A pesar de que numerosos observadores, incluido el que les escribe, se mostraban preocupados por el auge del alzheimer, nuevas cifras señalan la indiscutible y espectacular disminución de la incidencia de esta enfermedad.

La epidemia de alzheimer que temían los científicos no se está produciendo. Así es: la demencia senil y el alzheimer afectan a las nuevas generaciones que superan los 65 años en menor medida que a sus mayores.

Los científicos están estudiando las razones que explican este hecho. En el texto de hoy usted va a descubrir qué puede hacer para beneficiarse también de estos descubrimientos y entrar a formar parte de la categoría de personas protegidas frente al alzheimer.

La epidemia retrocede

Hasta los primeros años del siglo XXI, los científicos creían que las distintas clases de demencia senil, de las que el alzheimer es la más común, se debían inevitablemente al envejecimiento.

Cuanto más envejeciese la población, más personas afectadas por el alzheimer habría, tan sencillo como eso. Ésta era la visión tradicional de la medicina.

Es muy poco habitual que aparezca alzheimer antes de los 60 años. Entre los 60 y los 70 años, queda limitado al 1% de la población. Sin embargo, el riesgo aumenta considerablemente a partir de ese momento, y así, el alzheimer afecta al 5% de las personas de entre 70 y 80 años, y las cifras son todavía mayores pasados los 80.

Por ello, los científicos preveían que el número de enfermos de alzheimer se iba a triplicar de aquí al año 2050 a nivel mundial, con unas consecuencias devastadoras para el ser humano.

Es una de las pruebas más dolorosas que existen para el entorno de la persona enferma: asistir con impotencia a la desaparición de los recuerdos, el cambio en la forma de ser y el deterioro de las capacidades mentales de un ser querido, y todo ello acompañado a menudo de episodios de depresión grave y crisis de demencia, y así hasta que el paciente fallece. Y por si fuera poco, el gasto anual en cuidados para un enfermo de alzheimer es altísimo, pues los pacientes necesitan atención constante.

El apocalipsis, ¿para cuándo?

Por suerte, el apocalipsis vaticinado no ha llegado. Según la previsiones realizadas en 1994, en el año 2013 tendría que haber habido en Inglaterra 900.000 personas afectadas por la demencia, pero lo cierto es que no ha sido así. Un estudio realizado por la Universidad de Cambridge y publicado en la revista médica The Lancet muestra que, a pesar del envejecimiento de la población, la cifra apenas se ha incrementado. (1)

Otro estudio llevado a cabo en Dinamarca y publicado en el mismo número de The Lancet confirma estos resultados: la generación de aquellos nacidos en 1915 resiste mejor a las enfermedades mentales que la de 1905.

¿Cuál es el secreto para que las nuevas generaciones resistan mejor que sus antecesores al deterioro cognitivo?

Un cerebro más ejercitado

No siempre me verá alabar el uso de ordenadores, smartphones y demás aparatos electrónicos, pero la verdad es que la invasión multimedia que se ha producido en nuestras vidas hace que nuestro cerebro esté mucho más estimulado que hace cincuenta años.

Desde hace tiempo sabemos que actividades como tocar un instrumento musical, hacer crucigramas o jugar a las cartas mantienen en forma al cerebro y permiten luchar contra la demencia y el alzheimer, al igual que aprender una lengua extranjera.

Además, en los últimos 25 años los científicos han observado que las personas que ejercen profesiones intelectuales muy exigentes se ven menos afectadas por el alzheimer.

Por último, las personas que llevan una vida social activa, que estimula el cerebro, conservan durante más tiempo sus facultades mentales.

La conclusión que usted debe sacar es que le interesa mantenerse activo al máximo: cuanto más utilice el cerebro, más tiempo seguirá funcionando. Y los juegos “para entrenar al cerebro” de los aparatos electrónicos pueden encajar perfectamente en su estrategia para ello, del mismo modo que lo podría ser mantenerse activo intelectualmente leyendo información interesante a través de internet.

