede ser recogido, pero la tarea es difícil cuando los yates están amarrados uno al lado del otro, separados sólo por amortiguadores. De vez en cuando alguna corriente marina transporta hacia el mar la basura y los desperdicios, que llegan a veces a las playas de los alrededores, para gran disgusto de los bañistas.

¿Significa esto que debemos pedir la retirada de embarcaciones de recreo? Obviamente no. No se trata de renunciar a los avances tecnológicos de la civilización, sino reformarlos.

Al ser éste un tipo de contaminación grave y desconocida, he querido hablar hoy en detalle de ella. Pero Henry Augier recoge muchas más agresiones a nuestros mares y océanos a lo largo de las más de 600 páginas de su libro (de las cuales 140 están reservadas a las referencias científicas). Se trata de una verdadera ” Enciclopedia del diablo”, siendo el demonio en este caso el propio hombre, ocupado en destruir la naturaleza que él mismo habita.

Lo que la gente debe entender es que todos nuestros comportamientos y todo lo que producimos debe ser revisado de arriba abajo. Porque lo que está en juego es la supervivencia de multitud de especies… incluida la especie humana.

¿Qué le ha parecido el peligro que representan los barcos para los mares? Le invito a dejar un comentario sobre este artículo, o sobre el daño que el hombre al medioambiente, un poco más abajo.

Nota: El texto de hoy lo ha escrito Pierre Lance escritor, periodista y filósofo. Autor de una veintena de libros entre otros “Savants maudits, chercheurs exclus” (Sabios malditos, investigadores excluidos).