Unos buenos vasos sanguíneos

Pero para conservar unas facultades mentales óptimas también resulta fundamental que la sangre llegue bien al cerebro. Ahora bien, esto sólo ocurre cuando los vasos sanguíneos se encuentran sanos y son resistentes.

Esto se consigue llevando un estilo de vida saludable, evitando el tabaco y tomando mucha verdura fresca y de todos los colores, rica en antioxidantes, así como también gran cantidad de frutos rojos y negros y generosos aportes de grasas de tipo omega-3 (presente en el pescado azul de agua fría, las nueces y la verdolaga, entre otros); y también reduciendo el consumo de ácidos grasos omega-6 proinflamatorios (presentes por ejemplo en el aceite de maíz y de girasol).

Además, seguir una dieta de este tipo disminuye el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares porque, como es evidente, las arterias están mejor protegidas. Lo que es bueno para el corazón también es bueno para el cerebro.

Sin embargo, el peor enemigo de los vasos sanguíneos sigue siendo el azúcar. Las personas que sufren diabetes corren el riesgo de quedarse ciegas y hasta de sufrir amputaciones. ¿Por qué? Porque la diabetes es una enfermedad en la que el cuerpo no consigue regular la cantidad de azúcar en la sangre. Un nivel excesivo de glucosa en la sangre acaba con los pequeños vasos, los capilares, ya que son extremadamente finos. Los capilares irrigan el fondo de ojo, y bajo el efecto del azúcar se estrechan, se obstruyen y dejan escapar líquidos; y de ahí los problemas de ceguera.

Pero los capilares también resultan fundamentales para todos los órganos y, en especial, para el cerebro.

La dieta rica en hidratos de carbono propicia el desarrollo de la diabetes. Por ejemplo, influye el consumo de cereales (incluidos los integrales), porque aunque no tengan un sabor dulce se transforman en azúcar en el intestino y hacen que tras su ingesta se incremente rápidamente el nivel de azúcar en la sangre.

Los nutrientes esenciales

Para mejorar aún más el funcionamiento del cerebro, los mejores nutrientes son las vitaminas C y E, que tienen un efecto antioxidante, la vitamina B y en concreto el ácido fólico (vitamina B9) y los ácidos grasos omega-3 de los que ya le he hablado.

La dieta mediterránea aporta una gran cantidad de estos nutrientes, al ser rica en verdura fresca, fruta, pescado y aceite de oliva, y pobre en carne roja y alimentos industriales transformados.

Por este motivo, y debido a que se está abandonando la dieta mediterránea, existe el temor de que se invierta el actual descenso de enfermedades mentales vivido por las nuevas generaciones de personas mayores en comparación con sus antecesores.

Y es que las generaciones de la posguerra tienden a tomar muchísima más comida basura (galletas, dulces, patatas fritas, refrescos, frituras) y a sufrir obesidad y diabetes, lo que aumenta el riesgo de padecer demencia senil.

Tampoco está claro en absoluto que los aparatos electrónicos que empujan al sedentarismo (una forma fina de decir “estar tirado en el sofá”) sean a largo plazo tan buenos para el cerebro.

En cualquier caso y en lo que a mí respecta, le recomiendo encarecidamente que, para estimular el cerebro, opte por darse un buen paseo con un amigo, amenizado por una fascinante conversación, antes que jugar una partida a los videojuegos.

¿Después de leer este texto va a cambiar en algo su vida para prevenir el alzheimer? Le invito a compartir su opinión con el resto de lectores de Salud, Nutrición y Bienestar dejando un comentario. Y si alguien de su entorno sufre alzheimer y quiere contar su experiencia con nosotros también puede hacerlo un poco más abajo.

Fuentes:

  1. The Lancet, vol. 382, página 1405/UK MRC.